Para María Fasce, su editora, Nocturno de Venecia (Alfaguara), la nueva novela de John Banville, tiene un aire de Eyes Wide Shut (1999), el testamento fílmico de Stanley Kubrick, basado en una pieza breve de Arthur Schnitzler. Descubierta entonces, a finales de los años 90, por el lector español, Relato soñado (1925), aquella inspiración del Kubrick último, puso en marcha cierta eclosión de los autores de la Joven Viena —Felix Dormann, Peter Altenberg, Richard Beer-Hofmann, Felix Salten, Raoul Auernheimer, Hugo von Hofmannsthal, Stefan Zweig…—, el grupo que capitaneó la transición y renovación que llevó la literatura en la lengua de Goethe del naturalismo al simbolismo e impresionismo tempranos, en la Viena finisecular (1890-1897).
Esa película que nos sugiere Banville también podría ser Amenaza en la sombra (Nicholas Roeg, 1973) o incluso El placer de los extraños (Paul Schrader, 1990), aquel acercamiento a la Venecia inquietante —como algunas de las caretas vistas en su célebre carnaval— que nos propone Ian McEwan, el autor adaptado por Schrader en El placer de los extraños. Traído McEwan a colación en el encuentro que John Banville, con motivo de la publicación de Nocturno en Venecia, mantuvo el pasado lunes con sus lectores madrileños, en animada charla con el periodista Andrés Seoane, la cita fue en la librería Rafael Alberti, que en estos meses celebra su medio siglo de existencia.
En estos tiempos de tanto compromiso espurio y tanta falsedad, fue muy de agradecer que, antes de entrar en materia, Banville puntualizase la que, a su juicio, es la función del arte y la creación literaria. Uno y otra han de ser “agradables y placenteros”, que no “solemnes o poderosos”. Así pues, una vez puntualizó que su obra no tiene obligación social alguna, abundando en esta idea prosiguió: “Coincido con Kafka en definir al artista como alguien que no tiene nada que decir. Yo tampoco tengo nada que decir; lo que tengo es mucho que mostrar. Pero carezco de mensajes”. Y al punto, comentó que cuando tiene algo que decir respecto a esas grandezas que exigen las solidaridades, algo ajeno a ese afán de ficción que le lleva a sentarse a escribir como lo viene haciendo desde que se dio a conocer como un joven autor con una selección de relatos publicada en 1970 bajo el título de Long Lankin, manda un mensaje por el canal debido, que no inserto en una de sus novelas.
Su vocación es prodigiosa. Se trata de un afán que además se desdobla en Benjamin Black, seudónimo con trazas de heterónimo —incluso cambia la mecánica de su prosa— cuando escribe novelas policíacas. El secreto de Christine (2006), El otro nombre de Laura (2007) u Órdenes sagradas (2013) solo son tres de estos relatos criminales. La trilogía de Freddie Montgomery —El libro de las pruebas (1989), Fantasmas (1993) y Atenea (1995)— o La señora Osmond (2017), con la que los primeros lectores de Nocturno de Venecia aseguran haber encontrado ciertas concomitancias, pueden servirnos de verbigracia del Banville que firma con su propio nombre esas obras que su editora y sus lectores españoles definen como “de largo aliento”.
“Madrid es una ciudad muy bonita”, observa el autor de Nocturno de Venecia. “Pero esta de ahora no es la misma que conoció Cervantes. Venecia sí, no ha cambiado desde hace tres siglos. Esta idea es algo que me seduce mucho”. Como también lo hace aquello que une a la capital del Véneto con sus vecinos y visitantes. “Siempre he tenido una relación muy ambigua con Venecia. Llevo visitándola desde los años 60. Vuelvo cada mes de enero porque formo parte del jurado de un premio literario. Es una ciudad bellísima, pero también tiene un lado muy oscuro. Recuerdo estar paseando por ella con mi mujer, y un instante después de coincidir ambos en su encanto bajo la luz de la luna, nos salió al paso una rata enorme. Nunca me siento del todo tranquilo en ella, la recorro en un estado de alerta permanente. Quizá esto explica en parte que todos los personajes de esta novela sean tipos desagradables”.
El primero en la nómina del dramatis personae de Nocturno en Venecia sería Evelyn Dolman, un escritor —poco más que diletante—, y su esposa, Laura Rensselaer —rica heredera desheredada—, todo un misterio por descifrar. Máxime tras su desaparición. El conde de Barbarigio es el anfitrión del matrimonio y, como todos los personajes de esta nueva ficción de Banville, también tiene sus propias motivaciones. Destaca entre todas ellas la rivalidad que mantiene Alessandro dei Conti, el otro conde de las páginas que nos ocupan. Mucho más enigmático que su par en la aristocracia, la tensión que les enfrenta enrarece el aire que comparten. Y Thomassina Rensselaer, la hermana de Laura que, en contra de lo previsto resultó ser la heredera del padre; y Frederick FitzHerbert, que pasa por ser un desahogado que asegura haber sido compañero de Dolman en el colegio. Pero es un tipo de rasgos tan marcados que si nuestro protagonista lo hubiera conocido en lo pretérito nunca lo hubiese olvidado. A la que no parece dispuesto a olvidar es a Cesca Ransome, la hermana de Frederick, mucho más que esa mujer cuyo embrujo tiene a Evelyn Dolman fascinado. Y Rosalía, la sirvienta del palazzo Dioscuri, la residencia de Alessandro dei Conti y el comisario Amadeo… “Todo el mundo tiene secretos. Todos somos humanos fingiendo ser dioses”, comentó el novelista puesto a explicar su dramatis personae. Y Venecia, siempre hundiéndose lentamente, siempre a flote, con esa metafísica inquietante, pese a ser un dios que ya no ampara, los acoge a todos.
A instancias de Seoane, interesado en descubrir alguno de esos “juegos metaliterarios” que el autor irlandés suele incluir en sus páginas, Banville fue a incidir en esos misterios que, como a veces la bruma, gravitan por la ciudad de los canales: “En general, es un poco extraña la relación de Venecia con las personas. Tengo allí un par de matrimonios amigos. Cada una de estas parejas reside en su propio palazzo, cerca del Gran Canal. Apenas distan 200 metros unos de otros y, sin embargo, aunque son vecinos, de características similares y llevan toda la vida viviendo en el mismo lugar, no se conocen entre ellos”. Conocido este dato, no hace falta ser muy agudo para comprender la causa de la rivalidad existente entre los dos condes de Nocturno de Venecia.
Ya de antiguo, el premio Príncipe de Asturias de 2014 venía dándole vueltas a la idea de escribir una historia de fantasmas, en la estela de Otra vuelta de tuerca (1898), una de las novelas más celebradas de Henry James. Y también de antiguo sopesaba la idea de escribir otra novela, esta nueva más tendente al erotismo de lo que es habitual en él. Nocturno de Venecia es la satisfacción de ambos anhelos, dentro de esa alternancia que le lleva a firmar sus ficciones de largo aliento —como esta que nos ocupa— con su propio nombre, y sus ficciones policiacas con el seudónimo de Benjamin Black.




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