«Estas palabras forman el charco de la escritura que se desangra». Subrayé esta oración antes de entenderla, la primera pista de que no estaba preparada para lo que iba a encontrarme en Peces, de Eva Baltasar.
Tras darle muchas vueltas, para mí Peces es una historia sobre cómo sobrevivir a los candirús. Estoy segura de que conocéis a estas criaturas de oídas. Los candirús son esos peces que, según cuentan las malas lenguas, se meten por los orificios genitales o excretores y devoran a sus víctimas desde dentro. Hay bastante de leyenda urbana alrededor de los candirús, pero estoy convencida de que no soy la única que los ha usado para asustar a algún amigo que proponía darse un baño sin ropa en la playa.
En Peces, la protagonista se enamora de un candirú llamado Victoria. «Es ella», se dice la protagonista sin nombre cuando Victoria le pregunta cuánto pescado frito quiere. En esa revelación hay algo místico y la protagonista ya no ve a una desconocida frente a sus ojos. Ve a la elegida, a una gigante, a una diosa, al Deseo hecho carne.
Estas visiones son las que hacen saltar las primeras alarmas a quienes observamos desde fuera, también las que provocan que la protagonista se aferre con más fuerza a su parásito. Para la protagonista, Victoria es algo irreal que nunca podrá comprender del todo, un ser con habilidades que ella admira desde su incapacidad para recrearlas. Victoria son los rituales perdidos y el sexo en su estado más puro, uno capaz de someter su voluntad, de empapar sus muslos con el olor a pescado todavía impregnado en los dedos.
¿Sabíais que al candirú también se le llama «pez vampiro»? Parece ser que absorbe la sangre de sus huéspedes y, con el tiempo, los destruye. También hay una web que dice que no succiona la sangre, sino que se adhiere a una arteria y hace que la sangre fluya por su sistema circulatorio. Pienso en el candirú e imagino una herida abierta en su cuerpecillo largo y viscoso, una que deja ir toda la sangre, que siempre lo deja con ganas de más porque no puede retener ni la suya ni la que roba.
El candirú nació para hacer daño a otros, por eso es necesario saber defenderse de él, sobrevivir a su ataque, y la novela da unas instrucciones precisas sobre cómo hacerlo: «[…] las manos que escriben para despoblar los corazones vivos de todo aquello que no se quiere escuchar o que no se sabe deshacer, que no se puede ni ver porque es insoportable, esas manos son manos y son dagas a la vez».
Para sobrevivir al amor de Victoria, es necesario recurrir a la escritura. No a la escritura como fuga, sino como algo visceral, algo capaz de escarbar en el alma del escritor y sacar de él lo que teme nombrar. La protagonista dice en un momento dado: «Escribir es matar ese algo [algo que preexistió, invisible y versátil] para dejarlo así expuesto en el existir».
¿Qué pasa cuando a la «inquietud» en el pecho se la nombra «alcoholismo»? ¿Cuando «ella» comienza a asociarse con «sangre», «infección» o «destrucción»? ¿Cuando el futuro se convierte en un párrafo prescrito en tu mente?
«La escritura no te libra de nada». Fue lo último que subrayé de la novela porque yo la había empezado aferrada a la idea de que la escritura sí libera. Sin embargo, ya antes de la última página, me había dado cuenta de mi error. La escritura atrapa, la escritura estampa, la escritura exalta, la escritura otorga vida.
Peces es una historia de amor y supervivencia, y las palabras que la componen son la diosa a la que se le ruega claridad y el final del candirú que nunca conseguirá saciarse.
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Autora: Eva Baltasar. Título: Peces. Traductor: Unai Velasco. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.


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