Foto de portada: Carles Esquembre, Julián y Miguel Casanova ©Guillermo Mestre
Condensar la Guerra Civil en sólo ciento cincuenta y ocho páginas usando dibujos y bocadillos de texto puede parecer una quimera, pero Julián y Miguel Casanova y Carles Esquembre lo han conseguido. El resultado de esta colaboración, España partida en dos (Crítica, Planeta Cómic), es una obra maestra que perdurará en el tiempo. Los mimbres eran extraordinarios —el libro homónimo de Julián publicado en 2012— pero el guión de su hijo Miguel y las ilustraciones de Carles han conseguido que las líneas de texto se conviertan en imágenes rotundas, en metáforas icónicas.
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—No es casual que el libro comience con un tenebroso Alfonso XIII a página completa.
—(Miguel) Había varios temas cuando empezamos con el libro: para Julián era muy importante mostrar las raíces del conflicto y ver cómo hacerlo en imágenes; con Carles teníamos claro que los trazos y dibujos de la República iban a empezar siendo más claros hasta convertirse en algo más oscuro; y por último estaba la importancia de los personajes para un guionista. Arrancar casi como si fuera un periódico con ese retrato de Alfonso XIII y ese texto —”Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor del pueblo”— era una declaración de intenciones. Al inicio ya hay un personaje dirigiéndose al lector, rompiendo la cuarta pared; esto es algo que se va a repetir durante todo el cómic. Esta fue una manera de descubrir por mi parte cuál iba a ser el tono.
—(Julián) El libro original, A Short History of the Spanish Civil War, me lo encargó una editorial inglesa en 2012. Un año más tarde lo publicó Crítica como España partida en dos, y luego también en árabe y en turco. En 2019, cuando se produjo la exhumación de Franco, les propuse hacer un prólogo nuevo que explicase no sólo ese proceso —con esos helicópteros en el valle de los Caídos, como ha reflejado ahora Miguel—, sino lo difícil que ha sido para España confrontar ese pasado. Intentaba explicárselo a un público internacional y también a uno nacional que no sabe demasiado sobre estos temas. ¿Y por qué Alfonso XIII al principio? Porque el punto de ruptura de la historia de España se produce con la caída de la monarquía. Esta es una quiebra por la que pasaron muchas naciones después de la Primera Guerra Mundial, pero no ocurrió en España porque no participó en ese conflicto. Después del crac del 29, el país quedó en una situación muy complicada. Luego comienza la interpelación entre esos personajes de la República, como Alcalá Zamora, que venía de la monarquía, y Azaña.
—Después del fin de la monarquía ponéis en contexto la Segunda República, un periodo muy citado pero no tan conocido.
—(Julián) El prólogo del libro original es un planteamiento historiográfico comparado, para ver de dónde venía todo. La República abrió unas grietas profundas que afectaron al Estado, a la iglesia, al ejército… El golpe de Estado no está causado por un malestar. Había fenómenos estructurales no resueltos. Esos grandes temas los han respetado a la hora de hacer el cómic. Ahí se ve que la sublevación no es una rabieta. Cuando las armas sustituyen a la política aparece la violencia por todas esas partes. Esos conflictos son el eje de la violencia, que se va a internacionalizar. Después de lo que ha pasado en Rusia y, sobre todo, en Alemania una guerra civil es imposible que sea sólo civil. El tema era ver cómo Miguel y Carles respetaban la profundidad del texto, pero imaginando cosas de una forma que yo nunca hubiese hecho.
—En el libro de Julián hay una máxima: la búsqueda de la ecuanimidad. Pongo un ejemplo: es habitual leer que los militares dieron un golpe de estado, pero en realidad, como explicáis, de los dieciocho generales con poder de intervención sólo se sublevaron cuatro. Y algunos dieron su vida por ser fieles a la República, como Núñez de Prado y Campins. ¿Ha sido complicado, Miguel, mantener ese concepto en el cómic?
—(Miguel) Fue más difícil pensar el concepto para el estilo en general. Una vez que vimos que podíamos jugar con las metáforas visuales, te puedes permitir escenas como ésta que mencionas, en la que unas manos, con una cosa tan española como una baraja —con el rey de copas, la sota de bastos y el rey de espadas—, te explican cómo se inició la Guerra Civil. Hay líneas del libro de Julián que te ayudan a comprender cosas que yo antes no me había planteado, como el concepto de que no fue el ejército en bloque el que dio el golpe de Estado. El cómic te permite explicar situaciones como estas con unas cartas españolas y colocar en cada viñeta a un personaje: Queipo de Llano, Goded, Cabanellas y Franco.
