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El paraíso perdido (y demoníaco) de Bernardo Atxaga

El paraíso perdido (y demoníaco) de Bernardo Atxaga

He tratado de averiguar por qué Bernardo Atxaga (Guipúzcoa, 1951) ha titulado su último libro Golondrinas. De hecho, he de reconocerlo, es una obsesión personal. Y escribo que se trata de una obsesión personal porque trato de descubrir las primeras claves que me ofrece un texto a partir del párrafo en el que aparece la palabra o las palabras que se han utilizado para titular el libro: Golondrinas. En este caso, Atxaga utiliza por primera vez la palabra golondrinas en la página 86, cuando el narrador, que se llama Uzariel y es apodado Milton —sí, como el autor de El paraíso perdido—, además de ser un demonio está también a las órdenes, hemos deducido, de Luzbel, dice: «Pedro contestaría afirmativamente: aceptaría con gusto uno de los trozos de los bueyes con tres golondrinas en vuelo, “en el caso de que los familiares no quieran recomponer el relieve y guardárselo entero”. Saulo, entonces: “Se lo preguntaré, y si no hay inconveniente te lo llevaré metido en una caja”. En ese momento…».

El fragmento no parece que diga nada, pero se pueden deducir algunos de los ingredientes narrativos con los que Atxaga compone Golondrinas. Aparece el narrador, que es Uzariel, un demonio; también se presentan los mimbres con los que Milton escribió El paraíso. Cómo no, el nombre de Pedro, protagonista, sobre todo, en la tercera parte, que es la que acontece en 2042, se presenta a la par con el nombre de Saulo; las reminiscencias evangélicas son evidentes y que, por otra parte, son descalificadas de manera gratuita. Hay una clara tendencia a ridiculizar los comportamientos católicos y evidentemente, hay una clara intención de ataque a la religión católica, que según el jefe de Uzariel, está liderada por un Tirano (esta entre muchas otras); en ese mismo párrafo en el que aparecen las golondrinas participa Aura, que es una chica de doble faz, agente inmobiliaria que tratará de venderle el caserío a Pedro, pintor artístico de renombrada fama. Y, por último, aparece el primer protagonista de Golondrinas, Urtain, del que hablaremos después: «El destino de los restos inorgánicos de la tumba de Urtain, ese iba a ser el tema». Y si este es el tema, aquí empieza la novela.

Por extraño que resulte, es significativo que en el párrafo donde aparece por primera vez la palabra golondrinas estén dibujadas las líneas de fuga sobre las que Atxaga construirá esta novela realista con muy bien elegidos elementos fantásticos. Lo decimos ya: Golondrinas es muy original.

"Hasta aquí un somero esbozo de los elementos realistas que componen la novela, pero Golondrinas sería un título del montón si no apareciese el elixir fantástico que Atxaga emplea en sus novelas"

Los elementos realistas. La acción, por ejemplo. Durante la novela los acontecimientos se desarrollan a lo largo de tres periodos o fechas: 1992, 2017 y 2042. De hecho, se establece una marca de dichos periodos en la estructura física de la novela, puesto que se presentan en tres partes diferenciadas de setenta, noventa y noventa páginas cada una. Dichas fechas se marcan a partir del cementerio de Arroa Goia y un caserío vasco que está en venta por la muerte de su propietario. Entre estos dos lugares comienza la novela en 1992, cuando acuden al entierro de Urtain, boxeador suicida, un grupo de personajes. El buen quehacer narrativo de Atxaga en esta primera parte no olvida presentar a Guillermo, que será el protagonista de la segunda parte, la que se narra en 2017. Guillermo es un hombre de mala reputación y vida, relacionado con las drogas y el tráfico de putas, que fallecerá en el accidente con una moto Lambretta. Será en este momento cuando la trama la protagonice Pedro, al que Aura tratará de vender el caserío de Guillermo, que a su vez muere en 2042. Ninguna muerte es descrita, sino que se ofrecen como datos por el diabólico narrador, Uzariel.

Hasta aquí un somero esbozo de los elementos realistas que componen la novela, pero Golondrinas sería un título del montón si no apareciese el elixir fantástico que Atxaga emplea en sus novelas. Y aquí, sin lugar a duda, se incorpora el elemento más original: la elección del narrador Uzariel, cuyos compañeros de escuadra no saben que «tiene los recursos expresivos de una hiena». Él mismo, incluso, reconoce por qué se convirtió en el narrador de esta historia de Atxaga —y pisamos un poco las arenas movedizas de la metaficción—: «Debido a mi función en la escuadra, que es la de redactar informes, mis compañeros se burlan de mí llamándome Milton. En el fondo me tienen un poco de envidia, porque ellos, cuando se ponen a escribir, lo hacen fatal». Hay cierta equivalencia entre esta afirmación y aquella en la que se cuenta que Milton, debido a su gran inteligencia y su aspecto afeminado, era llamado y ridiculizado por sus compañeros de estudios como Lady of Christ’s.

Uzariel, por tanto, cuenta, narra, juega incluso a ser como Dios, y, por ende, omnisciente, porque ve, simula e incluso se adelanta a lo que van a hacer los personajes de los que cuenta sus andanzas, personajes denominados seres materiales, frente a ellos, los demonios, denominados grigoris o ángeles militares, que están caídos, en definitiva.

"Del mismo modo, y por qué no escribirlo, Golondrinas entera sería una original interpretación de El paraíso perdido de Milton"

Así que, durante la primera parte, Uzariel nos sumerge en el destino trágico del boxeador Urtain. Y de qué manera, puesto que Azazel, compañero de Uzariel, afirma que «los suicidios me encantan». Un primer suicidio que es muy bien planeado por los hijos de Satán, puesto que Urtain debería recorrer los 8,60 metros que había desde el sofá donde estaba hasta el balcón, para así caer a plomo durante 34,30 metros. Esta precisión no impide que nos sorprenda el prosaísmo de ciertos diálogos entre estos ángeles del infierno.

De igual manera ocurre durante la segunda parte, que gira en torno a la mala y puta vida de Guillermo, para acabar en la tercera parte con la relación entre Pedro y el caserío vendido por Aura. Si bien es en esta última parte donde los secretos que se han ido desperdigando por toda la novela se destapan, hay que reconocer que la intriga que utiliza Atxaga en algunos momentos pierde cierto fuelle o ha sido claramente recortada por motivos de extensión. De hecho, esto se intuye en lo deslavazadas que están los finales de las dos primeras partes de la novela; como si les faltase hilo que las uniera bien.

No obstante, la novela se precipita hasta el final y de manera vertiginosa a partir de la página 217, cuando el desenlace parece encarnarse en una de las verdades que trae a colación Azariel sobre Rousseau en sus confesiones: «Cuesta mucho más confesar las cosas ridículas y vergonzosas que las maldades cometidas». Y todo se descubre, incluso se comprenden los porqués. Del mismo modo, y por qué no escribirlo, Golondrinas entera sería una original interpretación de El paraíso perdido de Milton. Una novela en la que Atxaga usa a un demonio-narrador con el que explorar temas de cierta suculencia, como el suicidio, el desamparo existencial, la amistad traicionada y la inevitable metáfora de las golondrinas como aves de paso, que marcan instantes de gracia y tragedia y se van, como se van en la novela Urtain, Guillermo y Pedro, configurando así, desde luego que sí, una novela muy valiente para este tiempo.

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Autor: Bernardo Atxaga. Título: Golondrinas. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

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