“Todos los pensamientos verdaderamente grandes se conciben al caminar”.
(Nietzsche)
Nuestra vida es un camino de lecturas que se bifurca en distintos recodos por donde pasamos: una ciudad, un pueblo, una comarca, una montaña a la que subimos con dificultad… Si supiéramos a qué cimas arribamos con las palabras nos apresuraríamos para llegar. Quizás Homero trazaría otra Odisea, libre de lotófagos, para no olvidar la Ítaca de los libros. Cervantes, en voz de Don Quijote diría: “Sancho, los perros ladran, es señal de que leemos”. Lope de Vega nos recordaría que leamos todos a una, como en Fuenteovejuna. Y Quevedo sería un hombre a un libro pegado. Machado recitaría: “Caminante, no hay camino sin libro, camino se hace al leer”. Julio Verne no haría un Viaje al centro de la Tierra, sino al centro del libro. Francisco Umbral habría escrito La forja de un lector en lugar de La forja de un ladrón, mientras su amigo Camilo José Cela habría realizado un Viaje a la Alcarria de los libros. Gabriel García Márquez confirmaría que si leemos no sentiremos Cien años de soledad y Vargas Llosa apelaría a La llamada de la tribu de lectores. César Vallejo quizás dudaría: “¿Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra? Después de todo lo visto, afortunadamente, las palabras han sobrevivido a todos los caminos, como testimonio de los kilómetros del tiempo.
En El peregrino griego (Létrame, 2025) María del Pilar Couceiro traza el mejor itinerario por los caminos de la historia helénica y otros senderos propios, donde el pensamiento va de la mano con el arte y la literatura. Esa honda sabiduría creadora, en sí, representa la voz coral de todos los peregrinos de la palabra, una guía poética de los más insólitos y evocadores periplos. Como conocedora del itinerario de la memoria, ha sido inspirada por los dioses griegos, para alumbrar un libro que habla del camino que siguen los peregrinos de las palabras, desde la civilización griega hasta la actualidad. Palabras en ruta que, como el viento, pasaron raudas por solitarios parajes. Voces potentes que se han impregnado en las rocas, en las orillas de los ríos, en los troncos de los árboles, en la piel de los poetas, de los caminantes y de los lectores.
En sus poemas, los ojos escuchan, la boca talla la silueta de los caminantes. El eco grita el cansancio y el aliento de sus almas. Las pisadas escriben las huellas de un arquetipo de peregrino del pasado y del presente. El caminante siente y sigue las voces individuales o colectivas del sendero, al que no retorna jamás, como en los versos de El peregrino del siglo XXI:
Nunca regresa el tiempo de los héroes.
Nunca regresa el tiempo de las rosas…
Nunca regresa el tiempo de los Dioses.
En Odisea, el poeta peregrino entra en “un laberinto con muros de palabras en un idioma nuevo” y vuelve a preguntarse: “¿Nunca regresa el tiempo de los dioses?”. Los versos siguientes cantan la respuesta:
Dentro de tres mil vidas, nuestra imagen,
una estirpe de locos y poetas.
Alguna inteligencia sin rincones
recogerá los restos de nuestra débil insignificancia,
un punto de energía coincidente,
un resumen, un verso congelado,
un rayo láser escéptico, marcado por los dientes de una fábula
sumergida en la arcilla de palabras oscuras.
En el poema Safo, la voz creadora apela a “la excelsa, la de hermosas palabras, la vanguardia sonora”, cuyos cantos inspiradores “se entretejen más allá del tiempo”:
Míranos, poetisa,
acógenos benévola, desde nuestra bajura,
desde nuestra impotencia creadora,
déjanos intentar otros sonidos, al margen de la acústica
reinventar la cadencia de la frase con nuevas perspectivas
para dejar impresos en la historia
los ecos de otro canto diferente.
El penúltimo poema, Éxodo, es una invocación o una profecía de los sabios griegos que “adornaron de mitos la negrura del Tiempo”, sin temer “la brutal melodía de la última palabra”. No podía haber mejor cierre del libro que el soberbio poema Palabra:
La Palabra, ese mundo no dicho, que debiera decirse,
como agujero negro, con los bordes volcados a la Nada.
Parábola, verba, word, nunca el silencio.
Palabras que mendigan una mano para posarse, dóciles, seguras…
No hay Mundo sin Palabra, no hay Idea, no hay Dios:
in principio erat verbum,
Palabras que debieran, que debieron decirse,
Palabras enquistadas en el tiempo.
Una palabra basta.
La palabra sagrada.
Si para Nietzsche hay tres tipos de transformación espiritual en el ser humano: camello, león y niño, quizás cada lectura es un peregrinaje de transmutación o el eterno retorno a uno mismo, para ser conscientes de nuestra finitud, como los libros. En realidad, somos peregrinos de los libros, transitamos por nuevas o viejas rutas de palabras y por disímiles universos, cercanos y lejanos. Caminos amplios de pensamientos profundos y auténticos. Desfiladeros angostos, como las gargantas escarpadas de ecos, por los que discurrimos en calma. Ríos de ideas refrescantes que nos humedecen los ojos, provocan latidos acelerados de inquietudes y preguntas. Atajos que nos liberan de las tensiones y nos alejan del bullicio de la mente y del entorno. Amigos, con quienes peregrinamos y dialogamos por la vida. Los libros son mundos de infinitas bifurcaciones y laberintos sin retorno, pero una palabra suya bastará para salvarnos.




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