Inicio > Libros > Dos veces cuento > Susana saliendo del baño, de Francisco Ayala

Susana saliendo del baño, de Francisco Ayala

Susana saliendo del baño, de Francisco Ayala

Elegante, y lleno de simbología, como lo puro, la inocencia, lo noble, la majestad, el Lilium candidum se conoce por lirio blanco o, en España, más por azucena. Desde una perspectiva etimológica, la palabra de esta flor se remonta al término árabe susen (o as-susana, «lirio»), de la misma raíz semítica de la que deriva el nombre Susana. Y puede que el árabe la adaptara del hebreo שׁוֹשַׁנָּה (shoshanná) o, como apunta el Diccionario de la lengua española, del persa medio sōsan. Vengan de donde vengan, les unen lazos a Susana, a la azucena, a los lirios y las calas (o «lirios de agua») y también a la heráldica flor de lis.

Y «Susana saliendo del baño», o más bien de la bañera, se relaciona con una historia entre policiaca y judicial de un episodio bíblico: el de «la casta Susana», que se narra en el capítulo 13 del Libro de Daniel, un ingenioso profeta, es decir, portavoz que comunicaba a los humanos mensajes de lo divino, y no siempre relacionados con el futuro.

La escena de la hermosa esposa del acaudalado Joaquín en Babilonia se repite en museos y espacios de arte: cuatro versiones de Tintoretto a mediados del XVI, y de Lambert Sustris y Paolo Veronese por esas fechas, de la valiosa y valerosa Artemisia Gentileschi y de Rubens en 1610, ¡hasta Goya! en una miniatura sobre marfil de su tiempo en Burdeos, en vísperas de su muerte. Unos óleos destacan el esplendor del cuerpo femenino, otros le voyeurisme de los dos ancianos acosadores, otros la fealdad y la fiereza de la injusticia… Pero casi nadie resalta la entereza y la coherencia de esta mujer.

«Susana saliendo del baño» (1928), obra de un veinteañero Francisco Ayala (Granada, 1906 – Madrid, 2009), esboza una historia minúscula: una mujer sale de la bañera tras cuidar su higiene personal. Mejor dicho: tras su placentero, casi como un letargo, rato entre espumas y jabones, una joven que luego sabremos que se llama Susana sale del recipiente del agua. Ayala, jovencísimo, ya había publicado dos novelas breves en esa época de vanguardias, cubismos y deshumanización del arte. Este cuento apareció en 1928 en la revista de su paisano Federico García Lorca Gallo.

Más que un cuento es un ejercicio esteticista de enlaces de metáforas. La profesora Rosa Navarro Durán —pionera, como el catedrático de la Complutense Andrés Amorós— lo mostró en 1985. Adaptando al ámbito doméstico ese episodio bíblico, Ayala ensayaba, un año después del tercer centenario de la muerte de Góngora, el embellecimiento de las cosas junto con el apego a las referencias y herencias culturales. A Susana bañándose en la calurosa Babilonia del destierro hebreo la contemplaron dos viejos rijosos que, además de ser impuros, mienten y acusan a la joven esposa de un poderoso y acaudalado ciudadano, Joaquín. Es decir: por un lado, el escritor embellece la decoración de un cuarto de baño en los años veinte españoles, un aseo de aire burgués, lujoso, y esa muchacha podría ser una flapper a la española. Por otro, el escritor rejuvenece el pasaje resuelto en el Libro de Daniel. Añadía Ayala una alusión a la decapitación de san Juan Bautista, mencionaba los mitos del nacimiento de Venus (de Afrodita) o la cabeza decapitad de la Medusa.

Incluso, Ayala sugiere la modernización deportiva de la vida (para los más pudientes) a finales de los años veinte españoles. Y el deseo del tiempo elástico, entre reblandecido y onírico, antes que en la pintura de Dalí.

La magnificación de la realidad a base de metáforas hilvana el texto: cómo escapa el agua por el sumidero de la bañera, por ejemplo; los grifos, como lo sabe cualquier diccionario competente, son además aves mitológicas; la cabeza resulta «trágica» porque parece cortada por el agua, o el hombro que sobresale evoca a una isla, los senos forman «dos hemisferios temblorosos con agua y carmín»), la bañera es una evidente «concavidad de porcelana», el «flexible tablero de corcho» parece la esterilla o incluso el revestimiento del suelo, cuando la corteza de alcornoque tratada se consideraba una opción más exclusiva, cálida y de diseño vanguardista para la época.

El autor juega a la vez a consignar un prosaísmo bastante sutil y convierte al espejo, al taburete y al lavabo en los dos viejos mirones de las páginas del Antiguo Testamento.  O el jabón distinguido, que solía ser entonces oscuro, casi ébano.

Desde luego, cumbres de don Francisco Ayala, Premio Cervantes 1991, seguirán siendo su novela Muertes de perro (1958) —no solo retrato de la dictadura y la corrupción sino de la naturaleza humana en medio de los demás—, la narrativa breve con ecos de la Guerra de 1936 reunida en La cabeza del cordero (1949), los relatos de corte histórico que forman Los usurpadores (1949) o sus memorias, tituladas Recuerdos y olvidos (2006).

Pero queda en su obra y en la retentiva este cuento limpio. Como aquel corazón fuerte de Susana en la Biblia.

******

Susana saliendo del baño

Los dos grifos de níquel —raras aves, agarradas a la piel tersa de la bañera— miraban, pensativos, ya sin agua caliente y fría, el abandono dramático de su cabeza. Cabeza de algas verdirrojas que flotaban huyendo en la concavidad de porcelana.

El agua, ni caliente ni fría, cantaba en sus orejas, rosadas y tiernas caracolas, una canción de azogue. Temblaba en el baño para desviar sus formas; le multiplicaba cada perfil en líquidas ondulaciones, y cerraba su garganta con un hilo verde: la cabeza, muerta —¡muertos los ojos en un sueño marítimo!— sobre bandeja de cristal.

Un minuto, elástico e inminente.

Surgió un brazo, como una señal. Surcado de venas y chorreando. (Los cinco dedos, cinco raíces clavadas en la esponja). Se abrió la mano, y la esponja —estrella rubia— naufragó en una tibia aurora de carne y porcelana.

La mano adaptó su caricia húmeda a la curva del contorno. Nació en aquel mapa claro la isla de un hombro. Y el cuello, metálico. Sobre el pecho —hoja de mapamundi— dos hemisferios temblorosos con agua y carmín. El vientre en ángulo y las rodillas paralelas…

Susana, pisando el agua, saltó una pierna sobre el borde con gesto de ciclista, para poner su pie, azul y rosa, en flexible tablero de corcho, sin color ni temperatura.

Alta, quieta ya (mientras el agua, libre de la cadena, se precipita cantando su condenación por tubos de órgano), era admirada del espejo, confinado en su elipse de celuloide; del rizado lavabo en que se aburría un jabón negro, y del asiento redondo y vegetal.

Se cubrió de largos pliegues blancos. Arriba, la cabeza: mojada y trágica medusa. Abajo, los pies, apuntados triangularmente.

El espejo sonreía, como una ventana, sobre la mesa de cristal. ■

——————————

Publicado en Gallo. Revista de Granada, n.º 2, abril de 1928, y recogido después en El boxeador y un ángel (Madrid, Cuadernos Literarios, 1929).

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios