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El sesgo amargo de la tristeza

El sesgo amargo de la tristeza

He tenido la fortuna de leer a Stefan Zweig tempranamente gracias a las pequeñas biografías, escritas por el austriaco, que atesoraba mi padre en casa, pertenecientes a la Editorial Apolo, en su colección Prisma. Recuerdo cuando seleccioné, al buen tuntún, las vidas de Stendhal y Sigmund Freud para llevármelas aquel verano a Llanes, decidido a empezar a leer libros de «verdad» mientras yo apenas enfocaba la adolescencia. Allí los leí —mayormente en la bolera de Cué—, y no voy a negar que lo hice impactado por un feliz asombro, pues a priori me temía que la lectura de un libro «de verdad» era tarea algo farragosa y pudiera ser que hasta cansina. Pero no fue así, por fortuna. Yo entonces quería leer y leer —familiarizarme con un universo misterioso, complejo y prometedor: la literatura— en la misma medida que aspiraba a escribir y escribir. De modo que en un simple acto espontáneo (escoger al azar aquellos dos libros) maté tres pájaros de un solo tiro, ya que descubrí a la vez a tres autores de los que yo ni siquiera era capaz de pronunciar correctamente sus nombres (Zweig, Stendhal y Freud).

Andando el tiempo, cuando uno comenzó a seleccionar las lecturas, y además haciéndolo con relativo conocimiento de causa, he vuelto a encontrarme con el prolífico Zweig en repetidas ocasiones y, naturalmente, continué leyéndolo, sobre todo sus famosas biografías (Balzac, Tolstoi, Mesmer, Casanova…) hasta que, por fin, llegó a mí la obra, entre las suyas, que con mayor firmeza se instaló en mi memoria. Me refiero a su cuento Mendel el de los libros.

"Debido al magistral oficio de Zweig, el viejo de los libros lo mismo despierta en nosotros devoción que lástima. Entonces, uno se pregunta: ¿un hombre entregado por completo a los libros es un héroe o un fracasado?"

Con comprensible satisfacción recibo ahora el reciente libro publicado por Edhasa (2026) bajo el título genérico Cuentos selectos, de Stefan Zweig, traducido y prologado por Pablo Gianera. Pues bien, entre los cuentos seleccionados por Gianera para esta edición se encuentra, cómo no, el aludido Mendel el de los libros (aquí bajo el título de Mendel el bibliófilo). Apremiado por un fuerte deseo de relectura, es el primer relato de la selección que afronto, de modo que repito el viaje, tantos años después, al adecentado Café Gluck de Viena y vuelvo a detener mi atención en la mesa que ocupa el viejo Jakob Mendel, enterrado en libros antiguos, discretamente dueño de una colosal e hipermnésica erudición y atrapado en una existencia apartada y gris antes de abrazar la tragedia. Jakob Mendel, en su mesa del Café, ofrece una estampa a la vez trágica y digna de admiración, rebosante de ternura e inspiradora de limpia compasión. Debido al magistral oficio de Zweig, el viejo de los libros lo mismo despierta en nosotros devoción que lástima. Entonces, uno se pregunta: ¿un hombre entregado por completo a los libros es un héroe o un fracasado?… En este caso es un viejo de Galitzia que vende libros inencontrables, para lo cual ocupa siempre la misma mesa en el referido Café Gluck. Al igual que Peter Altenberg o Joseph Roth, además de otros cientos —de carne y hueso o inventados—, cabe decir que este Mendel pasó su vida en el Café. Cada cual aferrado a su mesa-universo, su mesa-biografía, su mesa-parapeto o su mesa-destino. Uno ofreciendo libros imposibles y otros —hubo muchos—, como los aludidos Altenberg y Roth, escribiendo en el Café cosas casi imposibles.

Jakob Mendel cuenta con la estimable y silenciosa protección compasiva de la señora de los servicios del Café. Me refiero a la señora Sporschil, la vendedora de chocolate, para mi gusto uno de los personajes humanamente más penetrantes de la literatura del siglo XX; uno de los pocos personajes-símbolo que consigo discernir sin esfuerzo alguno y con toda felicidad (y que nadie me pregunte el porqué, pues ni yo mismo lo sé).

"Que sepamos, Zweig es de los autores más compasivos con sus personajes, a los que, también es cierto, coloca en situaciones indeseables, adornadas con el sesgo amargo de la tristeza"

Zweig, maestro en el arte de la narración (descripciones, emociones, roles, ambientes, diálogos…), suele tratar a sus personajes con la audacia con que nos presenta a Jakob Mendel. Es decir, los coloca en una situación dramática (extemporaneidad, obsesión, aislamiento, debilidad, fracaso…) para acabar envolviéndolos con el material sensible de la delicadeza y la bonhomía. Pablo Gianera, en el prólogo del libro aquí tratado, apunta a la «fatalidad inescapable», en referencia al signo trágico que caracteriza a los personajes de Zweig (Mendel, el Dr. B., el viejo ciego coleccionista de antigüedades y el ruso desertor del lago Lemán).

