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Dos mitades

El narrador de La frontera encantada es un niño de clase humilde en la costa caribeña de Barranquilla que llega a ser años después, a través del viaje que se cuenta en el libro, un adulto homosexual y cosmopolita. Puede tratarse de Giuseppe Caputo, el autor, que comparte con él los grandes detalles biográficos. O puede tratarse simplemente de un personaje inventado. El libro es extraordinario en cualquiera de los casos, pero el dato no es irrelevante, porque, en contra de lo que se suele señalar, los libros memorialísticos establecen un pacto distinto con el lector. Yo he leído La frontera encantada como un libro autobiográfico, íntimo, doloroso, y me ha sobrecogido.

En la presentación del libro en Madrid, el escritor Carlos Pardo mencionó su cercanía a Regreso a Reims, un texto —lo reseñé en este mismo espacio— en el que su autor, Didier Eribon, recuerda los dos grandes abismos de su juventud: el desclasamiento social y el descubrimiento de su homosexualidad. La comparación no puede ser más afortunada y precisa, porque en el libro de Caputo se producen exactamente esos dos mismos abismos.

"El protagonista es diferente y los demás le reconocen como tal y le humillan. Es el maricón, insulto que luego él se apropiará orgullosamente"

El niño protagonista pertenece a una familia humilde y trabajadora, pero comparte colegio y ambientes con personas de una clase social acomodada. Su progreso viene del estudio y el esfuerzo. Sus compañeros no le aprecian por su linaje ni por su belleza, sino porque es el alumno más aventajado de la clase y puede ayudarles a aprobar las asignaturas. Esa soledad existencial del protagonista, que quiere ser un niño normal y no sabe cómo hacerlo, que quiere afecto sincero y no lo logra, lleva La frontera encantada a unos hallazgos literarios sobresalientes.

El descubrimiento de la sexualidad es la otra brecha fundamental. El protagonista es diferente y los demás le reconocen como tal y le humillan. Es el maricón, insulto que luego él se apropiará orgullosamente. Y ese proceso atraviesa por una serie de fases que Caputo nombra con un ingenio chispeante y que merecen ser reproducidas: “Desde el momento en que los amigos comenzaron a toquetearse, me pregunté en qué edad estaban viviendo ellos y, de paso, dada nuestra proximidad, en qué edad me estaban haciendo vivir a mí. Si en la Edad del Estigma —te estoy tocando para burlarme de quienes verdaderamente se tocan así—. Si en la Edad de la Vergüenza y del Remilgo —quiero tocarte en serio, pero sólo me atrevo a tocarte en juego—. O si en la Edad de la Estrategia —nos estamos tocando porque nos queremos tocar, pero, para guardarnos de una violencia factible, hacemos como si no estuviéramos tocándonos en serio—. Son edades —tiempos históricos y estados psíquicos— que componen el período que yo llamo La Gran Represión. Y bueno, la cosa es que, fuera la edad que fuera, ambos crearon una distancia —el mayor abismo— entre su actuación y la edad, cualquier edad, en la que dos maricas llegan a un café queriéndose o morboseándose con transparencia. Me refiero, por ejemplo, a la Edad de la Acción Espontánea —quiero tocarte y voy a tocarte ahora—. A la Edad del Eslogan Mercantil —Love is love, mira mi camiseta—. A la Edad del Orgullo Combativo —nos tocamos a pesar de un peligro—. O a la Edad Tranquila —nos estamos tocando ahora: no va a pasarnos nada—.” Un proceso que cualquier persona LGTBIQ+ puede reconocer a la perfección, incluso aquellos que desde muy pronto entraron en edades tardías.

De ese proceso de crecimiento social y sexual nace la máscara: “La máscara es la máscara porque vela, oculta. Y así, cuando está puesta, el complejo de inferior cubre la conciencia política, a veces momentáneamente, pero a veces, también, de forma prolongada, años o décadas. A pesar de ello, la conciencia política está ahí, justo detrás del complejo —justo detrás de la máscara—. La cara es la conciencia política; la máscara, el complejo de inferior.”

"La frontera encantada emprende un recorrido erótico desacomplejado que hará la delicia de muchos lectores, homosexuales o no"

Es decir, La frontera encantada es un libro político porque cuenta cómo alguien que ha necesitado la máscara para sobrevivir acaba quitándosela y mostrando por fin su propio rostro. Un libro que habla descarnadamente de la rebelión del humillado: “Yo sentí por mucho tiempo —años— que no era posible no estar humillado.” Y hay una idea —el libro está lleno de ellas, de chispazos vitales— muy poderosa que entronca con esto: “Me parece que por andar mirando la herida dejamos de mirar el futuro.” Es decir: el recuerdo constante de la humillación pasada nos mantiene todavía humillados, encadenados a esa debilidad. Por lo tanto, hay que romperlo cuanto antes, hay de disolverlo. Ocupar el futuro y abandonar la queja del pasado y de la herida.

En este sentido, La frontera encantada emprende un recorrido erótico desacomplejado que hará la delicia de muchos lectores, homosexuales o no. Caputo habla del sexo con una crudeza y un sentido de humor —a veces invisible, pero siempre presente— deslumbrantes. La escena de su reencuentro con un compañero de colegio al que no reconoce, la cita con el sádico dominante que le monta en un coche y se mete entre los maizales a toda velocidad o el desvirgamiento anal del protagonista son episodios memorables que no se limitan —aunque lo consiguen— a excitar al lector, sino que se hunden de bruces en el juego lingüístico, en la reformulación de códigos eróticos y, por supuesto, en la reivindicación abierta de lo que podríamos llamar “mariconismo” o “mariconería”. Caputo convierte a la loca humillada en una loca orgullosa.

"No hay una cronología recta y no hay un tono estable, el libro oscila entre lo melancólico, lo político, lo poético y lo pornográfico sin encomendarse ni a dios ni al diablo"

Y acabo por donde el libro empieza, por las dos mitades. “La vieja”, que es el nombre que recibe la abuela materna del protagonista, siempre con ínfulas y con pretensiones de superioridad, le dice al niño que su cara tiene dos mitades: una mitad patricia, noble, distinguida, y otra mitad desabrida, popular, sin gracia. Dos mundos en su propio rostro, del que el niño hace un dibujo demediado. La historia de su vida será el intento de esconder la mitad proletaria y heterodoxa para lucir la mitad luminosa y triunfadora. Pero a veces las cosas no salen como se espera, y lo que Caputo descubre enseguida es que resulta difícil decidir cuál es la mitad que más se corresponde con eso que podríamos llamar su alma. De qué mitad tendrá que quitarse la máscara.

Todos hemos hecho ese ejercicio en nuestra adolescencia o en nuestra juventud, con mitades o sin ellas: quitarnos las máscaras sucesivas para encontrar por fin nuestro rostro verdadero. Dejar de fingir, en suma; o fingir ya con nuestra piel verdadera.

Hago una última coda para explicar que La frontera encantada tiene una estructura narrativa libérrima, que quizá desconcertará a los lectores muy cartesianos. No hay una cronología recta y no hay un tono estable, el libro oscila entre lo melancólico, lo político, lo poético y lo pornográfico sin encomendarse ni a dios ni al diablo (aunque un poco más al diablo).

Cuando se dice de un libro que es pura literatura y de un autor que está en estado de gracia, resulta difícil resistirse a leerlo. Sobre todo si el hipotético lector ha estado alguna vez entre dos mundos, en ese alambre que la vida pone bajo nuestros pies para que atravesemos los espacios haciendo equilibrios imposibles, como Caputo.

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Autor: Giuseppe Caputo. Título: La frontera encantada. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

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