Foto: Rafał Siderski.
Małgorzata Lebda es escritora, científica, fotógrafa, montañista y corredora de ultramaratones (en septiembre de 2021 corrió 1.113 kilómetros a lo largo del río Vístula en el marco de un proyecto de activismo poético titulado «Leer el agua»). Nació en un pequeño pueblo del sur de Polonia en 1985. Ha publicado seis libros de poesía por los que ha recibido premios como el Gdynia (2019) y el Wisława Szymborska (2022), el más importante de la lírica polaca. Insaciable, su primera obra en prosa, recibió el Premio Descubrimiento Literario del Año de Empik (2023) y fue finalista del Premio Nike (2024). Está nominada al Premio Conrad y figura entre los finalistas del Premio Angelus. Vive con su manada (de animales humanos y no humanos) en la región montañosa de los Beskides de Sądecki. Cultiva unas patatas y calabazas exquisitas. Presentamos una muestra de Insaciable, su primera novela, publicada en nuestro país por Temporal Casa Editora, con traducción de Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz. Es una obra que presenta una genealogía de lo vivo y lo muerto, en la que lenguaje y experiencia física e íntima del mundo se funden en una misma cosa. La narración cuenta la historia cotidiana de dos mujeres que llegan al pueblo de Maj, en Polonia. Los anfitriones son los abuelos de una de las jóvenes. La abuela está enferma de muerte en la casa de toda la vida. En Maj hay campo, zorros, estorninos, bosque, viento, nieve, noche, y hay un matadero industrial que no descansa, emisario de la ciudad que explota animales para el consumo humano. Ambas mujeres son testimonio del paso del tiempo en la casa, donde las estaciones del año se importunan con ansia y los ritmos humanos frustran el devenir espontáneo de la tierra. El libro se inserta en la tradición novelística que reflexiona sobre el desencanto de la ciudad y la sociedad de consumo, que busca en lo rural un lugar no de evasión necesariamente, pero sí de reflexión sobre las condiciones sociales y el impacto de la destrucción medioambiental. Este enfoque, que aparece con la literatura de Henry David Thoreau, invita no solo a contemplar la belleza y la complejidad del mundo natural, sino también a cuestionar nuestro papel en él.
***
De los cerezos
Danubio aúlla. Y ellos ya están aquí, tal y como los recuerdo, hambrientos, agitados. Brillan como si sus alas, en las que resplandecen el violeta, el azul claro, el rojo, el amarillo, hubieran sido rociadas con gasolina.
Junio se atiborró de sol, ya a principios de mes los frutos de los cerezos estaban dulces.
El abuelo, que evita la enfermedad de la abuela, al que le son ajenas las ceremonias en torno a la enfermedad, que no quiere saber nada de la enfermedad ni tocar nada en la enfermedad, observa desde el porche cómo los estorninos descienden su vuelo sobre el huerto.
Golpea una lechera de aluminio con una barra metálica. Eso hace resonar el eco en el valle.
Lo observo. Seguro que en él también resuena el eco, su cuerpo tiembla, su piel se parece a la de los hombres que habitan el arco de los Cárpatos, me digo. Bronce. Ébano.
Los estorninos alzan el vuelo, hay un sinfín. Al pasar por encima de la casa, proyectan una sombra sobre el suelo de la habitación oeste que en los meses fríos calienta una estufa de hierro fundido.
Acto seguido vuelven al huerto.
Son tercos.
Nuevos golpes en el metal los abocan a quiebros nerviosos. El repiqueteo los mantiene en el aire.
El abuelo hace una pausa para fumarse un cigarro. Ellos aprovechan el silencio y se posan en un árbol frondoso. Atiborran de frutos sus pequeños cuerpos.
Han aprendido ya a reconocer el silencio, le digo a Ann.
Sí, asiente.
Ann es aquí luminosidad. Le interesa la luz y ella misma es luz. Ha llegado aquí esta mañana, directamente a un Maj caluroso, desde un país lejano. Sigue presente en ella el viaje. Sigue habiendo en ella un olor que no es de aquí: fresia, pachuli. Está de pie junto a mí en el porche y acostumbra los ojos al temprano verano.
Sus ojos siguen la luz.
Ann entiende de luz.
Estudia la luz.