Por ello, se nos hace inevitable atisbar que sus héroes de ficción han sido construidos a partir del dato autobiográfico, precisamente tratándose él, Stefan Zweig, de uno de los mejores biógrafos que hayamos encontrado.

Que sepamos, Zweig es de los autores más compasivos con sus personajes, a los que, también es cierto, coloca en situaciones indeseables, adornadas con el sesgo amargo de la tristeza.

Acompañan al cuento de Mendel otros cuatro relatos igualmente perfectos en su construcción y atractivos en cuanto a la historia contada.

Novelita de verano narra la travesura de un viejo instalado en el mismo hotel de Cadenabbia, a orillas del lago Como, que una joven a la que engaña enviándole cartas falsarias en nombre de un ficticio admirador de la chica. Dichas cartas revitalizan a la joven, y el viejo, mientras espía las reacciones de la destinataria, disfruta en su vago dominio de la situación. Hasta que al final el asunto se le va de las manos, generando, con sus misivas, una incómoda tesitura. La pericia técnica del relato se materializa al final del mismo, cuando el viejo le sugiere al narrador del relato que su «broma» podría dar pie a una estupenda novela. Pero, para sorpresa de todos, dicho narrador se nuestra reacio a aceptar el reto, sorprendiendo al viejo —y a nosotros— con las modificaciones que él introduciría en la historia en el caso de animarse a escribir la insinuada novela. Sería otra historia diferente.

"La colección invisible es la experiencia extraordinaria protagonizada por un anticuario en medio del orden que apaga el mercado de antigüedades en tiempos de crisis"

En Un episodio en el lago Lemán un pescador «pesca» a un hombre que a duras penas rema sobre un amasijo de tablas. El hombre va desnudo y es extranjero, por lo que al hablar lo hace como si entonara preguntas. Pronto sabemos que se trata de un ruso al que llevaron al frente de Francia y que huyó del campo de batalla pensando que su casa y su familia, allá en Rusia, estaban a la vuelta de la esquina, como si para él no existieran las fronteras ni las distancias. Sin duda, es una historia triste la de este ruso, llamado Boris, que subsiste en el pueblo a donde lo llevó el pescador, y lo hace aislado y desconectado e ignora cuanto sucede en el mundo. Ni siquiera está al tanto del derrocamiento del zar.

La colección invisible: Un episodio de la inflación alemana es la experiencia extraordinaria protagonizada por un anticuario en medio del orden que apaga el mercado de antigüedades en tiempos de crisis (guerra del 14). Este, según cuenta, visita al viejo y ciego coleccionista Herwarth, quien está siendo víctima de un piadoso y bien justificado engaño por parte de su esposa e hija. En este relato la ternura con que se nos presenta a Herwarth, y su pasión por la «colección invisible» que atesora alcanza cotas sublimes. Es la perfecta muestra y justificación de eso que llamamos «mentira piadosa», aprovechando aquello que dijo Goethe: «Los coleccionistas son hombres felices».

"El resultado de esta magistral partida no deja de ser equilibrado y susceptible de interpretaciones, como, por otra parte, acostumbra a ser propio de la literatura de Stefan Zweig"

Novela de ajedrez es la última pieza (novela corta) que escribió Zweig antes de suicidarse en Petrópolis (Brasil), por lo que fue publicada póstumamente y recibida por sus lectores como uno de sus mejores trabajos. A partir del retrato minucioso, e impecable desde una perspectiva psicológica, de sus dos protagonistas —el campeón mundial de ajedrez Mirko Czentovič (dotado de una «insondable idiotez»), y el Dr. B. (víctima de la barbarie nazi)—, nos adentramos en una irrepetible partida que cobra tintes históricos y que viene a representar el enfrentamiento entre una predisposición para el juego (la vida) estrictamente natural (Czentovič) frente a una aptitud meramente intelectual o teórica (Dr. B.), por no decir de supervivencia al haber sido víctima de la irracionalidad de la Gestapo, que lo mantuvo condenado a la «tortura de la soledad» sin ser culpable de nada.

El resultado de esta magistral partida (en realidad serán dos partidas) no deja de ser equilibrado y susceptible de interpretaciones, como, por otra parte, acostumbra a ser propio de la literatura de Stefan Zweig.

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Autor: Stefan Zweig. Título: Cuentos selectos. Editorial: Edhasa. Venta: Todos tus libros.

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