No siempre hay que entenderlo todo al pie de la letra. Basta con fijarse en proezas lingüísticas como «estar en la higuera», «hablar por los codos», «hacer la vista gorda», «ir la procesión por dentro», «matarlas callando»… Una de esas expresiones, «andarse con pies de plomo», recomienda, ya saben, ante situaciones delicadas, comprometidas, precaución extrema, prudencia, sigilo, decenas de cautelas. Y esa locución verbal no exige imaginarse un pesado par de monstruosidades podológicas acabadas en gris tirando a azul, de alta toxicidad y resistentes a la corrosión. Pero las metáforas tienen cierto aire de familia con la realidad, y por eso colaboran en nuestra comprensión del mundo y cómo reaccionamos.
En «Dirección de los trenes», como habrá comprobado usted, se narra más que un viaje literal en ferrocarril. Se verifica, de paso, algo que nos envuelve. Y bien pronto, tras ese tuteo con que nos implica la voz que narra, que se dirige directa a nosotros, nos convierte en protagonistas activos de la historia. Y no muy premiosos, sino a toda marcha.
En esta simbólica narración, repeticiones del tamaño de «El tren acelera cruelmente» retumban y ensordecen el aire. La máquina ni se detiene ni retrocede. Y todos vamos ocupando el mismo lugar. Pero otras frases —«haciéndose cada vez más pequeños»— y otros gestos —«agitando la mano»— corroboran a gritos, gradualmente fuertes, que la herencia de la humanidad no puede perderse así como así. Me refiero a los amplios significados de esa palabra: humanidad como género humano al completo y a la vez la fragilidad de su naturaleza, su compasión ante las calamidades que parecemos adquirir con el apellido y que poco más adelante nos toca transmitir a los nuestros.
Intuimos, creo, en esta pieza de Pedro Ugarte la humanidad de ese ciclo vital, la rotación de las generaciones continuas. Las sustituciones. El relevo. Las novedades que se repiten y corean. Los viajes de ida. Los finales. Y, encima, «Dirección de los trenes» está escrito en presente. Un presente que, cuantas más veces la leas, más envuelve y se hace torbellino de vueltas y vueltas.
La misma tentación de hurgar en la palabra le entra a uno al considerar los significados de dirección. No únicamente viaje o maquinista —la acción y el efecto de dirigir, de gobernar—, ni la tendencia o el rumbo, el sentido, ni solo el domicilio donde residen o descansan los trenes. Múltiples significaciones. Y ese plural: trenes. Que tanto se asemejan, recorran lo que recorran y a la velocidad que se marquen y en los tramos de la época que les toque haber vivido.
Desde hace casi dos siglos, los trenes atraviesan la narrativa. La literaria, la cinematográfica. Y se quedó su humo decimonónico detenido también en los museos de artes plásticas.
Los dos hermanos Lumière, el también pionero Tolstoi —que, por cierto, falleció octogenario de neumonía en una estación provinciana— y su inmortal Ana Karenina, la pobrecilla, a la que se le muere la vida «encogiendo la cabeza entre los hombros» en un andén de Moscú podrían abrir la lista de ilustres pasajeros. El mismísimo Clarín, que hace del ferrocarril y del telégrafo signos del progreso tecnológico y las transformaciones en Adiós, Cordera (1919), la vaca que la primera vez «que vio pasar el tren se volvió loca». De miedo.
Por no hablar antes de Dickens y su «The Signal-Man» (1866), publicado en un número colectivo y especial dedicado al ferrocarril, en el semanario de literatura que fundó el propio escritor. En «El guardavía» dickensiano aparece un misterioso «Gentleman for Nowhere», un caballero hacia ningún sitio, y hace que en la narración emerjan espectros. Dickens se inspiró en dos hechos reales: un choque de trenes en un túnel en 1861 y el descarrilamiento, casi cuatro años después, de varios vagones en un trayecto donde viajaba un Dickens cincuentón con su jovencísima amante. La realidad suele ser el mejor prólogo de la literatura.
O ese otro cuento magistral del mexicano Arreola, también titulado «El guardagujas» (1962), jubilado, misterioso, y un forastero puntual que se queda sin tren. Una narración —como las que se precien— de variadas interpretaciones: desde la mofa por los desbarajustes en las redes ferroviarias de su país hasta implicaciones existenciales mediante hipérboles y fantasías y nuevas maneras del miedo. En algunos de esos vagones trabajan espías «que se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea». Cualidad que da un miedo de la estirpe del que dejó escrito Kafka: el espanto de agotar las caras y los itinerarios de qué es subsistir y seguir adelante aunque apenas te dejen vías para más itinerarios.
Porque el tren insinúa símbolos sugerentes. Además del clásico viaje como modelo estructurador, las vías férreas trazan la idea inevitable de destino y del transcurrir de los años, aquí encadenando despedidas. Lo que queda atrás es ya inaccesible. Las estaciones y las despedidas señalan la separación física entre quienes salen y entre quienes se quedan. Las ventanas de esos trayectos hacen pequeña, ante la vista, la realidad. Aunque no sea así.
Vasco de Bilbao, Pedro Ugarte (1963) es autor de novelas —con muchos personajes que se llaman Jorge—, articulista en prensa y en emisoras, y relevante cuentista, como ha mostrado Zenda cuando publicó Ugarte sus dos colecciones más recientes de relatos y antes en El mundo de los Cabezas Vacías (2011, que recogía los cinco incluidos en Guerras privadas).
Su microficción apareció en un temprano libro de 1992, Noticia de tierras improbables, con 99 piezas, que con los años incrementó en Materiales para una expedición y que será definitivamente La expedición cuando reúna los microrrelatos que sigan viniendo. Los esperamos. Para unirnos a ese éxodo. Para alejarnos quién sabe con quién.
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Dirección de los trenes
Allá quedan tus padres, varados en el andén. Te despides agitando la mano, pero ya no aguantas más, de modo que gritas que les quieres, más alto, cada vez más alto, mientras ellos se van haciendo pequeños, cada vez más pequeños, a medida que el tren acelera cruelmente y se aleja de la estación. Después, no sabes cómo, el tren vuelve a detenerse y te deja varado en otro andén. Oyes entonces, por alguna parte, nuevas voces, y dentro de ellas asoman risas y palabras. Tus hijos aparecen, agitando la mano, hasta que ya no aguantan más y gritan, desde la ventanilla del tren, que te quieren, más alto, cada vez más alto, mientras se van haciendo pequeños, cada vez más pequeños, a medida que el tren acelera cruelmente y se aleja, también, de esta estación. ■
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Inédito (aunque leído por su autor en una emisora de radio).


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