—(Julián) Había dos mitos. El primero muestra que el ejército se había sublevado en bloque, cuando en realidad son los primeros en caer; eso es algo que sabíamos desde Melilla. El segundo es el del pueblo en armas. El caso es el mismo: si hubieran estado todos los militares de acuerdo no hubiera habido guerra, sino un golpe de estado triunfante; si no hubiera habido división en las fuerzas armadas las huelgas y los ataques de la CNT hubieran durado cinco minutos. En Zaragoza y Sevilla el golpe triunfó a pesar de ser ciudades con mucha presencia anarquista, y sin embargo en Barcelona no lo hace. La respuesta está en esa división de las fuerzas armadas. Por un lado tienes que matar a los tuyos que no quieren el golpe, y por otro no hubo una revolución de gente con armas. Esa es la forma en la que se dividió España. Un país partido en dos, en función de si triunfa o fracasa la sublevación. En las dos partes había oligarquía y obrero, clero y anticlericalismo, gente afín a la República y otros que se habían pasado al fascismo… Y todo eso es lo que van dibujando Carles y Miguel a través de los personajes. Lo de Campins es un caso muy claro: un amigo de Franco al que Queipo no perdona, y luego pasa al revés con Batet.
—Vamos con el anticlericalismo. Le dedicáis unas cuantas páginas a los siete mil religiosos asesinados. En mi opinión, ese es el mejor capítulo del libro.
—(Miguel) Es algo que nos está comentando todo el mundo. Es muy chulo cuando quince o veinte personas coinciden que esto es lo mejor del libro. Este era el capítulo que más nos gustó. Fue el último que Carles dibujó; en mi caso, respeté el orden cronológico a la hora del guión. Le comenté que lo dejará el último porque era un capítulo muy especial, con el cual se podía jugar con muchas cosas. En cada capítulo, mi reto era encontrar el hilo conductor visual que le iba a proponer a Carles. Al trabajar el episodio de la República en guerra, te das cuenta de que Julián menciona mucho a los anarquistas y la ciudad de Barcelona; entonces comprendes que la acción de esas páginas tiene que transcurrir en esa ciudad en su totalidad. Con “Guerra santa y odio anticlerical” se nos encendió la bombilla y decidimos que todo pasara en una misa. No en una catedral o en la basílica del Pilar, sino en una iglesia pequeña de pueblo, donde todo el mundo se conoce. Esto nos permitía entrar y salir de esa iglesia generando paralelismos. En este capítulo no utilizamos los textos de Julián para los bocadillos, sino que usamos los de un ordinario de la misa. Y a raíz de esas líneas, con imágenes, íbamos complementando lo que se contaba en el libro. Yo no sabía cómo meter toda la parte anticlerical, más allá del sermón del cura. Julián nos pidió hacer algo con esas líneas en las que se ve de qué forma esto a día de hoy se recuerda; la ultraderecha usa esos siete mil muertos para justificar todo lo demás. El reto era cómo hacer un cómic histórico para hablar del presente. De ahí salió esa idea de escribir una secuencia de tres páginas con ese miliciano que está quemando santos en la hoguera del pueblo, y en la que aparece esa chica que le recrimina: “Nadie se acordará de nosotras, nadie se acordará de mí, ni de que asesinaron a don Ramiro por enseñar historia, ni del luto que mi madre llevará toda su vida si sobrevive. Sólo de las placas que alabarán a los «caídos por Dios» que vosotros matasteis”. Esa fue la forma de llegar al presente: una mujer hablándole al futuro. Estamos muy orgullosos de ese capítulo. Carles hizo un gran trabajo con el dibujo.
—Esa última página con la cruz ardiendo.
