Hay proyectos literarios que nacen con vocación de mundo y terminan siendo, con suerte, un decorado insistente. “Los tanguitos de Rivarola” (ese ciclo que Martín Caparrós ha ido disponiendo con la paciencia de quien ordena fichas) pertenece a esa categoría incómoda: seis novelas (Todo por la patria, Horror de Buenos Aires, Los suicidios de Gardel, Ojos que no ven, La iglesia condenada, Viva la muerte) que prometían una saga y entregan, en realidad, una reiteración pretendidamente elegante, o sea, de quiero y no puedo, pues nadie (en la vida, en el amor, en las novelas) pone lo que no tiene. Todo está ahí, dispuesto con una minuciosidad casi amorosa: el Buenos Aires de los años treinta, el tango que suena como una coartada sentimental, la política que asoma con gravedad de periódico viejo, los bajos fondos que dan la ilusión de peligro. Y en el centro, como una figura bosquejada pero nunca terminada del todo (ay, querido Martín Caparrós), Andrés Rivarola.
Martín Caparrós parece haber concebido la serie como una pequeña enciclopedia sentimental de Buenos Aires donde el crimen, el fútbol, el amor y la política se entrelazan con la soltura de quien conoce bien el material. Pero conocer no es lo mismo que encarnar. Y ahí, exactamente ahí, se abre la grieta. La serie no avanza: se reproduce. Cada novela añade variaciones, matices, nuevas situaciones, incluso, pero Rivarola permanece idéntico, como esos actores que repiten el mismo gesto en todas las escenas esperando que el espectador no lo note. No crece, no se rompe, no paga un precio que justifique su presencia. Persiste. Y la persistencia, en novela, es la forma más triste de la inanidad.
Se diría que Caparrós no está interesado en contar la historia de un hombre, sino en probar una y otra vez las posibilidades de un dispositivo narrativo. Rivarola atraviesa escenarios, pero nunca adquiere la densidad necesaria para imponerse. La serie, vista en conjunto, revela con una claridad casi cruel lo que en una sola novela podría pasar por estilo: la falta de riesgo. Caparrós escribe con inteligencia, con ironía, con esa distancia que cierto prestigio le ha dado en la crónica. Pero aquí esa distancia actúa como un barniz que lo cubre todo y lo neutraliza todo. Nada termina de doler. La violencia no mancha; la política no compromete; el amor no desordena. Todo sucede bajo la vigilancia de una conciencia que no está dispuesta a perder el control.
Y así, lo que se anuncia como una saga policial se convierte en algo más frío: una serie de ejercicios sobre el género. Hay investigación y muertos, pero falta lo esencial: la necesidad. Esa urgencia que obliga al personaje a actuar aunque no quiera, a equivocarse aunque no deba, a pagar aunque no pueda. Rivarola nunca llega a ese punto. Se ha dicho que estos “tanguitos” son la forma en que el personaje intenta narrar su mundo. La idea es hermosa. El resultado, en cambio, tiene algo de inane música de fondo: acompaña pero no se recuerda. Porque el tango, cuando es verdadero (ya de la novela ni hablamos), arrastra, hiere, deja una frase que se clava en la memoria como una espina dulce. Aquí no hay nada de eso.
Al final, lo que queda de “Los tanguitos de Rivarola” es un proyecto que confunde ambición con acumulación. Seis novelas no hacen una saga si el personaje no se transforma en ellas; hacen, a lo sumo, un espejo repetido. Martín Caparrós no fracasa del todo, aunque sería más fácil si fracasara. El hombre, eso sí, demuestra, con una coherencia impecable, que en realidad no le interesa de verdad aquello que pretende escribir. Es un pretexto para querer ser el novelista brillante, o en su defecto el novelista ameno, que Martín Caparrós nunca ha podido ser. Ser escritor (él lo es, naturalmente) no significa ser novelista. Contar historias y contarlas bien ya es otra cosa.
Si uno desciende a la primera pieza del artefacto (Todo por la patria, publicada en 2018 y ahora rehorneada caliente por Galaxia Gutenberg) la sospecha deja de ser un murmullo y se convierte en triste realidad. Porque ahí, en ese arranque que debería fundar una voz, un ritmo, una ley interna, lo que aparece es un ensayo general que nunca termina de empezar. Y la reedición (vaya usted a saber por qué los editores han decidido volver a tirar el papel y el dinero) añade a la perplejidad del lector (ese que probó en su momento y abandonó a las pocas páginas a Rivarola por puro aburrimiento) un matiz casi estratégico: como si alguien, en un despacho silencioso de una gran editorial, hubiera pensado que el aire se había despejado, pues los dos grandes (y muy evidentes) inspiradores de Rivarola, el Falçó de Pérez-Reverte y el Remil de Jorge Fernández Díaz, han creado un buen sector de seguidores del género. Así que tal vez (solo tal vez, habrá pensado el estratega editor) haya hueco para intentar otra vez colocar a Rivarola en el escaparate, aprovechándose del camino abierto por otros.
Porque lo cierto es que Todo por la patria no inaugura nada: repite antes de haber creado. El libro se abre con mundo y con clima. Hay cafés, hay humo, hay política insinuada como una conversación que nunca se agota. Todo correcto. Pero en el centro (donde debería estar el motor) no hay más que un hombre que pasa mientras el lector bosteza y todo le suena a sabido, a sobado, a cliché. Rivarola entra y sale de escenas; investiga pero como quien toma notas para una columna que escribirá mañana, se cruza con el delito, con la intriga, con la posibilidad de un gesto decisivo… y siempre hay algo (una frase, una reflexión, una ironía a media voz) que le devuelve al lugar cómodo del observador. Y ahí se queda, ni chicha, ni limoná: ni demasiado valiente, ni demasiado torpe, ni demasiado sucio. Un término medio letal para un novelista que pretende serlo.
