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Incontrolable: El afectado de Tourette que descubre una sociedad enferma

Incontrolable: El afectado de Tourette que descubre una sociedad enferma

El pasado mes de marzo, los actores afroamericanos Michael B. Jordan y Delroy Lindo salieron al escenario de los Bafta, o los Oscar británicos, para entregar el consiguiente premio. No contaban, o quizá sí pero les dio igual, con el improperio emitido por John Richardson, enfermo de Tourette, cuya vida refleja la película que llega a las carteleras españolas, Incontrolable (I Swear), y que estaba presente en el público.

"Richardson fue humillado por los artistas que le invitaron a su gala por una película que versa sobre cómo la sociedad tardó en comprender su condición"

Lo que siguió los siguientes minutos, horas y días, con la comunidad de artistas de color (y el resto también, por omisión) burlándose de un hombre blanco incapaz de controlar esos arrebatos, no dio la suficiente vergüenza ajena como para recibir, esta vez sí, censura o reprobación alguna. Richardson fue humillado por los artistas que le invitaron a su gala por una película que versa sobre cómo la sociedad tardó en comprender su condición. Y mientras el enfermo de Tourette, una minoría en sí misma, tuvo que pedir perdón en plena humillación pública de otra minoría racial, Jordan y Lindo coleccionaban premios (por su excelente Sinners) y entonaban el clásico y victimista alegato social de la temporada.

Si algo demostró el suceso, en todo caso, es que ninguno de los nominados había visto otra película que la suya propia. Incontrolable, que por cierto dio la sorpresa con el premio al mejor actor para Robert Aramayo (todo parecía escrito para que fuera para Thimotée Chalamet por Marty Supreme, dando comienzo a la senda de mala suerte que culminó en su no-Oscar), va precisamente sobre eso. Y si de algo peca la majísima película de Kirk Jones es de eso, de ser un poco doctrinaria en su naturaleza de manual de una condición, que no una minusvalía.

"El relato biográfico de Richardson, menospreciado por su familia y entorno por una enfermedad desconocida, hace gala del típico equilibrio de las producciones británicas"

En todo lo demás, el relato biográfico de Richardson, menospreciado por su familia y entorno por una enfermedad desconocida, hace gala del típico equilibrio de las producciones británicas. Al tiempo que evita, casi siempre, la tentación de hacer comedia con una —por ejemplo— reflexión sobre los límites del humor con los tics del personaje, su tono equilibrado y académico, pero realista, no minimiza el estrés del protagonista encarnado por un excelente actor de raíces vascas, Robert Aramayo, sin tampoco buscar desesperadamente el lagrimal del espectador. La vida ya era dura antes, parece querer contextualizar.

Si acaso, lo que hace Incontrolable, sin tampoco salirse de la senda del dramedy británico de Full Monty, Yo quiero ser como Beckham o incluso la televisiva The Office, es poner en el tapete, sin política o ideología, la hipocresía de esa falsa pulcritud británica, que la película representa en esos bucólicos pero de alguna manera hostiles paisajes campestres de Escocia. Que ésta comience a ritmo del “Blue Monday” de New Order debería ser entonces testimonio de esa intransigencia disfrazada de normalidad que Richardson, a su manera, socava involuntariamente, dejando expuesta su frustración previa. El film va rápido pero a la vez tranquilo, seguro de no atascarse, y según descubre entrañables figuras sustitutas paternas y maternas para su trabajador protagonista mantiene entretenido a todo hijo de vecino.

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