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Esto no es folk horror (y ahí está la gracia)

Esto no es folk horror (y ahí está la gracia)

«El agrohorror esperpentiza la realidad rural tal y como Valle esperpentiza el mundo urbano madrileño: tirando de exageración y caricatura, enfrentando lo terrible al humor, a lo decadente, a lo soez. En ocasiones, según la mirada particular de cada autor agrohorroreño, se enfrenta lo terrible a lo poético, o a lo surreal o a lo más terrible todavía en un doble, triple salto mortal».

De aquellos polvos vienen estos lodos, y del canon establecido por Ana Martínez Castillo y David Roas en Agrorror: Cuentos de lo insólito rural —de Eolas Ediciones— es lógico que surjan nuevas obras que sigan esta estela. Libros que permiten identificar nuevas voces —literarias o cinematográficas— y que, al mismo tiempo, amplían el territorio del género. Porque, a estas alturas, para disfrute de los lectores, podemos asumir que el agrohorror ha venido para quedarse.

"Si en los relatos de Niños Roas dibujaba un mapa de las relaciones paterno-filiales, aquí traza una cartografía de los territorios rurales. El campo es personaje y núcleo"

La versatilidad de la propuesta y la amplitud de enfoques que ofrece el género se despliegan en los siete relatos de Territorios, la obra de ficción donde el propio David Roas explora y juega con lo que el agrohorror puede dar de sí. Siete relatos —número muy de cuento de hadas, aunque acaso las hadas tradicionales quizá a priori se sientan más cómodas en el folk horror— que conforman el libro, cuyo título al completo, Territorios: Apuntes sobre el Agrohorror, no aparece en la portada —esa portada tan agrohorroreña con espantapájaros, cuervos, campo de trigo y sobre todo gorra de Caja Rural— pero sí en el interior, donde actúa como una clarísima declaración de intenciones.

Y es que el libro funciona como un mapa de miradas y atributos del agrohorror: humor, fantástico, intertextualidad, pero también emoción y vínculos familiares que beben de la tradición y la transforman y que, en alguno de los relatos, se traducen en una emoción más discreta pero igual de intensa que en obras más realistas.

Si en los relatos de Niños Roas dibujaba un mapa de las relaciones paterno-filiales, aquí —también desde lo fantástico y con ese humor tan suyo— traza una cartografía de los territorios rurales. El campo es personaje y núcleo. Y sin embargo, hay una continuidad clara con su obra anterior, hasta el punto de que podríamos empezar a hablar de un imaginario propio, casi del «universo Roas». A lo mejor no es tan casual, por ejemplo, que Territorios se abra precisamente con el relato de un niño fantasma como detonante, inquilino de la casa-herencia —no tan envenenada— que recibe el protagonista —y narrador— de «El gañán entre el centeno».

"Lo que demuestra Roas es que el agrohorror tiene mucho que decir desde lo propio, desde una geografía que no necesita importar mitologías ajenas"

Ya en este primer cuento se despliegan muchas de las claves del libro. Y desde la primera página, el mismo personaje nos advierte: «Por aquí no vais a encontrar oscuros bosques susurrantes, arcaicos túmulos funerarios o castillos medievales en ruinas (por este pueblo la historia debió pasar de largo), ni menos aún sofisticados ritos paganos en honor de antiguos dioses. Esto no es folk horror. Ya me gustaría. Y por si alguien se lo estaba planteando, no heredé Hill House».

Pero lo que demuestra Roas es que el agrohorror tiene mucho que decir desde lo propio, desde una geografía que no necesita importar mitologías ajenas. En este primer relato encontramos ya ese núcleo: ruralidad, humor grotesco, intertextualidad y, sobre todo, juego. Si escribir es jugar, este género es especialmente juguetón. Y disfrutable. Sin perder, eso sí, la profundidad: fantasmas en un campo de centeno —con ecos inevitables a cierto maizal de Stephen King— que nos recuerdan la soledad que siempre nos acecha.

"Cuerpos que, despojados de su aura religiosa, pueden convertirse en algo profundamente siniestro. Como los cuerpos que no acaban de perecer en el sexto relato"

A partir de ahí, el grotesco se intensifica en «A matanza do porco», donde la realidad —como bien sabe quien haya escuchado a Roas— a veces iguala, o incluso supera, a la ficción. Un relato que también apunta hacia el peligro del turista imprudente, ese que irrumpe en tradiciones que no comprende. Algo que reaparecerá más adelante, de forma aún más inquietante, en otro de los relatos de la antología.

Pero el siguiente cuento, «La invasión de los ladrones de huertos», introduce un nuevo guiño intertextual —el cine como fuente constante— y podría rozar el plant horror. Sin embargo, la aparición de los «jisters» y de un tal bar Venancio lo devuelven al territorio de lo grotesco, más afín a lo agrohorroreño.

Y aquí llegamos, ahora sí, a los que me han parecido dos de los relatos más inquietantes del libro. El primero, «Listo para usar», dialoga, en mi opinión, con otro cuento de Roas, «Celebración en familia» —uno de mis favoritos—, que pertenece a su libro Distorsiones. Porque en ambos no solo los espacios idílicos pueden ser siniestros: la familia también se convierte en el mayor de los horrores. En este caso, el miedo se materializa —con esa ironía tan característica del autor— en un vestido verde maldito y fantasmal encontrado en el desván de la casa de la abuela —en el pueblo, claro—, que remite incluso a un relato de Lafcadio Hearn, «Furisode», con un kimono bastante oscuro, también.

"Un regreso al origen, a la tradición, pero también a la emoción. A la necesidad, quizá, de seguir sintiendo cerca a quienes ya no están. Porque el agrohorror también puede ser, y aquí lo es, profundamente íntimo"

Después, «La conjura de los recios» retoma la idea del turista intruso de «A matanza do porco», pero añade una capa más perturbadora: los cuerpos incorruptos de los santos que turistas incautos desean contemplar. Cuerpos que, despojados de su aura religiosa, pueden convertirse en algo profundamente siniestro. Como los cuerpos que no acaban de perecer en el sexto relato, «La noche de los puercos vivientes»: una historia, de zombis, sí —aunque no sean los usuales— con algún eco lovecraftiano que provocará la irrupción de lo monstruoso.

Por último, el cierre, «Rituales», funciona casi como un eco de Niños. Si aquel terminaba con «Subsistencia», donde el horror y los zombis convivían con una inesperada sensibilidad, aquí el viaje concluye en San Andrés de Teixido y una frase que se queda con nosotros como el propio relato: «A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo». Un regreso al origen, a la tradición, pero también a la emoción. A la necesidad, quizá, de seguir sintiendo cerca a quienes ya no están. Porque el agrohorror también puede ser, y aquí lo es, profundamente íntimo.

Así, Territorios encaja perfectamente en la «cosmogonía» de Roas: explora las múltiples formas del horror —tan diversas como quienes lo escriben— y traza una nueva parada en su universo literario. Un universo donde lo rural —sea en el campo o en un pueblo frente al mar— atrapa: a través de fantasmas que terminan siendo uno mismo, de una naturaleza que crece de forma imprevisible o de rituales que nos convierten en parte de algo mayor. El libro, así, abre y cierra círculos: del niño del inicio a los rituales finales. Todo regresa, todo encuentra su eco y continúa. Y ahí —en ese gesto— el agrohorror se afirma: no solo ha llegado para quedarse, sino que sigue expandiendo sus territorios.

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Autor: David Roas. Título: Territorios: Apuntes sobre Agrohorror. Editorial: Páginas de Espuma. Venta: Todos tus libros.

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