El autor de Teníamos 15 años, Nando López, se ha consolidado desde hace años, por méritos propios, como uno de los cronistas más lúcidos y necesarios de la adolescencia contemporánea en nuestro país. Con esta obra, el autor no solo nos entrega una historia, sino que realiza un ejercicio de arqueología emocional, escarbando en los estratos de la memoria para entender quiénes fuimos y, sobre todo, quiénes son los jóvenes que habitan hoy nuestras aulas.
El protagonista regresa al instituto donde transcurrió su propia juventud, ahora convertido en profesor. Este retorno actúa como el detonante de una catarsis que se materializa visualmente a través del cómic del que él es autor. Mientras que el presente se narra con la pausa de la prosa, los recuerdos de aquellos quince años estallan en viñetas —realizadas por el ilustrador Nicolás Castell—, una elección estética que no es baladí ya que el lenguaje del noveno arte aporta un dinamismo y una crudeza que capturan a la perfección la fragmentación de la memoria y la intensidad de una edad en la que todo se vive a flor de piel.
El libro aborda con una honestidad descarnada la dificultad de crecer en una época —no tan lejana, pero sí distinta— marcada por una asfixiante orfandad de referentes homosexuales. López retrata con precisión ese limbo en el que muchos niños y niñas crecieron sin brújula, en una sociedad que se movía más cómodamente en el silencio o el chiste fácil antes que en la normalización de la diversidad sexual. Ser “diferente” en aquel entonces no era una bandera, sino un refugio construido a base de miedos y una gestión emocional precaria, donde el acoso escolar se aceptaba a menudo como un rito de paso inevitable y cruel.
Los personajes están trazados con una humanidad que desarma. El reencuentro del protagonista con su mejor amiga de la adolescencia sirve para cerrar heridas que quedaron mal curadas. Es en ese diálogo entre adultos donde comprendemos el peso del tiempo, donde se reflejan los traumas adolescentes que perviven en la edad adulta y a través del cual se busca curar las heridas.
Sin embargo, el contrapunto más fascinante lo ofrecen los alumnos actuales. A través de ellos, el autor lanza un mensaje de esperanza, aunque no exento de crítica. Estos jóvenes, aunque enfrentan problemas similares, poseen algo de lo que carecía la generación del narrador: herramientas. Tienen voz, tienen conceptos para definir lo que les pasa y, sobre todo, una capacidad de respuesta colectiva ante la injusticia que resulta inspiradora. Se conducen por la vida con más arrojo, cada cual a su ritmo, pero sin pausa, avanzando pese a los obstáculos. Que los sigue habiendo pese a todo.
Gráficamente, la obra es un acierto rotundo. El estilo de la ilustración no busca el preciosismo vacuo, sino la expresividad. Las viñetas realizadas por Castell consiguen transmitir la angustia de los pasillos del instituto, esa sensación de ser observado o, peor aún, de ser invisible. La paleta de colores y el trazo refuerzan esa atmósfera de nostalgia agridulce, convirtiendo el libro en un objeto narrativo donde texto e imagen se necesitan mutuamente para completar el sentido de la historia.
Teníamos 15 años es una lectura muy recomendable, no solo para el público juvenil que se verá reflejado en sus páginas, sino especialmente para los adultos —madres, padres y docentes—. Es un recordatorio de que las aulas son escenarios de batallas invisibles y de que la literatura —y también de que cualquier docente— tiene el poder de dar nombre a lo que antes solo era un nudo en la garganta.
Nando López firma aquí una de sus obras más personales, un puente necesario entre generaciones que nos enseña que, aunque el pasado no se puede cambiar, sí podemos usar sus cicatrices para construir un presente más respetuoso y valiente.
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Autores: Nando López y Nicolás Castell. Título: Teníamos 15 años. Editorial: Loqueleo. Venta: Todos tus libros.


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