—(Julián) Es que esa hoguera te lleva al Ku Klux Klan. Y ahí algo que yo apunté hace tiempo: cuando hice la tesis sobre la Guerra Civil —la leí en 1983—, me di cuenta de que había algo más raro en que se matara a un cura que a un propietario de tierras; era extraño que el revolucionario fuera antes a por el sacerdote, que a lo mejor lleva sólo cuatro meses en el pueblo, que al cacique de toda la vida. Eso me llamó la atención, y a partir de ahí inicié una investigación antropológica. Yo venía de un pueblo de esos. Quería saber qué ocurría cuando la campana se fundía, qué pasaba cuando se quemaban los santos, cómo reaccionaba la gente. En esas entrevistas que hice descubrí una fascinación por el fuego. Algunos participaron activamente, pero la mayoría lo hizo pasivamente. Entre ese público había muchas mujeres, que no fueron protagonistas, sólo miraban. Esa investigación es posible cuando haces una introspección. La historia depende de las preguntas que tú haces. Brenan, que es padre de todos los hispanistas, fue el que creó ese concepto de que el anarquismo era una religiosidad al revés. En una sociedad donde todo era católico, donde no había habido protestantismo, la única manera de disentir era esa contrarreligiosidad. El anticlericalismo no es un “anti”, sino una contradicción que tienen los krausistas, los socialistas, los comunistas… Todo esto yo lo puedo escribir en treinta páginas; ellos en ocho han hecho una maravilla.
—Aparte de reflejar los aspectos sociales y políticos, también desgranáis los hechos claves a nivel militar, como esa misión aerotransportada que llevó al ejército africano a la península. De ella también escribió Julián en la biografía de Franco.
—(Julián) Y está también en la película de Amenábar. Miguel estaba en la productora, y yo como asesor histórico de Mientras dure la guerra (2019). Esa fue la primera vez que se vio esa operación en el cine. En Franco (Crítica, 2025) el tema fundamental —que Preston también había señalado— era que ese militar consigue en octubre ser generalísimo porque consigue el paso de las tropas de África a la península. Esa operación fue una idea suya con esa carta a Hitler. Y luego Mussolini decidió que toda la ayuda que iban a enviar pasaría por Franco. Si lo hubieran hecho a través de Mola, la historia sería otra. El cómic sólo tiene ciento sesenta páginas, pero tiene una síntesis de lo básico de la Guerra Civil para aquel que no quiera leer un libro más amplio.
—Miguel, ¿qué condiciones o limitaciones os puso Julián a Carles y a ti a la hora de hacer la adaptación de tu libro? ¿Hubo alguna línea roja?
—(Miguel) No había líneas rojas, pero sí unas cuantas cosas que están muy claras. Hay una frase que dice siempre Julián para explicar la importancia de sus libros: “En Malditos bastardos, Tarantino puede matar a Hitler porque es ficción, pero yo no puedo hacerlo”. Aunque el cómic iba a tener una parte de ficción, lo que no podíamos hacer nosotros era cambiar la historia. Debíamos ser fieles a su ensayo y a la historia. La única licencia que nos podíamos permitir era rellenar todo aquello que no se sabe: Mola y Franco se reunieron para hablar a tal fecha y a tal hora, no se sabe de qué hablaron, pero sí las decisiones que tomaron; yo podía ficcionar ese diálogo porque sabía hasta el punto que llegaron. Por otro lado —esto fue una cosa mía—, le enviaba a Julián el guión de cada capítulo, dividido en planos, y le preguntaba si estaba lo básico de su libro. Y trabajamos bajo esa premisa. Incluso hubo ocasiones en las que animó a reducir en algunos capítulos para aprovechar en otros.
—(Julián) La decisión de invitar a Miguel al proyecto fue de Planeta cómic. En España no es muy habitual hacer este tipo de adaptaciones. Yo había visto algunos libros convertidos en novelas gráficas, y me parecían siempre resúmenes de texto con unos dibujillos para acompañar. (Risas) Enseguida comprendí que Miguel tenía en mente otra cosa. Con otra persona me hubiera distanciado mucho más. Mi compromiso era con que se mostraran varias cosas básicas. Volviendo al anticlericalismo, mientras que la carta pastoral de los obispos contaba cómo se estaban cargando a los curas, se silenciaba la complicidad con Franco en los asesinatos. Lo primero dio la vuelta al mundo porque era la quiebra de la civilización cristiana. Esto era un elemento clave, pero pensado para los extranjeros. Un sector de la izquierda no se planteaba que el anticlericalismo era un elemento fundamental para explicar la Guerra Civil. La fotografía más cruel de la Guerra Civil se puede comparar con alguna de Polonia, Hungría o Rusia, pero la del anticlericalismo sólo en España o en el México de la Revolución.
