Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 12 de mayo de 1936: Y Caballero, que se vaya a la mierda
La cita se organizó en un salón del propio Congreso, el día doce por la mañana. Para la ocasión, Indalecio Prieto se presentó ante la minoría socialista vestido con un traje azul impecable y aires de triunfador.
—El compañero Prieto sabe que la minoría ha decidido mayoritariamente no participar en el Gobierno y que, por lo tanto, sería una contradicción que lo autorizase.
—Es cierto —asintió don Inda—, pero insisto en que es una oportunidad que no debemos dejar pasar. Nunca antes ha habido un jefe del Consejo de ministros socialista. ¿Habéis pensado en la cantidad de proyectos que podríamos realizar? Además de reestructurar el Ejército y la Guardia Civil, tengo un ambicioso plan de obra pública. Y estoy convencido de acabar con los comandos fascistas.
Sin perder la sonrisa, Prieto se lanzó a exponer su idea con ilusión casi pueril. Al principio evitaba mirar a Largo Caballero. Al cabo se detuvo en él. Repitió que por supuesto consideraba imprescindible su colaboración, no solo como jefe de la minoría sino para que la UGT no entorpeciera su labor. Convenía un pacto con los sindicalistas para que, durante un plazo determinado, por lo menos, lo dejaran obrar. El orondo don Inda esbozaba su sonrisa más seductora. Procuró dirigirse a todos, pero se empezaba a ver que eso no afectaba el ánimo de Largo Caballero. Se oían, al otro lado de la puerta, los ujieres que circulaban por el pasillo enmoquetado hablando de sus cosas.
—Me temo que voy a tener que repetirlo —dijo Largo Caballero—. Si la minoría socialista autorizase al compañero Prieto a formar Gobierno, estaría entrando en flagrante contradicción consigo misma y con sus decisiones.
Y ya se empezó a ver el terrible efecto que producían sus palabras en don Inda. De repente, paseando la mirada por los presentes, orillando una gran mesa, Prieto comprendió que aquello estaba hablado y que se enfrentaba con un muro. Lo supo al comprobar que sus afines evitaban su mirada. Entre los presentes estaban Jiménez de Asúa, Juan Negrín y Fernando de los Ríos. Ninguno pidió la palabra para defender su propuesta.
—¿Es eso todo, compañero Prieto?
La frialdad de Largo Caballero era absoluta. Sus ojos claros, puro hielo. Era el momento. Todos sabían que don Inda podía recurrir al Comité Nacional, que controlaba, en el que habría tenido la victoria asegurada. Y seguramente lo esperaban. Pero el orondo bilbaíno, contra todo pronóstico, quedó callado. Ni siquiera habló de la grave situación que atravesaba España, de las consecuencias que tendría dejar pasar la oportunidad.
Prieto sabía que ignorar la votación de la minoría y tirar para adelante por las bravas significaba la escisión formal del partido.
—Eso es todo, compañero Caballero.
Salió hecho una furia, con la cabeza baja y como un toro dispuesto a embestir, rojo de indignación. Juan Negrín fue tras él y, mientras se colocaba las gafas, caminó deprisa a su lado. Le recordó que aún se podía solucionar acudiendo al Comité Nacional. Era el órgano competente para dirimir los enfrentamientos entre la Ejecutiva y la minoría parlamentaria.
—¿Por qué no lo haces?
—¿Y fraccionar el partido, que es lo que están deseando nuestros enemigos? —exclamó don Inda—. No estoy dispuesto a pagar ese precio, Juan. Rotundamente, no.
—Pues entonces convoca a Caballero ahora mismo, y háblale de tú a tú.
—¡No! Me voy a palacio a ver a Azaña. Y Caballero… ¡que se vaya a la mierda!
El conflicto soterrado era ya guerra abierta.


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