Hay fotografías que cruzan los umbrales de la historia para convertirse en iconos. La famosa fotografía de Robert Capa, ésa en la que un miliciano es fotografiado en pleno salto hacia la muerte, pertenece a tal clase. Se titula Muerte de un miliciano lealista, la publicó la revista Vu y fue tomada el 5 de septiembre de 1936 en el frente cordobés durante los primeros meses de la Guerra Civil española. Desde entonces, esa imagen ha sido utilizada como símbolo del compromiso de los reporteros de guerra, de la brutalidad del conflicto, del heroísmo del combatiente republicano. O eso se creyó durante décadas.
Recuerdo haber escrito sobre eso mismo hace años. El reportero que en otro tiempo fui vio morir a hombres de casi todas las maneras posibles, pero ninguno como en la foto de Capa: con los pantalones, recuerdo que escribí, inmaculadamente limpios. La muerte real no es así. Además, en campo abierto, cuando están de verdad pegando tiros nadie se pone de pie para hacer una foto. A inmensa distancia y muy por debajo del talento y valor —indiscutibles y probados— de Robert Capa, yo también hice algunas. Sé lo que es manejar una cámara bajo el fuego, lo que es la imagen buscada y la que se obtiene por casualidad. Dónde te la juegas y dónde no. Capa se la jugó infinitas veces en su vida —la media docena de fotos de la playa Omaha bastarían para inmortalizarlo—, pero no la mañana del miliciano. Definitivamente, aquel día no.
Sin embargo, eso no borra el valor de la imagen. Aunque se trate de una puesta en escena, sigue contando la historia de miles de seres humanos que murieron sin testigos ni cámaras. Así es como la interpreto. A la figura del reportero de guerra —esa singular especie de hombres y mujeres hoy en lenta extinción— se le exige, o exigía, una pureza casi religiosa. Se esperaba de él que trajera la verdad desde el infierno, intacta. Pero quienes han estado ahí saben que eso es relativo. A menudo el encuadre es una decisión subjetiva; y el disparo de la cámara, un acto de interpretación. Cada foto de guerra tiene un precio, y para conseguirla a veces hay que pagar forzando la verdad, o parte de ella.
¿Qué importa, casi un siglo después, si el miliciano cayó realmente, o si fingía? Lo que de él permanece es la imagen que conmueve, que denuncia, que simboliza, que recuerda. Lo que cuenta es no olvidar que la guerra no es una galería de arte sino un lugar sombrío donde no se registra la belleza sino el miedo, el odio, la crueldad, el azar. Noventa años después, la fotografía de Capa volvió a exponerse, con toda su carga de leyenda y sospecha, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid junto a otras 250 piezas originales: copias de época reveladas por el propio Capa, su cámara Leica, su máquina de escribir, documentos de viaje, publicaciones históricas. No se trataba de copias digitales remasterizadas, sino de imágenes con huellas de verdad: arañazos, bordes doblados, el polvo del tiempo, las marcas de la guerra impresas en papel fotográfico.
Y allí estaba, en el centro de todo, de nuevo expuesta a la admiración y el escepticismo —porque una cosa puede ser perfectamente compatible con la otra— la fotografía del miliciano cayendo. Con la muerte congelada en el rostro ligeramente desenfocado. Con la vieja pregunta, pese a que ya conocemos la respuesta, todavía revoloteando alrededor: ¿murió o posó? Pero la verdad es que ante esa imagen que lo trasciende todo, preguntas y respuestas dejan de tener sentido. Sólo importa la certeza, intacta en su magnetismo, del silencio espeso y reverencial que se impone ante una foto que parece haberlo visto todo. Y cuando te sitúas ante el miliciano presuntamente abatido, no puedes evitar la sensación de que, desde alguna trinchera del tiempo, Robert Capa, con su cara de pirata guapo y una sonrisa en la boca de la que cuelga el eterno cigarrillo, te guiña un ojo con ironía.
Al fin y al cabo, una mentira contada por un hombre que dieciocho años después murió al pisar una mina en la guerra de Indochina, tiene ganado de sobra el derecho a que la miremos como si fuera cierta.
____________
Publicado el 27 de marzo de 2026 en XL Semanal.


Solo unos datos aclaratorios, sin entrar en el fondo del artículo (que no discuto, en absoluto). «Robert Capa» era la ‘marca’ de una pareja [sentimental] de fotógrafos, Gerda Taro y Endre Friedman, que la usaron para identificar su trabajo. Cuando se separaron, la ‘marca’ quedó en poder de él (de todos modos, Gerda murió en 1937) y solo a partir de ese momento puede decirse que «Robert Capa» deja de ser una ‘marca’ para convertirse en un seudónimo de Endre.
La famosa foto del republicano, aparte de que se trata de un montaje (a estas alturas quedan ya muy pocas dudas sobre ello) sigue planteando un misterio: ¿quién la disparó? ¿Endre o Gerda?
Ese misterio sí que aún no está resuelto.