—Esta novela gráfica está llena de momentos geniales, como el comienzo del capítulo sexto, en el que Franco nos cuenta su biografía. Mi viñeta favorita es la primera de esa página, en la que Franco, ya anciano, rompe la cuarta pared y nos pide silencio con un gesto y nos dice: “Ssshhh… Silencio, está naciendo un niño”. Ese niño es él.
—(Miguel) Tenía muchas ganas de escribir el capítulo de Franco. Para un guionista siempre es más fácil un personaje que no sólo hechos y fechas. En este caso se trataba de una biografía condensada. Esa figura ególatra de Franco me inspiró para que él hablara de sí mismo en primera persona. El mejor consejo de guión que me han dado nunca es “darle a los personajes la voz de otra persona, aunque no se parezcan en nada”. Recordé a un monitor, en una excursión del colegio, que hablaba de sí mismo en tercera persona: “Tenéis que escuchar siempre lo que dice Toni”. Toni era él, y a mí eso se hacía muy raro. (Risas) Entonces pensé la posibilidad de que Franco hablara como Toni. Y me pareció que el Franco que debía contar su historia era el señor mayor con gafas negras y papada, como si fuera el Ebenezer Scrooge de Cuento de Navidad. Mi trabajo es muy fácil comparado con el de Carles: yo escribo “Franco mayor llega a la escena donde Franco mediano está hablando con el cura, se mete dentro del cura y ambos se fusionan” y me quedo más ancho que largo. Cuando me envió la página y vi lo que había hecho, a partir de ese momento, todo muy fácil.
—Muchos jóvenes reciben mensajes sesgados, cuando no falsos, sobre la Guerra Civil en las redes sociales. Contenido que se viraliza. Pero también se puede hacer una novela gráfica amena con píldoras breves que compitan con TikTok.
—(Julián) Totalmente. Es que ese es mi argumento desde hace mucho tiempo. Este mes estaré en varios centros de secundaria. Esto es algo que haces con la fe inquebrantable en que la educación tiene que tener detrás gente con autoridad investigadora para propagar y difundir. Me encuentro gente en las redes sociales que habla de adoctrinar; a ésos no los contesto nunca. Te causa desazón que haya gente que piense que tengo necesidad de ir gratis, incluso pagándome la gasolina, para adoctrinar a la juventud. Estamos en varios debates. Uno de ellos es hasta qué punto respetamos el conocimiento, que vean cómo trabaja el historiador y entiendan la ética del trabajo que inculco siempre. Mis padres no pudieron hacer bachillerato pero mis hermanos y yo hicimos carreras superiores porque había una ética de trabajo detrás. Una cosa es la cualificación, que está muy bien tenerla, y otra es el valor de la educación. Con la Guerra Civil yo no opino, tenemos muchos debates porque en eso consiste la pluralidad. Si todos pensamos de la misma forma sólo hay ortodoxias; eso es lo que ocurre en las dictaduras o las religiones. Toda esta diversidad parte de una base: sin archivos no hay historia, sin erudición no hay historia. Hace cuarenta años el profesor sólo tenía la contrarréplica cuando el alumno llegaba y contaba lo que le habían dicho en casa. Ahora no, actualmente es el TikTok, y otras influencias externas, el que desprecia el conocimiento que les están dando. Hay un sustrato de mucha gente que no respeta absolutamente nada. El problema se agrava cuando deciden que van a estudiar ciencias. Pero esto que estoy contando sirve para Einstein, para Oppenheimer o para cualquier historiador. Ese desprecio por el conocimiento se vio en la pandemia con el tema de las vacunas. Trabajar con fundamento la historia es algo muy diferente a la opinión, sea de un familiar o de un influencer.
—¿Va a haber más colaboraciones juntos?
—(Julián) Creo que sí, ¿no? (Risas)
—(Miguel) Hay una propuesta firme para seguir colaborando. Sentimos que España partida en dos ha sido un proyecto que nos tiene que servir para coger carrerilla.
—(Julián) Miguel, que venía del guión cinematográfico, ha descubierto un nuevo campo de creación. Y todo esto funciona muy bien con los lectores. Las ventas las tengo consolidadas desde hace tiempo, pero estamos viendo un sustrato con el cómic. En cuanto vimos el resultado, nos dimos cuenta de que esto era algo diferente.







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