Sale a la caza de la luz.
Lee en la luz el futuro.
Toco con los dedos su escote, allí donde crecen
constelaciones de lunares.
Ann dice: Hay que contarlos.
Vale, respondo.
De niña le contaba a mi abuela los lunares. No era mucho lo que me ocultaba. Me permitía contar los puntitos que cubrían su espalda, y también los que tenía cerca de los pechos. Dejaba que mi mirada se adentrara en rincones como el pabellón auricular o los pliegues de los codos.
Eres también de mi cuerpo, decía.
Pasamos del porche a la habitación oeste. Se oye la melodía que toca el abuelo. La abuela observa la sombra de la bandada de pájaros. Levanta su escuálida mano como si se ofreciera para responder.
Allí, dice y señala el armario.
Me pide que saque de allí los vestidos de verano. Me extraña. Normalmente va vestida con pijamas que le compro en el mercadillo de Stary Sad, un pueblo cercano. Le gustan los de color menta pastel.
Extiendo los vestidos sobre el sofá.
Este, susurra la abuela.
Ha escogido el de color sangre. Lo cojo en las manos. Es terciopelo.
Llévaselo, pide.
Lo hago sin rechistar.
El abuelo le da las últimas caladas a su siguiente Klubowy en el porche, sí, por nostalgia del pasado llama así a todos los cigarrillos, yo lo heredé de él. Toma el vestido en las manos. Su piel se engancha a la tela. Huele el tejido.
Róża, dice.
Lo miro. Los últimos años han resecado su cuerpo. Cada vez con mayor frecuencia huye con la mirada, esconde la mirada, esquiva la mirada. Es incapaz de mantener la mirada y de corresponder con ella. Me gustaría verlo más fuerte, pienso.
Se gira y dice: Ven conmigo.
Voy.
Se dirige hacia el taller.
Allí hace una especie de cruz con madera de avellano que viste con el vestido rojo sangre de la abuela. Contempla su obra. Retoca las hombreras que le dan a la pieza una expresión de extrañeza, como si algo vivo se encogiera de hombros.
¿Servirá?, pregunta.
Servirá, respondo.
Sé que necesita mi aprobación. Aquí, en esta enfermedad, no hay lugar para la discrepancia.
El abuelo asiente con la cabeza a mi asentimiento. Coge la muñeca y se adentra en el huerto con ese esqueleto enfundado en el vestido. Tras él, en procesión, Danubio, el perro, y Azrael, el gato.
La abuela nos mira desde la ventana de la habitación oeste. Se rasca hasta hacerse una herida en la piel de la mejilla. Conozco ese acto reflejo. Aparece en ella cuando observa algo. Es capaz de rascarse toda ella y no darse cuenta de lo que hace.
El abuelo apoya una escalera en el tronco del cerezo. Estoy pendiente de él. Coloca con cuidado los pies en los peldaños. Llega a lo alto. Sujeta con alambre el espantapájaros a una rama.
Un espantapájaros del hambre, digo en voz baja.
El vestido rojo de la abuela empieza a ondear al viento. Las ráfagas de aire se adentran en él y rellenan los lugares que en tiempos ocupó un cuerpo cálido. Tengo la impresión de que el vestido ha cobrado vida.
El espíritu del huerto, le digo a Ann que acaba de unirse a nosotros.
No hay nada como un vestido rojo, canturrea.
Los estorninos revolotean sobre el árbol.
Ya en la habitación oeste le pregunto a la abuela si recuerda que llevaba ese vestido la primavera pasada. Hay fotografías que lo demuestran.
Asiente.
El rojo resaltaba su pelo blanco.
¿Sabes?, me dice, yo ya entonces debía de tener la enfermedad dentro. ¿Te lo quieres creer?
Asiento.
Palpo con las yemas de los dedos la herida que se ha hecho en la mejilla.
El resto del día nos lo pasamos turnándonos para mirar el huerto desde la ventana de la habitación oeste. El rojo sangre del vestido se confunde con las cerezas que maduran a pleno sol. Los frutos que se salven de los picos de los estorninos los recogeremos para la abuela. El abuelo preparará con ellos dulces confituras.
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Autora: Małgorzata Lebda. Título: Insaciable. Editorial: Temporal. Venta: Todos tus libros.



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