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Vivir en el poema: Tannat, de Regina Ramos

Vivir en el poema: Tannat, de Regina Ramos

La escritura adherida a la piel. El verso filoso rasgando la lengua. La palabra tanática goteando. Se derrama. Entinta de un tono rojizo intenso, como poso de vino de la uva tannat, como sangre. Es el costo de escribir, el costo de escribir poesía, el costo de escribir poesía y ser mujer: el sacrificio. Y, a pesar de ello, sobrevivir y resistir en la escritura:

No hay prisa o lentitud.
Será que no quiero la vida aburrida
del matrimonio con las cosas.
Soy la que no olvida.
La que no quiere.
Una mujer que nunca debió existir.

Tannat es el último poemario de la poeta uruguaya Regina Ramos publicado por la editorial valenciana Olélibros (2026), un poemario atravesado por la metaescritura en tanto territorio sísmico donde su identidad de poeta y mujer pugnan cohabitando, porque en este libro se da cuenta de una toma de conciencia y posicionamiento desde esa identidad frente al mundo en un afán no de delimitarlo, sino de situarse en él desde su escritura poética: Principio y fin. A ello evoca el círculo inacabado de la portada, también rastro y cerco de copa de vino. Así el libro se despliega en una hermosa estructura anular que no sólo nos recuerda al eterno retorno de Nietzsche, sino al continuo de la vida. Esta estructura en ringkomposition se enfatiza con los poemas interrogativos que abren y cierran el libro: “¿Qué se muere cuando muere un poeta?” y “¿Poeta o poetisa?”. Regina Ramos acuerpa la incerteza y nos confronta con la duda y la búsqueda. Si el primer poema espejea la tan cuestionada función social del poeta y la poesía, escindiendo al poeta de su creación: «los libros para los lectores / el poeta para los vivos», en el último ha habido un desplazamiento hacia el género y su problematización lingüística e ideológica para, en cualquier caso, confirmar su existencia vital:

Soy sola es un verso tannat hondo.
Señores, todos:
un verso es una sentencia.
Usado en un poema
un hueso
una vena
un órgano
que no se sabe bien cómo
ni para qué
pero funciona.
Un verso es una forma de estar viva.

El verso de cierre no deja lugar a la duda: la poeta vive (y sobrevive) en el poema, aunque no sólo. No obstante, no se clausura aquí el sentido. Aun cuando la intertextualidad del primer verso convoca a la poeta Ida Vitale, otras poetas uruguayas como Marosa di Giorgio, Amanda Berenguer o Cristina Peri Rossi son a su vez congregadas en otros poemas, entrenzándose su poesía a la de esa poderosa estirpe —de manera espléndida recogida en la antología Flores raras:[escondido país] poesía de mujeres uruguayas de Silvia Guerra y Jesse Lee Kercheval (Contrabando, 2025)— predecesoras cuya labor inestimable ha germinado en una fértil herencia literaria y enlazándose con la crítica literaria feminista latinoamericana al reapropiarse de una tradición para cuestionarla. Esta conciencia genealógica, si bien sostiene y legitima la voz, también impone un peso simbólico del que la poeta debe desprenderse para evitar la repetición o el eco. De igual forma, es también heredera de una terca genealogía mujeres de la que, en ocasiones, debe alejarse para construir su propia identidad, al margen de los cánones familiares, como leemos en “Sí”:

Las palabras que se repiten
son los versos con los que tejen las abuelas
al hexámetro o la receta
del misterio
de un destino.

No cabe duda de que esa estructura circular aúna, por otro lado, la condición de lectora a la de la poeta: “Lectora” y “Lecturas” anudan esta idea de leer como envés de escribir o viceversa. Hay un afán en Regina Ramos en presentar la poesía como un ente vivo que cobra entidad en el transformador acto de leer, por ejemplo, en “Lectora”:

Se obsesionó con sus nombres; entonces, le ponía a un libro la cara del problemático. Fogwill, Hernández, McCullers tacharon al deseo de escribirles. Un placer menos ensimismado le recordaba, con oprobio, que aquello del tuyo y mío, nunca era nuestro.

Leyó como nunca la mejor literatura.

A la manera de anillos concéntricos Tannat, de Regina Ramos ,insiste en aquellos temas que apuntalan su personal poética. Sin abdicar en lo tópico e imaginable, el amor y el deseo, la muerte (metafórica) y el hueco se interpelan en el nudo, sin concesiones ni rendiciones, para esbozar una anatomía identitaria, “Tiradora”:

Apunto aquí
para dar allá.
El pelo enmarañado
del deseante que lo peina
y frustrándose acepta
que el descuido es fiel.
O en “Sémele”:
La felicidad es el cuerpo respondido.
Estás a tiempo —me dijo—.
—Tu deseo no tiene nombre.
Y conocer al dios fue fulminarse.

