Tómalo del árbol al amanecer. Te habrá llamado un destello rubí entre la fronda. Muérdelo entonces sin esperar más, antes de que salga el sol por la colina. El sol está en esa carne amarilla que se derrama fresca por tu lengua. Es luz líquida, muy dulce, sabor de luz. Tu estómago se alumbrará con la frescura del durazno, mientras tus células, aromándose, te informan de que no hay placer mayor.
Lo pienso ante este árbol que he plantado y que he visto crecer en el secano, desde que se desplegaron sus primeras hojas como párpados de recién nacido, hasta que los brotes se volvieron espesura, el tronco superó mi coronilla, y vi aparecer entre las ramas unas esferas ásperas y apretadas como piedras.
Cuando se habla de la alquimia no se habla del durazno. De cómo la primavera va trabajando en el interior del fruto, estirando sus fibras y llenándolas de un oro jugoso que sintetiza los minerales que suben desde las raíces, y los mezcla con los hilos del sol, en un proceso de transformación de la dureza a la blandura, de lo pequeño a lo grande, de lo amargo a lo dulce, del sinsentido al sentido. Del verde al amarillo, y del amarillo al rojo.
Lo saben los pájaros que aguardan en el boscaje de los olmos, haciendo que se interesan por la nueva generación de insectos, o por las aceitunas secas que todavía no han enterrado el polvo y los cardos. Los pájaros y yo estamos esperando.
Entonces, un día, al amanecer, veremos una llamada roja en la copa del árbol que, hasta ayer mismo, verdeaba discreta.
No la habremos visto, por supuesto, a la vez. Me lo dice el fruto que tengo en la mano, y que, en las partes más blandas de la esfera, ya ha sido picoteado. Otro, que queda en el árbol, ha sido comido hasta la mitad.
Muerdo uno entero allí mismo, envuelto en el olor del durazno, mientras el sol comienza a hervir entre los olmos. Y, en ese gozo de compartir un mismo fruto con los pájaros, una carne medicinal se distribuye por mi estómago.
No es alimento. Es sanación. Como si un mensaje secreto y olvidado estuviese surgiendo desde mi interior. Como si mi carne atávica estuviese agradeciendo algo que esperaba desde siempre, desde que existe el ser humano sobre la tierra.
Picados en la piel, mordidos y mordiendo, elegidos y eligiendo, pletóricos de ser.


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