Tiene el escritor y periodista Sergio del Molino una trayectoria cuajada. Sin haber alcanzado la cincuentena, reúne ya casi una docena de libros narrativos en general bien recibidos por la crítica y con buen número de lectores. A reservas de lo que diga el imprevisible porvenir, figura entre los nombres interesantes de las letras castellanas actuales. Su trayectoria revela su personalidad, al haber practicado sin indecisiones la escritura de testimonio, la autorreferencial y la fabulación. En su bibliografía conviven una autoficción con ambición ensayística acerca de la psoriasis que él mismo padece (La piel), un emblemático reportaje sobre el despoblamiento rural (La España vacía), una hagiográfica semblanza del expresidente Felipe González (Un tal González) o una novela histórico-inventiva (Los alemanes).
Dicho de forma rotunda, y para así subrayar la diferencia entre dichas dos partes, el manuscrito de Rascón es una novela. Juan Antonio Rascón es un personaje cierto, aristócrata, conspirador liberal, político, diplomático y periodista cuya larga existencia, de 1820 a 1902, le permitió una activa intervención en la ajetreada vida pública del ochocientos. Pasando de la vida a la ficción, Rascón tuvo complicidad política con el hermano de Rosario y gracias a ello trató bastante a la chica en su ajetreada juventud revolucionaria. En el “manuscrito” recuerda aquellos tiempos y evoca ya en la ancianidad con entrañada nostalgia su amor por la joven. Como sostén de la base verídica de la novela, Del Molino recoge la elogiosa, sentida e informativa “necrolojía” que Rascón publicó en un semanario madrileño en 1843, fecha de la prematura muerte de su amiga.
Rascón dedica muchas páginas de su memorándum a recrear las peripecias vitales de Rosario, la vida madrileña con su mentor, los años de exilio junto a él y a su madre en Burdeos y la vuelta a España, fallecido Goya. Todo aquel trajín lo muestra con pinceladas vivaces que reproducen una atractiva estampa familiar. El carácter hosco del pintor lo contrapone al cariño que manifiesta a la niña, prueba de su paternidad disimulada. También imagina la formación artística de la muchacha, bajo la mirada atenta del (presunto) padre, quien le dirige la mano a la vez que ambos hacen trabajos en colaboración. Es un relato convencional que sigue el cauce de las narraciones psicologistas con el logrado objetivo de presentar los caracteres bien diferentes de Goya, de Leocadia y de Rosario. También recurre a las rutinarias descripciones ambientales y paisajistas de la novela decimonónica.
En suma, Del Molino hace un relato de amor encuadrado en su marco histórico. Las tintas elegíacas propias del Rascón que recuerda melancólico y aún enternecido por aquella pasión antañona a los sesenta años (“La amaba. La amé. La amé […] en una carne que ya no puede ser amada porque hace treinta y cinco años que se pudrió en la Sacramental de San Isidro”) galvanizan la memoria de Rosario, cuya personalidad humana y artística desempolva. Del Molino adorna el escrito testamentario con la fibra emocional que Rascón hurtó a su obituario.
De todas maneras, la historia de amor, a pesar de su importancia, compite con el marco histórico. Del Molino quiere emparejar en relieve ambos objetivos y supongo que ha calculado con atención los elementos que cada uno requería. Pero no ha llegado a equilibrarlos. Para mí, el marco se come en buena medida a la anécdota singular. Y no para mal, adelanto. El marco coincide en un largo trecho con el galdosiano de los Episodios. La novela concurre también con la saga de don Benito en el espíritu y en la forma. Una historia de amor no falta de aventuras hilvana la reconstrucción de las extremas tensiones políticas de la época. La hija reconstruye la lucha sin cuartel entre el absolutismo y el liberalismo. Refleja la contienda entre la tiranía y la libertad. Ilustra la contraposición de antigüedad y modernidad.
