Esta es la historia de una venganza… aunque poco sangrienta. Un artista plástico se entera de que su ex novia va a dar a luz al hijo de otro, es decir, al hijo que ellos nunca tuvieron. Esta circunstancia le lanza a un viaje por sus propios recuerdos y sentimientos.
En este making of Alejandro Narden recuerda cómo escribió Todos los principios (Plasson & Bartleboom).
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בְּרֵאשִׁית בָּרָא אֱלֹהִים אֵת הַשָּׁמַיִם וְאֵת הָאָרֶץ
Berešit bará Elohim et hašamayîm ve’et ha’areż (Génesis, 1.1)
Tal vez no sepan evangelistas o creacionistas de todo pelaje que no fue «en el principio» cuando creó Dios —los dos cielos, pues aparecen aquí en número dual, y después la tierra y todo lo demás— sino «en principio» o «en un principio»; el sintagma hebraico con el que comienza el relato de la creación en el Génesis es gramaticalmente indeterminado lo que, en puridad, abriría la puerta a que hubiera habido algo preexistente, algo a lo que Dios, simplemente, hubiera procurado dotar de un cierto orden. Como un adolescente castigado sin salir hasta que hubiera limpiado el caos de su cuarto.
Tranquilos: esto no va de teología, no pretendo enjuiciar las creencias de nadie ni, mucho menos, adentrarme en disquisiciones filosóficas para las que no estoy en absoluto preparado («de la nada, nada surge», resuena con el eco de un sueño medio olvidado en mi cabeza, mientras tecleo, esa sentencia atribuida, si no me equivoco, a Parménides). Esto es tan sólo un juego, uno lingüístico. Hace 20 años estaba en un aula de la hospedería de Anaya, en la facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, en una clase de hebreo, y el descubrimiento de la ausencia de ese artículo determinado me pareció un chiste fabuloso: ¿acaso no tiene gracia que en la semilla del creacionismo como teoría, como certeza deseada, pudiera hallarse su mismísima refutación? Walter Benjamin en estado puro: no nos comunicamos a través del lenguaje, sino dentro de él, con las limitaciones que tal jaula impone. O lo que es lo mismo: en cuanto decimos o pronunciamos o escribimos puede entreverse, a la vez que el mensaje positivamente declarado, su reverso, lo que fue imposible expresar, la multitud de imprecisiones o contradicciones que ahí se esconden. ¿Verdad que es fascinante? Me lo resultaba al menos desde la única perspectiva que en el fondo me interesaba: la de la exploración literaria.
Toda esta matraca viene a intentar explicar el porqué del título del libro y cómo, llamándose así, será comprensible que diga a continuación que esta novela de amor o desamor —pues eso es en esencia— no tuvo un nacimiento único sino muchos pulsos diferentes y ocurridos a lo largo de una década que me fueron obligando a alumbrarla.
La inverosimilitud de lo real y la nitidez de la ficción
Pasé 2013 en Túnez, gracias a un programa europeo de ayudas a la cooperación cultural. Andaba triste, desnortado tras una ruptura amorosa, escuchaba sin parar canciones de Nacho Vegas y, sí, tuve por vecino a un soldado de Gadafi huido de Libia que mataba los días en aquella carretera recta a la orilla del mar, en Tantana, las afueras de Susa. Sin embargo, de aquellas mañanas lentas sentado en la terraza del café Bacha, de aquel libro de recetas que nunca pudimos terminar ni llevar a imprenta (la ONG tunecina que nos empleó se quedó con buena parte del dinero europeo, pero esa es otra historia), de aquel par de atentados islamistas fallidos de los que tan cerca anduve —también tuvo lugar allá mismo un terremoto en aquel tiempo, ¿podéis creerlo?— lo que surge no es, ni de lejos, esta novela, sino la vocación que, a mi regreso o ya allí, cuando empecé a publicar reportajes en la revista FronteraD, me hizo periodista.
Esta ficción se explica mucho mejor que desde la tentación simplona de la crítica biografista desde la devoción, también muy obvia, a las lecturas que me han venido acompañando desde que tengo uso de memoria y, con más precisión, desde la influencia de ciertos autores y autoras que aparecieron para deslumbrarme mientras yo escribía mi novela debut, Horizonte aquí.
Decía antes que elegir su inicio es el primero de los sesgos de un cuento, la primera arbitrariedad de un narrador: pues bien, ¡yo quería que el mío comenzase insultándose! ¿Por qué? Podría afirmar sin caer en la mentira que «por marcar desde el principio el tono», pero, en realidad, la razón detrás de esa decisión tenía mucho más que ver con emular arranques como los del Tristram Shandy de Laurence Sterne (¿cómo puede ser esa novela del siglo XVIII?, tiene razón Julian Barnes: el posmodernismo está ya en el Quijote); como los de Bella del Señor de Albert Cohen o La vida en tiempo de paz de Francesco Pecoraro; o como ese famosísimo «No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido» de Javier Marías en Tu rostro mañana.
Si algo hay en Todos los principios es reverencia a la obra Melania Mazzuco, Annie Ernaux, Mathias Enard, Claudio Magris o W. G. Sebald, admiración por Annemarie Schwarzenbach, por mis queridísimos Don DeLillo o Rafael Sánchez Ferlosio o Juan Goytisolo; si algo hay, de verdad en Todos los principios, que a punto estuvo de titularse Berešit, es una trama-pretexto que espero que apele a la mayoría —es siempre buen momento para repensarse, ése en que una expareja tiene hijos con otra persona— puesta al servicio del ejercicio, quién sabe si atinado pero al menos sí fervoroso, de un «cien veces idiota» enfermo de literatura.
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Autor: Alejandro Narden. Título: Todos los principios. Editorial: Plasson & Bartleboom. Venta: Todos tus libros.


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