Foto de portada: Biblioteca Pública de Yuncler (Toledo) Castilla-La Mancha es el escenario real y simbólico de la obra más universal de nuestras letras: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Llegar aquí, con un libro bajo el brazo y la vocación de compartir historias, es dialogar con esa tradición literaria que convirtió los caminos, los pueblos y los paisajes manchegos en territorio mítico. Porque, de algún modo, todo escritor que recorre estas tierras lo hace acompañado —aunque sea en silencio— por la sombra de aquel caballero que confundía molinos con gigantes, pero que entendía, como pocos, el poder de la imaginación y de la palabra.
La segunda presentación nos llevó a Toledo capital, acompañado en ambas citas por la librería Taiga, a la Biblioteca de Castilla-La Mancha, situada en el Alcázar, uno de los espacios bibliotecarios más impresionantes de España. No solo por sus instalaciones, sino por lo que se respira en ellas: cultura, historia y una relación directa con la ciudad, y unas vistas espectaculares desde lo alto.
Este viaje no es solo una gira de presentaciones, es toda una aventura y una experiencia compartida. Recorrimos Toledo acompañados de mi hija de cinco años, y eso convirtió la visita en algo distinto, más pausado y, a la vez, más revelador. Entramos en la catedral, en la mezquita del Cristo de la Luz, en la sinagoga del Tránsito y en la de Santa María la Blanca. Caminamos por sus calles, sus cuestas, sus silencios. Y mientras recorríamos la sacristía de la catedral —un auténtico museo en sí mismo—, rodeados de obras maestras de El Greco, de Goya con su imponente Prendimiento, de maestros como Caravaggio, Tiziano, Rafael o Van Dyck, me asaltaba una pregunta inevitable: ¿merece la pena visitar estos espacios con niños tan pequeños? La respuesta, lejos de cualquier duda, es sí. Es cierto que la experiencia no es la misma. Que uno, en soledad, se detendría más, observaría con otra profundidad, se perdería en los detalles. Pero ir con un niño no empobrece la visita: la transforma. Obliga a mirar de otra manera, a explicar, a seleccionar, a traducir la complejidad en algo accesible. Y en ese proceso, no solo aprende el niño; también el adulto se redescubre a sí mismo.
Porque los niños ven cosas que nosotros ya no vemos. Se fijan en detalles inesperados, hacen preguntas que desarman cualquier discurso preparado, y convierten la visita en una experiencia compartida, no en un acto individual. No necesitan comprenderlo todo: basta con que algo les impacte, con que una imagen, una historia o una sensación quede sembrada. Esa huella silenciosa que deja la cultura empieza a formarse precisamente ahí. En una visita que quizá ellos no recuerden con precisión, pero que sí contribuirá a su manera de mirar el mundo. Por eso es fundamental llevar a los niños a museos, a catedrales, a bibliotecas; adaptar el ritmo, el lenguaje, la experiencia, pero no excluirlos. La cultura también debe aprenderse viviéndola desde pequeños.
La semana terminó en Ciudad Real, con una presentación en la librería Serendipia, otro de esos espacios donde la literatura encuentra su verdadero hogar. Allí, además, la charla fue emitida en directo, lo que permite subrayar algo cada vez más evidente: hoy, una presentación no se limita a quienes están físicamente presentes. Gracias a los medios actuales, puede llegar a cualquier lugar, ampliando el alcance de la cultura de una forma que hace apenas unos años era impensable.
Aprovechamos también para recorrer la ciudad y, cómo no, para dejarnos llevar por una pequeña ruta de castillos por ambas provincias —inevitable en mi caso—, con paradas en lugares como el castillo de Orgaz, o el de Calatrava la Nueva, entre otros. Porque en estas tierras, historia y paisaje van siempre de la mano.
No quiero olvidar un detalle especialmente significativo: en la presentación de Yuncler no solo participó la biblioteca local, sino también otras bibliotecas cercanas. Y en Toledo, la presentadora, Almudena Pallás, coordina el club de lectura de Almonacid. Esa red invisible de colaboración entre bibliotecas, lectores y clubes de lectura es, en realidad, uno de los pilares más sólidos de la vida cultural. Son ellos quienes sostienen, día a día, el hábito lector, quienes convierten la literatura en un espacio compartido.
Y al final, de eso se trata: de seguir tejiendo comunidad alrededor de los libros.
Después de la Semana Santa viene el mes del libro: abril. Y desde el 7 de este mes, la friolera de 20 presentaciones en 24 días. Primera semana, en orden: Gijón, Oviedo, Santander, Torrelavega y Castro Urdiales. ¡Os veré por allí!



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