Hay una imagen de la figura del editor que todavía pervive en el imaginario colectivo: un hombre maduro en una oficina llena de manuscritos, lápiz en mano, negociando entre el talento de un autor y las exigencias del mercado. Max Perkins con Thomas Wolfe. Roberto Calasso con sus autores de Adelphi. La edición como vocación casi sacerdotal, ejercida en el interior de un mundo cerrado sobre sí mismo, con sus propias liturgias y jerarquías. Un mundo donde el criterio se forjaba despacio, en conversaciones largas, en cartas que tardaban semanas, en lecturas que exigían paciencia y convicción. Esa imagen no es falsa, pero es incompleta. El oficio ha migrado.
En los últimos años, la lógica editorial —verificar, seleccionar, organizar, jerarquizar, contextualizar— ha colonizado territorios que nada tienen que ver con el libro en sentido clásico. Un ejemplo de esta evolución es el trabajo de profesionales como Giannina Mundaca, editora de Casinos-Online.es, quien se encarga de verificar y supervisar el contenido de un portal especializado en el análisis de plataformas de entretenimiento digital en España. Su tarea no consiste en descubrir una voz literaria ni en corregir galeradas, pero comparte con el trabajo editorial tradicional algo esencial: la responsabilidad de que la información que llega al lector sea fiable, esté bien estructurada y responda a criterios claros de calidad. Eso también es editar.
Lo que ha cambiado es el ecosistema, no la función. En internet, la sobreproducción de contenido ha creado un problema que la industria editorial conoce desde hace décadas bajo otro nombre: el ruido. Demasiados títulos, demasiadas voces, demasiadas plataformas compitiendo por una atención que no se puede multiplicar. La solución, en ambos casos, pasa por lo mismo: alguien que interponga criterio entre la fuente y el receptor. Ese alguien, tanto si trabaja en una editorial literaria como en un medio digital especializado, ejerce una función curatorial que tiene más de periodismo que de literatura, pero que depende de competencias que cualquier editor reconocería como propias.
No es casual que la teoría editorial contemporánea haya incorporado el término anglosajón curator para describir lo que hace un editor que trabaja fuera del libro. Roberto Calasso ya advertía, en sus reflexiones sobre el oficio, que la marca de un editor no reside solo en los títulos que publica sino en el criterio que los une. Trasladar esa idea al entorno digital no requiere demasiado esfuerzo: la coherencia de una selección de contenidos, la fiabilidad de una fuente, la capacidad de un portal para que su lector sepa en qué territorio se mueve, son exactamente las mismas variables. La escala es diferente. La velocidad es diferente. La lógica, no.
Cuando autor y editor se aman, un artículo publicado en estas mismas páginas, describía con precisión este desplazamiento: la tecnología no ha eliminado la necesidad del editor, sino que ha transformado su papel de gatekeeper a curator. La distinción importa. El guardián decide quién entra; el curador decide qué merece atención y por qué. El primero ejerce un poder de exclusión; el segundo, un trabajo de interpretación. En los medios digitales, donde la inteligencia artificial ha multiplicado exponencialmente la capacidad de producir contenido sin que eso implique ninguna garantía de criterio, ese trabajo de interpretación se ha vuelto más necesario que nunca, y más difícil de hacer bien.
La Federación de Gremios de Editores de España lleva años registrando en sus informes anuales la transformación del sector: más títulos, tiradas medias más bajas, canales de distribución multiplicados, lectores fragmentados entre formatos. Los números describen una industria en tránsito permanente, pero lo que no terminan de capturar es el desplazamiento profesional que esa transformación ha provocado. Hay editores que hoy trabajan en medios de comunicación, en plataformas de streaming, en portales de análisis de productos o servicios, en newsletters temáticas con miles de suscriptores. Llevan otro nombre, a veces ninguno que se parezca al de editor, pero hacen lo mismo: elegir qué cuenta, cómo cuenta y para quién.
Quizás lo que ha ocurrido es que el oficio siempre fue más amplio de lo que la industria del libro quería reconocer. La edición no nació del libro: nació de la necesidad humana de organizar el conocimiento y hacerlo accesible. Durante siglos, esa tarea la ejercieron copistas, cronistas, compiladores de enciclopedias, directores de revistas culturales. El libro fue el soporte dominante durante mucho tiempo, no el único ni el definitivo. Que hoy esa misma función se ejerza en entornos digitales, con otras herramientas y otras urgencias, no debería sorprender a nadie que haya leído algo de historia de la comunicación. Lo que sorprende, en todo caso, es la velocidad. Que hoy esa tarea se ejerza también fuera de las editoriales tradicionales no es una degradación del oficio sino su expansión natural. El lápiz sigue en la mano de alguien. Solo han cambiado los márgenes en los que escribe.


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