La apuesta por el triunfo de las opciones progresistas se acompaña de la exaltación del idealismo liberal. Rascón aporta nutrida munición informativa. Supone un buen gancho la presencia de personajes notables del momento, desde, en un lado, el “Felón” hasta, en el otro, Moratín, Espoz y Mina o Espartero, entre otros muchos. Se plasma bien la desventura de una de las dos Españas con los pormenores de aquel primer gran exilio de nuestra historia contemporánea: es uno de los mayores aciertos de la novela. Y la abundancia de noticias acerca de la vida popular y del mundillo palaciego —las observaciones anotadas con asombro por los viajeros románticos que también alimentan la narración, aunque no se los cite— sirve de humus donde brota una novela histórica excelente.
Este magnífico resultado se debe a la pericia narrativa del narrador clásico que en esta parte del libro no disimula Sergio del Molino. Un escritor distinto, el “moderno”, domina la parte segunda. Empieza ya con una broma de dudosa gracia: designar su texto como “manuscrito encontrado” (¿deberá esta fórmula algo al título de la enrevesada novela fantástica del conde polaco Jan Potocki El manuscrito encontrado en Zaragoza?). Es una concesión al gusto del día un tanto narcisista que ampara, con la jerga hoy de moda, una autoficción o un relato de no ficción. Esta parte constituye, en realidad, una exposición del taller del autor: la circunstancia casual en que surgió su interés por Rosario Weiss, las visitas al Prado para contemplar la obra de la dibujante y pintora, los estudios y lecturas realizados sobre ella, su arte y su época, las averiguaciones para determinar la relación filial de la chica con Goya y los análisis personales sobre los que descansa su alta evaluación estética de la olvidada artista. Las referencias personales, la documentación, el análisis y lo ensayístico sustituyen, por tanto, a lo narrativo.
El conjunto de estos materiales resulta pegadizo, por decirlo suavemente al modo cervantino, respecto del motivo central del libro, el enfatizado por el título, “la hija”. No pocos pasajes se encuentran que constituyen auténticas digresiones; verdaderos rellenos, o pegotes, dicho con ajustado coloquialismo. Los apoyos académicos aducidos recuerdan más de una vez al doctorando que los necesita para sustentar su trabajo e incurre en inocentes deslumbramientos: no otra cosa supone la valoración de la teórica holandesa Mieke Bal. Tampoco falta un propagandismo al orden del día, al atribuir la falta de reconocimiento de Rosario Weiss a su condición de mujer. Los apoyos bibliográficos y académicos se utilizan de modo algo caprichoso: se insiste en ciertas referencias, pero se margina alguna; solo de pasada se menciona el ensayo de Valeriano Bozal Pinturas negras de Goya, aunque ahí ya sostuvo este crítico lo mismo que ahora Del Molino: que estas extrañas composiciones de la Quinta del Sordo madrileña del pintor expresan una insólita modernidad, se adelantan al futuro.
También hay, sin embargo, abundante materia jugosa en el “manuscrito” de Sergio del Molino. Destaco sus observaciones sobre las técnicas pictóricas, junto a la notable sensibilidad en las apreciaciones artísticas. También la relatividad de los juicios históricos sobre el arte y el peso que el poder ejerce en la fijación del canon crítico: lo explaya en las diatribas contra la influencia de sucesivas generaciones de la familia Madrazo en las instituciones a lo largo de casi toda la centuria decimonónica. Seguramente Del Molino proyecta, sin decirlo, la relatividad de los valores establecidos en las letras y en nuestros días.
Se lee, pues, el “manuscrito” juguetona, posmodernamente atribuido a Sergio del Molino con interés y con provecho —y con no poca fatiga, también—, pero no le encuentro, en verdad, razón de ser. Razón de que lo adose el ensayo a la novela de Rosario Weiss. A no ser que solo haya querido darse un gusto o de que busque mostrar una poderosa capacidad narrativa. Pero casi setecientas páginas, grandes, además, en total son muchas páginas. Demasiadas. Incluso si concedemos como atenuante del delito de lesa continencia la confesión del propio Sergio del Molino acerca de “mi tendencia natural a la digresión”.
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Autor: Sergio del Molino. Título: La hija. Editorial: Alfaguara. Venta: Todostuslibros.


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