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Sobre la inteligencia artificial y los nuevos luditas

Sobre la inteligencia artificial y los nuevos luditas

En 1956, el autor sueco Harry Martinson publicó Aniara, un poema, hoy clásico, de ciencia ficción. En él, una nave tripulada por humanos y asistida por una inteligencia artificial pierde el contacto con la Tierra. Entre los tripulantes cunde el pánico, y la inteligencia artificial —una entidad sensible llamada Mima— los consuela como puede, evocando imágenes terrestres y sugiriendo que sabrán reconstruir, en otro planeta, el mundo perdido. Es como si les dijera: «Sois humanos, no os preocupéis, lo lograréis». El poema está escrito doce años antes de que se estrenara 2001, odisea del espacio, la enigmática obra de Stanley Kubrick, y es una hermosa anticipación visionaria, como las que nos gustan a todos, de lo que está sucediendo ahora mismo. La inteligencia artificial empieza a aparecer en multitud de facetas de nuestra vida y guía ya nuestros actos: la usamos al escribir mails, a la hora de preparar intervenciones públicas o el menú de la semana, de viajar a una ciudad extranjera, de hacer la guerra (Irán es el estreno bélico de la IA) y pronto estará presente hasta en el último resquicio de actividad humana. La IA es una revolución incuestionable y, como es lógico, está provocando un intenso debate social.

"Creo que todos estamos de acuerdo en que la única reacción saludable es encarar el peligro"

Siempre se dice que hay tres posibles reacciones animales ante un grave peligro: parálisis, huida, enfrentamiento. La parálisis es instintiva. Quedarse petrificado, como los meros mortales cuando miramos a la Medusa. Es la expresión más natural de la impotencia. Otra reacción, igual de estéril, es el pánico. El miedo es lo que nos lleva a huir, a no afrontar un problema. En el caso de la tecnología esa huida hacia adelante solo la podemos emprender quienes ya tenemos cierta edad y pretendemos cerrar los ojos a lo que está sucediendo, como si no existiera, para seguir con nuestros viejos hábitos. Yo mismo con mis novelas, hasta hoy mismo, todavía actuaba como si la llegada de la IA no tuviera nada que ver conmigo. ¡Cuánta ingenuidad! Y qué razón tenía el viejo Trotsky cuando observó que a ti igual no te interesa la guerra, pero a la guerra le interesas tú. Con ciertas cuestiones nadie puede ponerse de perfil.

Creo que todos estamos de acuerdo en que la única reacción saludable es encarar el peligro. En nuestro caso hay dos maneras de enfrentarse a la tecnología. La primera es hacer como los luditas en el siglo XIX: atacar las máquinas como si fueran las culpables de todo. Quién sabe si eso no será la solución con la tecnología, al final. Quién sabe si no nos rebelaremos contra las máquinas como hacían los humanos del futuro en el arranque de la película de James Cameron, Terminator (1984). Es comprensible. Todos llevamos dentro, más o menos escondido, un furibundo reaccionario que aborrece el cambio.

"La sociedad humana, sin embargo, nunca ha optado, históricamente, por oponerse sino por domesticar e integrar el cambio"

La sociedad humana, sin embargo, nunca ha optado, históricamente, por oponerse sino por domesticar e integrar el cambio. Y eso sigue haciendo ante los nuevos retos que nos propone la IA en cada vez más ámbitos y, por supuesto, también en literatura. En el mundo literario ya hay escritores trabajando con IA. La autora japonesa Rie Kudan ganó (¡hace dos años!) el prestigioso premio Akutagawa con esa ayuda, y el escritor chino Shen Yang ganó un galardón de ciencia-ficción de su país con una obra generada al 100% con IA. No obstante, también hay escritores que reaccionan con un integrismo virulento, casi ludita. El novelista inglés Paul Kingsnorth, por ejemplo, ha publicado recientemente en Substack un manifiesto, Writers against AI, donde se compromete, e insta a sus colegas, a nunca utilizar la IA en la escritura. Y seguro que tiene millares de firmantes. La controversia no deja de crecer.

Como se ve, es una cuestión candente que nos va a afectar a todos tarde o temprano, y yo me he topado con ella a través de la traducción literaria. El año pasado me contactó una editorial sueca, fundada por el visionario Rickard Lundberg, para ofrecerme traducir todo mi fondo a una decena de idiomas simultáneamente. La editorial se llama precisamente Aniara y trabaja con IA. Hay traductores humanos al frente del proceso y desde luego son remunerados por hora trabajada, como se estila en Europa, y de manera generosa. La única diferencia (pero cuán sustancial) es que, con la asistencia de IA, allí donde tardaban un año en traducir un libro ahora traducen cien.

"Como era previsible, empieza a haber luditas por doquier, y no seré yo, un plumífero con instintos del siglo pasado, quien diga que Unabomber no tenía razón al abominar de la tecnología"

Reconozco que en un principio solo vi ventajas en una propuesta que me permitía, para empezar, ver traducido al inglés el conjunto de mi obra. ¿Debí negarme?  No lo hice. Y así, a principios del mes pasado el debate sobre el uso de la IA se coló en la sede del Cervantes de Londres durante la presentación de mis novelas DoctorX, the Dark Web Medic y el primer episodio de la serie de ciencia ficción The U-Feeling Experience. El centro recibió una queja de la Asociación Española de Traductores, y su director, Víctor Ugarte, se sintió obligado a hacer una declaración introductoria aclarando que el Instituto Cervantes apoya “el trabajo humano”.

José Ángel Mañas y Rickard Lundberg en el Instituto Cervantes de Londres, el pasado 10 de marzo.

De modo que aquí estamos, en una nueva encrucijada histórica, cuestionando por enésima vez el progreso tecnológico. Mi sensación de déjà-vu es abrumadora. Me hace pensar en el biopic A Complete Unknown que narra la “traición” de Bob Dylan al mundo del folk al abrazar el sonido eléctrico; o cuando irrumpió la música tecno y fue ninguneada por los puristas del rock.

Como era previsible, empieza a haber luditas por doquier, y no seré yo, un plumífero con instintos del siglo pasado, quien diga que Unabomber no tenía razón al abominar de la tecnología. Pero me parece que exigir una renuncia a los beneficios que nos puede aportar, a estas alturas del siglo XXI, y en nuestra sociedad, es ridículo. Los problemas han de resolverse a otro nivel más alto. O habrá que esperar que sea la propia IA quien nos tranquilice y nos devuelva la confianza en nuestros propios medios, como en Aniara. Siento que no tardaremos en comprobarlo.

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