Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 4 de mayo de 1936: José Antonio escribe al Ejército
Te leo lo que sigue, Miguel: «Si solo se disputara el predominio de este o del otro partido, el Ejército cumpliría con su deber quedándose en sus cuarteles. Pero hoy estamos en vísperas de la fecha, ¡pensadlo, militares españoles!, en que España puede dejar de existir. Sencillamente: si por una adhesión a lo formulario del deber permanecéis neutrales en el pugilato de estas horas, podréis encontraros de la noche a la mañana con que lo sustantivo, lo permanente de la España que servíais, ha desaparecido. Este es el límite de vuestra neutralidad: la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la varia suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no hay derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo valores fundamentales, sin los que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así: la última partida es la partida de las armas. A última hora, ha dicho Spengler, siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización». ¿Qué te parece?
—Perfecto —dijo Miguel, que siempre había admirado a José Antonio. Durante su juventud fue su compañero leal a la hora de administrar «ricino» a sus adversarios políticos o, sencillamente, a quienquiera que ofendía la memoria de su padre. Muy sonada fue, por ejemplo, la vez que asaltaron a puñetazos a Queipo de Llano en el café Lyon, en Cibeles. Eso tras unas declaraciones despectivas hechas por el general sevillano respecto al ya fallecido dictador.
Estaban en el patio de su galería en la cárcel Modelo y Miguel aún no se acostumbraba a verse allí, como José Antonio, con el humillante mono de presidiario.
Unos días antes hablaban ambos en el locutorio, y Miguel estaba del otro lado. Tras su absurda detención en Cuenca, adonde fue a promover la candidatura falangista, hacía ya tres noches que Miguel Primo de Rivera también dormía en el módulo de políticos, edificio central de la Modelo. En el patio se colocaron al sol, a unos pasos del narigudo Rafael Sánchez Mazas, imbuido en su libro, y del resto de falangistas que conversaban tranquilamente. Ellos ya habían dado su acuerdo a la misiva.
—Ha sido una emboscada del Gobierno, José Antonio —dijo Miguel, que todavía rumiaba lo ocurrido en Cuenca. Allí había visitado al gobernador civil, junto con un diputado de la CEDA y el jefe provincial de Acción Popular. Al poco, sonó un disparo frente al hotel. Apareció entonces una chiquilla llorosa, supuestamente herida en el tiroteo. Momentos después llamaban a su puerta agentes de la policía. Pese a que no se encontró ningún arma de fuego en su habitación, fue conducido a comisaría y, sin procedimiento alguno, trasladado a la cárcel de Madrid. Mientras tanto, alguien prendió fuego a su coche.
—No te engañes, Miguel. Lo tuyo es la respuesta de Azaña al atentado contra Eduardo Ortega y Gasset. Ya ves que no nos dejan otra, hermano. Ilegalizada la Falange, solo nos queda la lucha en la clandestinidad, sin medios, o alentar un golpe de Estado. Sabes que nunca me ha hecho gracia echarme en brazos de los militares, pero a partir de ahora es nuestra única salida —concluyó José Antonio, con su característica dignidad.
Eso lo tenía cada vez más claro.


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