La poesía es un intangible. No han sido pocos los que, aun sabiendo que si lograban atraparla se malograría, se han empeñado en perseguir su estela. La unanimidad en torno a lo poético suele ocurrir con textos inequívocamente simbólicos, profundos, capaces de herir o de provocar catarsis. Y un elemento consustancial a ese valor estriba en la capacidad para mostrar otro mundo. Uno en el que las matemáticas y la física no rigen el universo. Y las leyes gravitatorias oscilan, como en realidad debería ser, en torno a la armonía, el dolor, la pasión o la eufonía. Entre esas categorías se dan, de manera natural, conexiones sublimes o desesperadas, insólitas e inopinadas. Son elementos inmiscibles en el mundo de lo cierto, si es que los versos no logran serlo por sí mismos. La combinación de categorías en apariencia ajenas es un principio clásico de la lírica. En esta liga juega, desde su mismo título, el nuevo poemario de Alejandro Pedregosa: Lo que sé de Whitney Houston.
La construcción del autor parte de un sentido plenamente poético de la existencia. Hay, detrás de sus versos libres, un modo de acercarse a la desesperación de lo truncado. Recuerda, con su aire vocativo, a otros poemas que buscan el sentido de la existencia, como el If de Kipling, pero en un registro completamente distinto. Toma la historia, la intriga por conocer los entresijos de la vida, el pasado, la identidad o los peldaños del crecimiento doliente como motivo para establecer un diálogo con la cantante malograda, su entorno y su fatalidad. Los temas a los que se enfrenta son el desamparo, la pérdida, o el suicidio. Son las huellas de los tajos, desde el desamor a la orfandad. Y lo hace sin grandes alharacas, pero con perlas escondidas en cada poema. Lo justo para emocionar. La extrañeza de combinar elementos cognitivos tan diferentes gana interés por las formas y los temas que rescata, pero sobre todo por lo que se dice sin decir. El poder evocador asoma a cada rato.
Pedregosa, que confiesa vivir en la hibridación de hacer cada vez más poéticas sus novelas y más narrativos sus poemarios, lanza versos con homenajes no explicitados sobre el camino («yo también disfruté de un atardecer en La Landas»). Sus significados parten y se difuminan en la evolución personal de cada uno. Se sostienen en la belleza de las imágenes sugeridas y en un modo de vivir —que también es mirar—. La imposibilidad de atrapar esas sensaciones, pero de existir en el anhelo de escribirlas, se manifiesta en estas letras. Es un torrente que se normaliza en la cotidianeidad de un parpadeo. A este respecto, existe una geografía secreta, imposible de trazar salvo en la nostalgia (o en la desdicha feliz de lo que no fue), de los pasos dados, de los linderos que significan y de los lugares vividos.
No obstante, una de las bondades del poemario descansa en su concepción como conjunto. Hay un juego literario que no deseamos desvelar, pero que impele hacia la experiencia propia y hacia el dolor por los que no están. Pedregosa nos tiene acostumbrados a juegos literarios que son parte de su escribir y de su sentir, pero aquí lo lleva a otro nivel. Cierra en el poemario un círculo que le narra como autor, pero que también establece un vínculo universal. Los temas que aborda nos atañen a todos. Sus maneras, estéticas y sensibles, amplían el cauce de su creación.
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Autor: Alejandro Pedregosa. Título: Lo que sé de Whitney Houston. Editorial: Cuatro Lunas. Venta: Todos tus libros.


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