Se dirá (excusa fácil) que esa es la apuesta: un investigador sin épica, un hombre atravesado por su tiempo más que dueño de él. Puede ser. Pero incluso la debilidad, para ser interesante, necesita una forma. Aquí no la hay. Lo que hay es una debilidad sin tensión, una ausencia de peso que no conduce a ninguna revelación.
La novela, además, se complace en su propio tejido. Cada escena parece consciente de su valor de época, de su precisión histórica, de su pequeña brillantez lingüística. Y esa conciencia, ese (¿leve?, no, en absoluto) narcisismo de la prosa que sabe que está bien escrita (ya he dicho que Martín Caparrós es escritor, aunque novelista sea otra cosa) actúa como una anestesia. No hay urgencia. No hay esa sensación de que algo puede salirse de control en cualquier momento. Todo está demasiado pensado, demasiado colocado, demasiado nada. Rivarola se mueve por Buenos Aires como un invitado correcto. Lo ve todo, lo entiende todo, o eso parece, pero nunca decide nada que importe. No tiene la arrogancia del héroe ni la torpeza del derrotado. Tiene algo más tenue: la falta de necesidad. La nada más absoluta.
Ahí empiezan a verse (descosidas) las costuras. Y no son pocas. Caparrós escribe bien, desde luego. Escribe tan bien que cada frase es consciente de sí misma, con ese leve brillo de quien sabe que está siendo observada. Pero en la novela la frase no debe brillar, sino desaparecer. Y aquí ocurre lo contrario. Cuando Rivarola está a punto de ser alguien (de tomar una decisión, de revelar un gesto, de encarnar una contradicción) aparece la frase caparrosiana: una vuelta más, una precisión más, una ironía más. Y entonces el personaje se diluye. No actúa porque es explicado. No se equivoca porque es interpretado. No vive porque es un personaje fundamentalmente pensado. Y en ese instante, la ficción pierde su respiración. Y con ella la novela, que muere de asfixia.
Buenos Aires, en la novela, está escrita con densidad. Huele y suena. Es lo mejor de la historia. Y sin embargo, es también su problema. Rivarola no atraviesa Buenos Aires; Buenos Aires lo atraviesa a él. Lo empuja, lo rodea, lo define. Pero no le deja espacio para imponerse. El resultado es una inversión extraña: el escenario tiene más presencia que quien debería habitarlo. En términos narrativos, es letal. El lector recuerda las calles, las atmósferas, los detalles… pero no recuerda al hombre que las recorrió.
Martín Caparrós escribe desde una inteligencia que desconfía. Cada escena parece acompañada por una voz interior. La ironía funciona como una capa protectora: evita el exceso, pero impide el vértigo. Y sin vértigo no hay novela negra. Lo que queda es un artefacto insuficiente. Una novela que no deja huella emocional ni narrativa. Martín Caparrós, en esta novela, no fracasa. Hace algo más inquietante: se queda a medio camino entre la crónica y la ficción. Y en ese territorio intermedio donde nada arde, el pobre Rivarola no podía ser otra cosa que un hombre sin fuego.
Todas las comparaciones son odiosas, pero me van a permitir que vuelva a los claros inspiradores de esta novela y este personaje. Frente a los “tanguitos de Rivarolita”, inevitablemente, aparecen los fantasmas de otros hombres mejor construidos. El Falcó de Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo, no entra en escena sino que, directamente, se adueña de ella. Huele a peligro, a tabaco caro, a pasado denso y a decisiones irreversibles. Es un tipo golfo y peligroso, y te lo crees. El Remil de Jorge Fernández Díaz arrastra consigo una fatiga moral que se paga cara, casi siempre demasiado tarde. Además de peligroso, está jodido y te lo crees. Ambos tienen algo que Rivarola no conoce: son dos hombres de los pies a la cabeza, dos canallas memorables, dos personajes de verdad.
Se dirá que Martín Caparrós no pretende competir en ese terreno, que lo suyo es otra cosa: la mirada, el contexto, la disección cultural, la hondura intelectual, la metafísica maleva. Puede ser. Quiero decir que me creo que puede ser que Martín Caparrós lo haya intentado. Pero entonces una se pregunta: ¿para qué escribir una(s) novela(s) que depende(n) de un personaje flojo de fuelle creativo? Lo más desesperante es que cada escena parece supervisada por una inteligencia superior (la suya) que se encarga de recordarnos que todo esto es, en el fondo, un ejercicio. Una exploración. Un artefacto. Que la inteligencia del autor es capaz de juguetear con este y cualquier otro asunto narrativo que se proponga. O sea, nos susurra, escribo de un género que no está a mi altura intelectual, pero lo hago como divertimento porque yo soy un escritor serio. Y esa presuntuosidad constante (muy propia de ciertos autores argentinos cuya fama allí y en España no se basa precisamente en lo leídas que son sus novelas) anula cualquier posibilidad de que el artefacto sea creíble. Rivarola no es un personaje fallido, es algo más decepcionante; es un personaje insuficiente, una mediocre imitación. Porque no fracasa, simplemente no pesa. Y en literatura, como en la vida, lo malo no es caer; lo malo es no dejar huella cuando pasas. No sé qué otras huellas puede dejar Martín Caparrós con su paso como escritor y articulista, quizá sean más notables. En mi opinión, como novelista no deja ninguna.


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