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La guitarra eléctrica se democratiza

La guitarra eléctrica se democratiza

Lo primero que llama la atención al rasgar las cuerdas de una guitarra eléctrica es su prodigiosa sonoridad. Parece un grito contra las alturas; aquí abajo fue, de hecho, un acto contra lo establecido… Todo un símbolo de esa sedición juvenil que conoció el siglo XX, una revuelta sonada que impulsó un nuevo entendimiento en el Occidente cristiano. Sí señor, fueron sus seis cuerdas las que prendieron la mecha de la revolución del rock, que tuvo una de sus liturgias más representativas en aquel Jimi Hendrix que el 18 de agosto de 1969, en Woodstock, interpretó “Star-Spangled Banner” con su combinación de amplificadores a válvulas y efectos como el fuzz o el wah-wah presto a darle un sustain luminoso a su Fender Stratocaster. Sin olvidar su control del feedback y la magia de su distorsión: esa técnica brutal que hizo de aquella interpretación del himno estadounidense toda una protesta ante un país que se debatía entre la guerra de Vietnam y los conflictos raciales. ¡Larga vida al rock & roll! ¡Larga vida al blues y al rhythm and blues!

Los orígenes de la guitarra eléctrica, el instrumento del rock por antonomasia, nos remiten a la historia del jazz. En la era del swing, ese capítulo que se extiende entre 1930 y 1940. O, si se prefiere, entre el hot preponderante en Chicago y Nueva York, que irradió a todo Estados Unidos en los años 20, y el bebop que marcó la pauta en los años 40, los guitarristas de las big bands que protagonizaron la era del swing lloraban esa sonoridad de la que adolecía su instrumento. Sus compañeros en aquellas orquestas decían que los guitarristas estaban allí para hacer bulto. En el mejor de los casos, solo se reconocía su capacidad para mantener el pulso rítmico. Pero la guitarra siempre se quedaba en poco más que nada frente a los instrumentos de viento o el piano.

"En aquel tiempo, muchos de sus colegas se pasaban al banjo por lo que llamaban algo así como supervivencia acústica: el banjo se escuchaba mucho más, incluso podía marcar el sonido de la banda"

Hasta que otro 8 de abril, el de 1941, la Gibson Guitar Corporation —que desde su fundación en el Michigan de 1902 por el lutier Orville H. Gibson venía destacando en el diseño de guitarras innovadoras— comenzó a producir en serie su modelo ES-125. La novedad era mucho más económica, en comparación con esas guitarras eléctricas que se venían viendo desde los años 30: la Rickenbacker A-22 con trazas de gran sartén, la Spanish Electric, también de Gibson, e incluso algunas diseñadas por los propios guitarristas que supieron sortear ese pitido molesto, ese feedback —el acople— con el que Hendrix, 30 o 40 años después, haría del “Star-Spangled Banner” un himno para una guerra diferente a la que libraba entonces el Pentágono.

Eddie Lang, pese a que apenas vivió 31 años, tuvo tiempo de hacer historia como guitarrista de jazz aún en los días del hot. Integrante de los City Blue Blowers, era el tañedor de las seis cuerdas más demandado en las sesiones de los 20. Sus duetos del 26 con el violinista Joe Benutti constan en los anales. Había empezado a ser el guitarrista habitual de un incipiente Bing Crosby cuando la Parca llamó a su puerta. Aún se recuerda su lucha para hacerse oír entre el piano y la percusión. Se fue sin haber probado la electricidad. En aquel tiempo, muchos de sus colegas se pasaban al banjo por lo que llamaban algo así como supervivencia acústica: el banjo se escuchaba mucho más, incluso podía marcar el sonido de la banda.

"Con la electricidad, la guitarra pasó de ser un instrumento meramente rítmico en la música de la centuria pasada a ser el mayor emblema de la sedición juvenil que haya conocido la humanidad"

Eso era lo que había cuando Charlie Christian, miembro de la orquesta de Benny Goodman —luego aún en la era del swing—, cansado de que sus solos fueran inapreciables frente a las trompetas y los trombones, electrificó su instrumento o, mejor dicho, lo cambió por una Gibson ES-125 de las que empezaron a comercializarse hace 85 años en ese momento estelar de la humanidad que tuvo lugar un día como el de hoy. La Gibson Les Paul, en la que parecían mezclarse los talentos del viejo lutier que dio nombre a la hoy gran compañía y Les Paul, el guitarrista fabuloso que diseñó el modelo más famoso de la casa, llegó algo después. Al igual que la Fender Telecaster, origen de la legendaria Stratocaster —de alisio, fresno u otras maderas nobles—, la favorita de Buddy Holly, Eric Clapton, o el gran Rory Gallagher, también muerto prematuramente, tras legar a la historia de la música un momento estelar en sí mismo: su concierto en el teatro Monumental de Madrid el 7 de marzo de 1975.

La guitarra eléctrica fue a la revolución del rock & roll lo que el fusil de asalto Kalashnikov —o AK-47— a los movimientos de liberación tercermundistas, a las guerrillas del siglo XX. Con la electricidad, la guitarra pasó de ser un instrumento meramente rítmico en la música de la centuria pasada a ser el mayor emblema de la sedición juvenil que haya conocido la humanidad. Su sonoridad magnetizó a generaciones enteras como el pífano del flautista a los niños de Hamelín. Toda una liturgia que, a menudo, se celebraba entre la técnica brutal del guitarrista, su instrumento y el amplificador. A veces era el pedal del sustain, otras una unidad de efectos, o incluso un E-Bow, que hacía vibrar las cuerdas de forma continua. Y claro, no olvidemos la técnica del guitarrista: vibratos, vending y todos los misterios que entraña el rock & roll.

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Alfonso del Amo-Benaite
Alfonso del Amo-Benaite
4 horas hace

Magnífico ¡¡¡ terreno poco explorado el de las guitarras eléctricas.

Jose Luis
Jose Luis
1 hora hace

Se dijo que Beethoven opinaba que la guitarra era el mejor instrumento musical, pero le faltaba volumen de sonido y eso se lo dieron Leo Fender y Les Paul … el resto es historia bien conocida por nosotros. Recuerdo especial de ese concierto de Gallagher, lástima de su muerte prematura