Hay libros que se leen y otros que, sin apenas advertirlo, contribuyen a modelar al lector y configuran la personalidad que termina teniendo. Bastó el anuncio de que Zenda-Edhasa incorporaba a su colección de grandes clásicos de aventuras Capitanes intrépidos, del periodista y escritor Rudyard Kipling (Bombay, 1865 – Londres, 1936) para que regresaran a mi memoria aquellos años sesenta en que las historias del Nobel de Literatura de 1907 se convirtieran en un descubrimiento continuo. Eran obras sencillas de leer, divertidas y que con el tiempo descubrí que ocultaban una extraordinaria calidad literaria. Páginas capaces de emocionar, entretener y, además, educar. Pertenecían a una forma de entender la literatura donde los valores ocupaban el centro del relato y donde uno comprendía que era preferible aspirar a la integridad antes que dejar que la carcoma del egoísmo terminara devorando cuánto de noble alberga el ser humano.
Con la experiencia lectora acumulada por los años, al volver a tener el libro entre mis manos, me surgió una pregunta inevitable: ¿seguiría conmoviéndome Kipling como entonces? La respuesta fue un sí rotundo. Su prosa conserva intacta la virtud de hacerme sentir que sigo escuchando al extraordinario narrador que había descubierto al calor de los fuegos de campamento. El tiempo ha respetado las letras de Rudyard Kipling.
El protagonista de la novela es Harvey Cheyne, hijo de un magnate de los negocios industriales en EEUU. Insolente, consentido, despreciativo y convencido de que el dinero puede resolver cualquier problema, que ve cómo su existencia da un vuelco cuando accidentalmente cae desde la cubierta de un crucero de lujo y es rescatado por el pesquero We’re Here, que se encontraba faenando en los grandes bancos de bacalao de Terranova. Su patrón, Disko Troop, decide tratarlo como a cualquier otro grumete, al no creerse las grandezas de las que alardeaba. Lo que comienza como una desgracia acaba convirtiéndose en la gran oportunidad de su vida. Durante dos meses deja atrás el lujo, los privilegios y los sirvientes para descubrir la disciplina, el compañerismo y que le gusta el trabajo manual, que le reporta una dignidad desconocida hasta entonces. Allí comprende que nunca había estado tan solo como cuando vivía rodeado de comodidades. Paradójicamente, es en un pequeño bacaladero donde encuentra la familia que tanto necesitaba y que nunca tuvo.
El auténtico corazón del libro lo encontramos en la experiencia y el aprendizaje que, sin darse cuenta, recibe el protagonista. Harvey aprende observando e imitando a los marineros, escucha sus historias, acepta sus exigencias y acaba comprendiendo que el respeto no se compra, sino que se conquista. El muchacho egoísta y caprichoso deja paso a un joven capaz de valorar el sacrificio, la solidaridad y el esfuerzo compartido. La transformación resulta plenamente verosímil porque el autor la construye mediante una pedagogía silenciosa: nadie pronuncia largos discursos sobre el honor, el valor o la amistad; son los propios pescadores quienes transmiten esos valores con su ejemplo, sus leyendas y sus anécdotas mientras faenan. Así, la tripulación termina convirtiéndose en unos maestros donde los conocimientos, la experiencia y los principios se transmiten, de manera oral, de generación en generación.
A ello se une el extraordinario dominio del lenguaje que demuestra Kipling. Su rico léxico marinero, lleno de expresiones populares, ironías, sentido del humor, canciones y giros propios de la vida en el mar, dota al relato de una autenticidad admirable. La prosa, directa y precisa, heredera de su experiencia periodística, recrea con enorme naturalidad la vida en un bacaladero y consigue que cada tripulante posea una personalidad perfectamente definida.
No es casual que Capitanes intrépidos haya permanecido durante más de un siglo entre los clásicos de la literatura de aventuras. En realidad, transciende el relato marinero para convertirse en una exaltación del trabajo bien hecho, la responsabilidad y la posibilidad de redimirse cuando se encuentra el camino adecuado. Celebra la fidelidad, la compasión, el honor, la amistad y el servicio a los demás, recordándonos que el verdadero valor de una persona nunca depende de la fortuna heredada, sino de sus actos.
Especialmente conmovedor resulta el reencuentro de Harvey con sus progenitores. Su padre no se imagina que el hijo que le ha devuelto el mar sea completamente distinto. Ahora tiene a su lado al hijo que había deseado; un joven que ha descubierto que le gusta ser responsable, trabajador y que valora los diez dólares y medio, al mes, que es capaz de ganar como grumete del barco.
Al cerrar el libro, regresaron también los recuerdos de aquellos cuentos y relatos de Kipling que escuchaba en las veladas de acampada. Historias donde los protagonistas sufrían, se equivocaban y afrontaban dificultades, pero terminaban encontrando el camino correcto. Protagonistas que no ocultaban su dolor, aunque tampoco renunciaban a la esperanza.
Personalmente, la colección de clásicos de aventuras de Zenda-Edhasa me ha permitido descubrir que una relectura no sirve para saber cuánto ha cambiado un libro, sino cuánto he cambiado yo. Los grandes clásicos permanecen inalterables; somos los lectores quienes regresamos a ellos con más experiencia, otros gustos, más dudas y algunas cicatrices. Por eso nunca terminan de decirnos todo lo que contienen. Tal vez esa sea la prueba definitiva de que estamos ante una obra maestra. Capitanes Intrépidos sigue, como la primera vez, recordándome, muchos años después, que el esfuerzo, la lealtad y la bondad continúan siendo el mejor rumbo para navegar por la vida. Y que, a veces, el mejor maestro no se encuentra en un aula, sino a bordo de un viejo bacaladero.
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Autor: Rudyard Kipling. Título: Capitanes intrépidos. Traductor: José Félix. Editorial: Zenda-Edhasa. Venta: Todos tus libros.


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