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Barrio de las Maravillas, casa de Rosa Chacel

Barrio de las Maravillas, casa de Rosa Chacel

Foto de portada: Fachada  del edificio donde vivió Rosa Chacel de 1908 a 1911, donde ambienta “Barrio de las Maravillas”. En la imagen, retrato de la escritora que coloco para realizar la fotografía.

La Gran Vía, que por la noche estaba llena de colores, se había convertido en algo apagado, una masa blanquecina y aplastada. Incluso el sol no se veía, ni amarillo ni naranja. Todo, tal vez, podía intuirse debajo de una luz polvorienta. No había árboles para los malditos. Los edificios parecían transparentes. La hora había robado la sombra. El aire no refrescaba. Las moléculas de oxígeno parecían grandes para las narinas.

Todo el que ha pasado un verano en Madrid lo sabe. Y aquel, tal vez, fuera el segundo para mí, el día que conocí Malasaña de día.

No hacía mucho tiempo habían puesto una placa en honor a ella, en la fachada de una casa que daba nombre a uno de sus libros: El Barrio de las Maravillas, por donde transitaban sus personajes y donde la escritora había vivido.

"Ella era Rosa Chacel y acaba de morir este verano. No la conocí. Y no había terminado de leer este libro que ahora tenía en mi bolso"

En la calle San Vicente Ferrer, nº 32, esquina con San Andrés, encima de la farmacia y la huevería, en el distrito Centro de Madrid, después llamado barrio Universidad, pero que todo el mundo conocía y conoce como Malasaña, gracias a aquella Manuela muerta tras el levantamiento contra las tropas francesas el 2 de mayo de 1808.

Ella era Rosa Chacel y acaba de morir este verano. No la conocí. Y no había terminado de leer este libro que ahora tenía en mi bolso. Nunca lo hice. Tal vez fuera la edición que había cogido en la Casa del Libro, de letra muy pequeña y texto abarrotado, la que me lo complicaba…Tal vez porque era una novela sin capítulos… O porque apenas en las cincuenta primeras hojas ya había encontrado algo que merecía la pena, algo que podía robar. ¿Para qué seguir?

Los antiguos mosaicos de la huevería y de la farmacia, establecimientos a los que se hace referencia en Barrio de las Maravillas, de Rosa Chacel

No necesitaba ni a Elena ni a Isabel. Solo quería probar a oler rosas de plástico, como ellas lo hacían. Rosas de trapo o rosas de porcelana, como las que mi tío Eustaquio regaló a mi madre para acompañar los muebles del salón… Las recordé y sentía la curiosidad por volver a la casa de mis padres y de nuevo verlas. ¿Cómo olerían a partir de ese momento aquellas rosas de color rosa que trasteaban entre ellas al mover el jarrón de sitio, cuando mi madre las quitaba del centro de la mesa y extendía el mantel bordado, que olía a recién planchado y reflejaba la luz?

Tal vez por ello seguí avanzando en el libro. Y de repente, me encontré con esa luz.

"Fue su forma de perseguirla a través de un pasillo o describiendo sus reflejos escapando de una habitación donde no querían estar encerrados"

Y fue su forma de perseguirla a través de un pasillo o describiendo sus reflejos escapando de una habitación donde no querían estar encerrados. Fue como la contaba y describía lo que hizo que la propia escritora me robara el resto del libro, haciéndome volver una y otra vez a esas páginas donde Rosa Chacel se movía ligera. Ahora sí que, definitivamente, seguir leyendo no tenía sentido.

Se movía la luz, primero en las persianas verdes casi enroscadas que se descolgaban hacia unas calles silenciosas a la hora de la siesta. O se reflejaba aquella primera zarandeándose entre los visillos al amanecer y que luego iba entrando en las casas para pasearse sigilosamente por un largo corredor; aquella que traía consigo el ruido de la calle ya despierta, que se mezclaba con el ruido de la máquina de coser, o con la que iluminaba las teclas en movimiento del piano que, como pequeños escalones, con su sonido, despertaban al gato, que se había escurrido como la luz desde la buhardilla, donde era implacable la luz…

Sé de Rosa Chacel lo que busqué después de aquel libro.

Lo que luego he ido recordando y leyendo por internet.

¿Era antipática? ¿Se quejaba mucho?… No lo sé. He leído alguna de estas críticas.

El edificio en la calle San Vicente Ferrer nº 28-32, esquina con San Andrés ha sido convertido en apartamentos vacacionales. La placa conmemorativa colocada en 1991 entre los dos balcones encima de la huevería, de momento, ha desaparecido.

Nunca la estudié en el colegio. Nunca me la enseñaron. Como otras mujeres, apenas aparecieron en los libros de texto. Aquellas editoriales solo tenían tinta para ellos.

De momento, hoy la placa que la recordaba en la calle San Vicente Ferrer nº 32 ha desaparecido. El antiguo edificio se ha vaciado. Han eliminado los cuartos, los muros que los rodeaban desde el primero a la buhardilla. Los personajes que la habitaban, sin suelo, se han caído al vacío. Ahora será un bloque de apartamentos turísticos.

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