Los lectores españoles están de enhorabuena. Una vez más. Porque una vez más una editorial española decide traducir y publicar alguno de los más de cien títulos que, entre novelas y relatos cortos, conforman la magnífica serie literaria del inspector Jules Maigret, de la policía judicial. La editorial es Penguin y lo hace en su sello Debolsillo; todo parece indicar que va a competir con Acantilado, que hace unos años relevó a Tusquets en la benemérita labor de editar Maigret en español. Esto significa, en resumidas cuentas, que vamos a tener doble ración. ¡Bien! Los fanáticos estamos de enhorabuena.
Señalado como colaboracionista después de la guerra, Simenon, buen conocedor de la naturaleza humana, huyó a los USA sin hacer preguntas ni volver la cabeza. Allí residió diez largos años, la década de los cincuenta, esperando a que pasase la resaca. En el camino redactó unos cuantos Maigret, en los que describió desde la añoranza la anatomía física de la Ciudad-Luz con precisión de entomólogo, así como su alma canalla y provinciana con amor devoto y filial. Al otro lado del charco, el comisario emprendió de paso, siempre de paso, algunas aventuras en las que sorprendió al Nuevo Mundo mostrándole cómo se hacen las cosas en el Viejo: mirándolo todo, absolutamente todo, sin prisa. Maigret es un fisgón, un cotilla de las almas, que no para hasta que levanta la tapa de las cacerolas y la esquina de las alfombras y puede ver la parte de atrás de los cuadros.
En los sesenta, el escritor regresó triunfante a casa. El mundo era otro, y él también: un sesentón millonario a lomos de una criatura que había crecido hasta convertirse en una celebridad mundial. Personaje y autor habían alcanzado la misma edad, la misma fama y la misma talla, así que compartían las mismas manías y fumaban la misma pipa. Y en París salió por fin el sol: son los Maigret que más le gustan a este cura: luminosos, primaverales, de cielos despejados y bulevares atestados de gente feliz por haber sobrevivido al espanto que había asolado el mundo.
En los primeros setenta, Simenon cerró definitivamente la serie. Más de cien títulos, entre novelas y relatos cortos, de los que servidor ha leído decenas en paradas de autobús, apeaderos ferroviarios, cunetas, salas de espera y campings infectos a lo largo y ancho de esta Europa de nuestros pecados. Eran sobados volúmenes de tercera mano que contenían traducciones de fortuna en cochambrosas ediciones inglesas y españolas, portuguesas e italianas, así como alguna francesa de Presses de la Cité en V.O. Muchas de aquellas narraciones eran muy buenas, algunas incluso mejores, y unas cuantas francamente buenas. Leer Maigret es un vicio, como fumar o comer pipas, y vale la pena siempre, pese a que los puristas suelan quejarse de que Simenon termine los Maigret con desgana y descuido, y de que en muchas novelas se repita, así como de que las conclusiones dejen mucho que desear. Simenon, desde luego, no es Agatha Christie, y no se molesta en delinear el estuco. La transparente claridad de los engranajes que mueven sus historias tampoco invita a recrearse en recamados primores victorianos. No hace falta. Todo está diáfano y a la vista. Pintado a brochazo limpio, sí, pero qué brochazos, parbleu! Ideales para retratar los desconchones de los mugrientos bistrots abarrotados de gente rara, llegada de los cuatro puntos cardinales, en los que vive Maigret y donde el calvados corre como el agua, el humo de las tagarinas es denso como un muro, y el café excesivo, negro y brutal.
—Deux demis, s’il vous plaît, Monsieur, sacré con de Nom de Dieu!
Maigret huele a Europa, a cocido, a tascurcio y a gente. Maigret es analógico como si el tiempo no pasara, analógico como la madre que lo parió y como las piezas de acero del motor de un dos caballos: inasequibles al desaliento. Maigret, que señaló el camino a Carvalho y a Jaritos, a Caldas y a Torca, a Bevilacqua y Chamorro, a Wallander, Montalbano, Bernal y Brunetti, cumplirá pronto cien años. Maigret es otra cosa, luminosa y bella dentro del horror que es estar vivo. Maigret no es literatura. Maigret es uno de nosotros, y por eso nos gusta.


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