Presentada como un western, como una distopía con amenazas climáticas de fondo —Cormac McCarthy y La carretera son la referencia inevitable—, la última novela de Carolina Sarmiento admite ambas categorías: los espacios abiertos, desérticos y desoladores, y el tema del “vigilante contra todos” (que sería aprovechado por el spaghetti western, y que Clint Eastwood se llevó a una de sus grandes películas, Sin perdón, directamente de los espectrales paisajes mediterráneos), es imposible no verlos como el fondo por el que deambulan unos personajes tan ambiguos y desesperanzados como los que matan y mueren en el género del western “crepuscular”. Me quedaría con esa palabra para describir el efecto que causa esta novela en el lector: la sensación no es sólo la de un mundo que se muere, sino también la de una luz que se apaga, el último fuego del milagro humano que empieza a dejar de arder. La historia que pone en marcha esa sensación de acabamiento puede que sea anecdótica —un robo aparente y el tráfico de armas prohibidas en un territorio que el narrador dejó temporalmente de vigilar—, pero a partir de esas líneas argumentales se sucede una tranquila y delicada visión del fin del mundo que poco a poco va encerrando al lector en un espacio donde parece reinar también la amenaza del aire definitivamente amortizado. “Tranquila” y “delicada”, palabras que extraña encontrar asociadas a un escenario apocalíptico. Pero mantenerse en el centro de un equilibrio complicado es una de las virtudes de una autora que ha sabido forjar con el lenguaje una amistad muy poco usual.
Resulta comprensible un título como Las fronteras para una novela de estilo tan geométrico, espejo perfecto para un planeta con todos sus espacios delimitados. Incluso las fórmulas convencionales sufren un cambio por esa contorsión: expresiones que hablan del miedo o la sorpresa, y que en otro lugar evocarían un mundo de colores realzados, es preciso entenderlas desde esa curva aplanada, sujetas a las reglas de una forma de mirar cortada por su propio confinamiento: la sorpresa por tratarse de un asombro limitado, algo que sólo trasciende un poco por encima del aturdimiento; el miedo por ser el lenguaje común de quienes pasean por este mundo gris y abotargado, los hombres pero también los animales. Nadie habla ni camina por encima del “tiento”, así que es preciso imaginar que la cautela, cuando aparece de manera manifiesta, es sintomática de una alerta especializada: la versión, en condiciones de presión subacuática, del loco que ama con locura. El tono general es el de una lucidez maniatada que se presenta con los grises, y sólo algunas luces, de una melancolía terminal, que constantemente pelea con el riesgo de estar a la vuelta de cada frase al borde mismo de la solemnidad. Es un riesgo asumido, que proviene de esta extraña mezcla de tono desapasionado (el de un pobre tipo que se aferra sin idealismos a un sentido de la responsabilidad quizá inútil) y de algo que podría llamarse una lírica de las ruinas, las ráfagas de ternura que todavía son capaces de despertar los restos de lo que fue un bello mundo en un alma que se apaga. El contraste crea sobresaltos, que sorprenden todavía más al llegar hasta nosotros desde ese futuro en blanco y negro, aparentemente incapaz de llenarnos de color. Aquí, los cánticos pueden “agarrarse al cuerpo como sanguijuelas”, los mordiscos de un perro permiten “trazar una constelación entre los puntos del dolor, un dibujo del héroe Aquiles.” Son instantes en los que el estilo abre una puerta a lugares que ni la novela ni el lector esperan, interferencias que provocan sorprendentes y molestos deslumbramientos: molestos porque la novela no pretende resultar cómoda ni jugar a lo que no es. ¿Y entonces qué no es esta novela? Más fácil es decir lo que sí es: un mapa de una posible realidad en ciernes donde las palabras asumen el papel de la carcoma que está devorando el mundo, donde las expresiones cotidianas corren enloquecidas tratando de reconocer sus viejos significados. Lo que inquieta (volvemos a lo de “tranquila” y “delicada”) es la calma con la que todo eso llega hasta nosotros, portadores más o menos inconscientes de esa temible realidad:
Esta parte del río está dentro de los límites a los que podemos acceder. El olor a podrido del agua apunta a que estoy lejos de la franja. Ese hedor es uno de los pagos de la riqueza de antaño. Si el plan funciona, volverán las fragancias de ribera, de flores, juncos y verdín. Nadie podrá atestiguarlo, pero será…
Tampoco veo libélulas. Y si pienso en ellas las imagino como seres de leyenda.
Todo el libro, en realidad, habla de esos seres de leyenda. El árbol, el río, el perro como amigo, las mismas “fragancias de ribera” donde la novela, por una vez, se permite sacar la cabeza de una densa nube y volver a respirar. Este paisaje, me temo, ya no tan distópico muestra todas esas cosas con su gris y su aspereza inevitables, una vez rebasada la frontera psicológica que delimita la cadencia melancólica, pero hasta ahora nunca definitiva, de “alguna vez pasarán.” Carolina Sarmiento se pone al otro lado de esa frontera, y suma una aportación contundente a las novelas que plantean un futuro en el que ni los contenedores amarillos ni los tapones pegados a las botellas de plástico (nuestros líderes se entretenían con juguetes más pesados) consiguieron salvar a la humanidad.
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Autora: Carolina Sarmiento. Título: Las fronteras. Editorial: Siruela. Venta: Todos tus libros.


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