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Habla la noche, de Sandra Sánchez Tejero

Habla la noche, de Sandra Sánchez Tejero

En el colegio, el entrenador de atletismo nos enseñó el primer secreto: se corre con los brazos. Lo verificamos en la prueba de «cuatro por cien». La técnica se enseña. O, más bien, se aprende. Él era ingeniero industrial, daba pormenores, datos, argumentos, grados de ángulos, posición de la columna, cuello, aceleración. Confiaba en la práctica. Y en las condiciones de cada cual. Anotaba cuántas tardes faltaba uno.

En una materia como Recursos Literarios y Lingüísticos también se dan zancadas con los brazos hechos rígidas esquinas. Soy afortunado y me tocó en suerte en un máster de Escritura Creativa organizado por una universidad pública, pequeña y de docentes entusiastas. Y la mejor sesión —apasionada, útil, con ejemplos vivos— de la materia que impartí corrió a cargo de Juan Manuel de Prada, más que invitado de lujo, padrino con chaqué. Un tema axial: imbricaciones de fondo y forma, de contenido y estilo. Y tan clásico que se da por consabido. De Prada enseñó. Hizo pensar en que escribir implica, por supuesto, tomar decisiones. Y compartió algún secreto.

Cuando Sandra Sánchez Tejero alcanzó la máxima calificación en esa asignatura, no sabía yo que esa chica joven había obtenido el premio extraordinario por su expediente académico en su campus. Magisterio de Educación Primaria por la Universidad de Castilla-La Mancha. Siguió ampliando estudios: máster en Atención a la Diversidad y Apoyos Educativos por la Universidad de Alcalá. Y acumulando reconocimientos de narrativa, publicaciones… También desconocía que había nacido en el municipio más poblado de la comarca de los Montes de Toledo, en Sonseca.

Sí sabía que aquella alumna intervenía inteligente, improvisaba textos con fluidez, imaginativa, replicaba (incluso con quien parecía ser el profesor) con respetuosa elegancia y soltura ideas que no le cuadraban, vinieran de quien vinieran, entregaba con prontitud los trabajos, leía con relieve. Conocimientos y comportamientos. Y sé que prepara una novela.

Aquí tienen su voz.

¿A quién podrá extrañarle que le dijera que estuviera hoy aquí?

Y me envió «Habla la noche». Un solo personaje, una mujer, basta para anudar —y desatar— una historia de escisión y de controversias. «Nuestros cuerpos son nuestras biografías». Pero parece que una mano y un pie quieren llevar vidas distintas y funcionan como los polos opuestos de un imán. Lo simbólico pide paso para ir más allá de la evidencia de las imaginativas acciones que idean y cometen. La cosa esa de los «niveles de lectura». Pasitos o zancadas.

Y usted habrá leído y comprobado ya que este microrrelato presenta una hábil estructura. El inicio, el planteamiento, muestra una situación a la que dan ganas de decir «absurda»: esas posturas casi imposibles. Avanza pronto el desarrollo: diálogo, terapias, restricciones físicas… resultan intentonas fallidas. Y crecen. Con medidas más extremas. La capacidad de fabulación de la autora queda, también ahí, palpable. Quien lee ve qué pasa. Y llega una decisión que escala al clímax: sentir la amputación. Y el cierre, con ese quiebro. Si la supervivencia vence al otro instinto del diálogo y la civilización

Y a uno le tienta pensar en ese forcejeo entre impulso creativo y llamaradas de la inspiración contra la necesidad de control, el arraigado conflicto entre fantasía y realidad, cuerpo y mente. En definitiva, entre guante y mano, fondo y forma, adaptación o desobediencia. No ocurra como dicen de aquellas antiguas hospederías con mesoneros que cuidaban del caballo y no se ocupaban del jinete.

Puede que quienes analizan el interior del ser humano sugieran ante esta belicosa narración de en un personaje poco cotidiano una mente fragmentada; aunque cada porción, cada miembro, actúe con autonomía. Y reconozcan la imposibilidad de reconciliar partes de uno mismo. Que refuerza la sensación de encierro mental. La alienación del propio cuerpo, instaurada por Kafka (y también en una cama de dormitorio). Sentirse ajeno y dominado.

Sandra Sánchez Tejero muestra su pericia, su joven madurez, además, en cómo modela al narrador. En tercera persona, cercana, con acceso a los pensamientos de la mujer («harta», «decidió», «pensó», «se preguntaba»…) y lo que los manuales denominan «estilo indirecto libre». Pero la voz que narra no lo sabe todo, y esos huecos pueden reforzar la sensación de encierro mental. Y redoblan el buen hacer de la escritora con su habilidad para configurar, donde hay una sola mujer, multiplicidad psicológica.

No obstante, en esta narración exigente, la incapacidad de diálogo es clave: ¿existe comunicación interna real? Quizá por eso «Habla la noche». Como en aquel viaje de Ferdinand Bardamu hasta los huesos de la oscuridad. Como la destreza de llegar bien lejos con los brazos. O con pies de siete espaciadas leguas.

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HABLA LA NOCHE

La mujer se despertaba cada mañana en posturas imposibles. Cuando no era la mano derecha la que agarraba con fuerza al pie izquierdo, era el pie con su talón de hierro el que le aplastaba la muñeca. La mano muerta de dedos estirados, el tobillo estrangulado hasta la palidez absoluta. Harta de la rivalidad entre mano y pie, que la forzaban a un contorsionismo doloroso e inhumano, la mujer decidió intervenir. Probó primero con el diálogo; pero, en lugar de hablar, uno se cerraba en puño, el otro se giraba hacia la pared contraria. Si aplicaba terapias de relajación en bañeras de agua caliente, la mano flotaba y el pie se le hundía; todo con tal de no coincidir. Viendo que nada surtía efecto, tomó medidas más severas: usó una camisa de fuerza, pantalones de una sola pernera, se ató las cuatro extremidades al somier. Sin embargo, continuaba amaneciendo con el cuerpo retorcido, la tela cortada, ni una sola cuerda en su lugar. No había más remedio, pensó. Cuanto más intentaba solucionar las cosas entre ellos, más difícil se lo ponían durante el día. La mano no dejaba de moverse: de escribir sucesos que nunca fueron, de dibujar la odiosa realidad en sombra, de sacar del papel los sueños de siempre. Mientras, el pie la mantenía sujeta al suelo, la salvaba de tropiezos a cada rato, impedía que se perdiera. Pero ¿a quién escoger?, se preguntaba pasándose el hacha de una mano a otra, dejándola sobre la encimera, observando su mango rojo, cabeza negra, el filo que tanto brillaba a la indecisión. La mujer cerró los ojos. Ya está: me cortaré la mano. Es lo más sensato, se dijo y se repitió un par de veces más. Pero, cuando volvió a mirar, ella ya no estaba allí. Su pie gigante la había llevado de regreso a la cama. A la noche. A un mundo de solo cuerpo y ninguna palabra. Adonde nadie se escucha.■

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Inédito.

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