Las paredes, para ser eternas, necesitan de la palabra y la vigilia; también de las costosas proyecciones que vivifican la memoria frente a la dictadura de lo blanco. Paredes, puertas y alojamientos esquinados, en los que la humedad puede deberse a una lágrima o a una muesca de placer; techos donde la luz se fracciona cada noche con fuertes modales de fragancia. Decir hogar es desmentir los principios de la arquitectura vacía, que se autoexime del tiempo y de lo innecesario, porque, como ser vivo que es, necesita de lo cotidiano y de las vaguedades que lo nutren para poder sobrevivir. Lo mismo podríamos decir de los lugares comunes —bares, librerías y demás concesionarios— que lo permean con flujos y contextos y refuerzan el sentido de pertenencia. Pertenecemos a un hogar en la medida en que le cedemos nuestro derecho a supurar. Y supurar equivale a que este, el hogar, aspire a reciclarse con propósito de espejo y permita que de sus paredes caiga una cortina melosa, parecida a una segunda piel, que nos interrogue frente al desencanto. Al otro lado del hogar, como una homonimia a la que hubiésemos desollado con frialdad y un falso equilibrio, reside la vivienda. Sobre ella se han construido discursos y teorías que abordan su dimensión estructural y las consecuencias de una gestión política ineficaz. La vivienda es, pues, un concepto que se extiende en el debate público con la limpidez de una formulación cuyo único propósito es dividir el espacio y rediseñar la verticalidad de las ciudades; paisaje este cuya anatomía impersonal es igual de violenta que la expulsión de quienes lo habitan. Es esa distinción entre el habitáculo y la carne, es decir, entre la vivienda y el hogar, lo que hace de Un metro cuadrado (Libros del Asteroide y ganadora del V Premio de no ficción narrativa) una obra extraordinaria.
Un proyecto de estas características solo puede articularse hibridando el ensayo, la autobiografía y la crónica del modo en que lo hace Llucia Ramis: con flexibilidad y cercanía, con el dramatismo tranquilo que acompaña a ciertas confesiones y con el profundo respeto que merece la memoria personal. Solo así, un drama como el de la vivienda deja de ser un asunto atravesado por la abstracción y las cifras para convertirse en un relato común. En el yo de la obra se estrechan los muchos matices de una tragedia que amenaza con ser estructural.
En esa suerte de endemia, en la que algo tan primario como estar en un lugar se somete a las tensiones de la temporalidad, del beneficio fácil y de la carestía, aflora una inercia de huida. La línea cronológica que vertebra la vida habitacional de Llucia Ramis, y que le sirve para estructurar la obra de manera lineal, pero también inflexiva, es el mejor ejemplo de que la añoranza se resume en los espacios aún sin construir.
«¿Qué queda de nosotros —dice Ramis— en las ciudades, en los lugares, en las casas donde vivimos? Nos marcan, determinan nuestra vida, son más que paisaje. No lo son todo. Cuando un volcán arrasa urbanizaciones enteras, o cuando un edificio se derrumba, o hay un incendio o una actuación criminal, eso es lo que se dice: “lo han perdido todo”. También cuando te desahucian. El desahucio silencioso es aquel que sucede cuando no te renuevan el contrato de alquiler o te suben tanto el precio que no puedes asumirlo. Pierdes todo, pero no lo parece porque no hay catástrofe».
No caben recetas contra la complejidad de un fenómeno que ha dibujado la geografía de las ciudades, a golpe de exclusividad, sino el testimonio de quien, como Ramis, se esfuerza por seguir buscando ese lugar entre construcciones cuya anatomía es igual de efímera que la sensación de seguridad de quien las habita. Y estas, las construcciones convertidas en tránsito, constituyen la verdadera sintaxis narrativa de Un metro cuadrado. La ordenación de las diferentes viviendas en las que residió la autora mallorquina desde que salió de su ciudad natal es mucho más que un anecdotario. Su cronología de búsquedas, mudanzas y procesos de apropiación emocional conforma un relato alejado de los grandes acontecimientos, pero próximo a los espacios y circunstancias que facilitaron su peregrinaje y que lo dificultaron con obstáculos, preguntas, incompletitudes y culpabilidad. Este es el gran eje vertebrador del relato: la culpabilidad, que es generacional, de quien se ha visto abocado al enfrentamiento con un sistema mastodóntico y arbitrario, cuyas reglas alrededor de la precariedad y el trabajo barato, que se multiplica y consume al mismo tiempo, se perfeccionan a pesar del debate público y de las pocas medidas estériles que pretenden reconducirlo.
Porque, aunque ese sistema, alimentado con especulación y paisajes urbanos faraónicos, no permita “ser” y menos aún “permanecer” en un espacio que podríamos concebir como propio, siempre persiste esa duda que no deja de arrojarse sobre nuestras capacidades, sobre nuestra lealtad al sacrificio de quienes nos precedieron y sobre nuestra resiliencia ante las graves mutaciones de un contexto que se expande y endurece sus fronteras, para el que no caben respuestas lejos del rupturismo y la insubordinación.
«Habíamos viajado por medio mundo, hablábamos varios idiomas, teníamos estudios, cultura y currículum. Pero nuestra situación laboral era tan inestable como la sentimental y, por supuesto, la habitacional. Generación Ikea, nos llamó alguien. Móntatelo tú mismo, enorgullécete, aunque cojees. Nos sentíamos becarios crónicos. Nadie nos tomaba en serio, lo cual se reflejaba en los sueldos y en la falta de confianza que despertábamos a la hora de alquilar un piso; provocábamos el mismo recelo que cuando éramos universitarios. Notábamos la fragilidad de nuestra situación, tan alejada de la estabilidad que anhelábamos. Y cuando se suponía que íbamos a incorporarnos a la vida adulta, la de las responsabilidades y todo eso, llegó la crisis y el mundo se vino abajo».
Un metro cuadrado toma el relevo, en el terreno de la no ficción, de dos novelas anteriores, Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes 30 años y Todo lo que una tarde murió con las bicicletas; y demuestra una extraordinaria capacidad de Llucia Ramis para reformular su propia identidad a través de la experiencia generacional y familiar, y su dominio literario para acoplar el resultado de esa lectura, a veces dolorosa, al género de la crónica periodística, y a ese otro habitáculo, el confesional, que le permitió firmar Las posesiones, una obra mayúscula sobre las relaciones entre la familia, sus diferentes casas y los residuos afectivos que dinamitan su memoria y la expanden.
La prosa de Llucia Ramis está llena de firmeza, de limpieza sensorial y de recursos que permiten la evocación de un lugar colectivo que todo lector considerará como propio. Una prosa y un estilo que facilitan esa visión arquitectónica anunciada ya por Gaston Bachelard, en la que el diseño y el espacio dibujado en las alturas pesan menos que la vivencia convertida en raíz, y menos aún que la herida causada por una promesa que se agrieta con violencia en mitad de la pared y que, más allá de lo que significa perder una vivienda, fractura nuestra intimidad y la deja sin refugio.
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Autora: Llucia Ramis. Título: Un metro cuadrado. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.


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