El desgaste de los vínculos —se incide en una figura masculina despersonificada en el “hombre”— y la desposesión de aquello que la habitó desbastan las esquinas del tiempo: un tiempo no extrañado, porque de él se desprendió un aprendizaje a través de un saber corporal transitado por el deseo como fuerza previa al lenguaje: «Cuando escribimos voces que pretenden ser cuerpo / el hueco es simpleza / búsqueda de un hábito». Escribir es palpar el vacío hasta volverlo hábito. En ese proceso, la boca emerge como símbolo en tanto corporeiza la poesía: espacio donde el deseo se hace lengua y la palabra, materia. No es casual que el poema exija humedecer los labios para decirse —«Moja los labios para pronunciar: Poema»—, porque la poesía, en esta obra, no se piensa: se pronuncia con el cuerpo. De ahí que «El poeta muera por la boca», en sintonía con una concepción del texto como acontecimiento corporal, cercana a los planteamientos de Julia Kristeva o Adriana Cavarero.

El vacío y la pérdida arroja a la poeta a la digna supervivencia en la pulcritud de la escritura, donde el olvido es una prórroga. Los huecos aparecen como hendiduras de un erotismo y un amor no estático, sino en movimiento. Escribir, amar, desear, vivir sabiendo que no hay épica ni salvación, pero insistiendo igual. La literatura aparece como un acto que persiste aun sabiendo que puede acabar —literalmente— entre los restos, expresando una conciencia crítica del lugar marginal de la poesía en la contemporaneidad:

Esa sensación de consumirse
en poemas
tirados a los cerdos.

Más allá de las posibles influencias o ecos de la poesía neobarrosa, oulipiana o vanguardista —señaladas con rigor filológico en el prólogo por la profesora Mª José Bruña Bragado—, lo que se impone es una voz auténtica. El sentido no se despliega de forma discursiva, sino que se condensa en imágenes breves y en sentencias desplazadas que orientan el avance del poema. Esta concentración semántica se sostiene en un uso preciso de recursos retóricos —anáforas, aliteraciones, polisíndeton— y una disposición visual que refuerza la fragmentación del decir, a menudo atravesada por una ironía contenida («y en la ciudad / en que los poetas locales eran los héroes / y no los deportistas»). El efecto resultante se sustenta en una sintaxis quebrada y en un verso fragmentario, con interferencias de registro y una clara desjerarquización de lo poético. De este modo, adquiere materialidad el lenguaje: se vuelve cuerpo, presencia, superficie palpable. Y la musicalidad. Porque además del ritmo y sonoridad, Tannat reinterpreta el valor de lo musical en lo poético. Resuena entre los versos  tanto una tradición de origen popular —milongas, swing, soul o los payadores— que dialoga con referencias a Amy Winehouse o Bo Diddley. Y hermana la música con la poesía, ambas consuelo y refugio, armonizándose y fusionándose en un diálogo polirrítmico y cultural, como en “Milonga”:

Caer es un arte.
El arte de servir
de perder
olvidar
entregarse a toda esa sabiduría tan sonada
arisca a la propiedad
a volverse carne
y vivir.

La alegría le da un verso
Ahogada lo recuerda.

Ama al todo para morir
en un tranco cansino
tan taaaran tan
taaaran tan
taaaran tan
en paz

Tannat se construye también como un territorio fronterizo y mestizo de tradiciones. La relectura crítica del imaginario rural-heroico de Uruguay desaloja del centro lo masculino y épico, para dar cabida a lo femenino y cotidiano, cuestionando una épica fundacional y reescribiéndola desde su mirada, desmitificadora y desacralizadora, como en “Gauchos y flores”, inspirada en un hecho histórico donde se desencadena una guerra por la errónea lectura de un mensaje:

Si el cuchillo ritual sale de la vaina
debe correr sangre, así sea una gota.
Si estaba claro en luna llena
esa noche fue menguante.
Para recuperar la honra hay que perderla,
ser navaja española:
no me saques sin razón ni me guardes sin honor.
Fue un canguro en la vaina el mensaje.
Similar al de la muerte de Flores:
JUNTE LA TROPA Y VÉNGASE
pero leí
JUNTE LA ROPA Y VÉNGASE.

También la mitología griega aparece en una apropiación singular de lo universal.

La escritura poética, esa metapoética, articula este libro para afirmar una identidad de mujer y poeta, territorio donde su identidad puede brotar y fusionarse indisolublemente, construyendo en Tannat su propia historia como poeta, enraizándose en la tradición literaria femenina uruguaya e histórica, en un ejercicio de autoconstrucción autoral. Tannat se ofrece como una poética de la persistencia, invitándonos a paladear la poesía como ese vino intenso que le da nombre: con cuerpo, memoria y permanencia: «La vida es color de roja / o un poema como forma de milagro de los hombres».

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Autora: Regina Ramos. Título: Tannat. Editorial: Olé Libros. Venta: Todos tus libros.

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