Cómo no verte en estos días aunque estés muy lejos de casa. Has creado la niebla que enrojece todo el espacio visible desde las montañas a los valles, que penetra en los callejones de los barrios más antiguos de la ciudad; la niebla que, alrededor de mi torre, ensangrienta la luna y denigra las estrellas.
La casa es una hoja de papel. El ciervo un salto carbonizado en el aire. Cárcel de barrotes ígneos que encierra a la totalidad de los seres, no importa su condición ni su origen, pues ni la piedra se libra de ti.
Noto tu enfado en el verano, tu hastío de nosotros, los que te hemos dejado terreno libre y abundante en combustible, los que hemos inyectado en el cielo tantos excrementos que el planeta entero solo está esperando las condiciones más favorables para que aparezcas, nos sacudas, nos des un escarmiento, nos recuerdes quiénes somos, qué hemos hecho, qué hemos dejado de hacer.
Tus lenguas ardientes hablan con una claridad asombrosa, penetra en nuestros oídos, los enciende, derrite el cerumen de nuestros hábitos, calcina la conciencia, levanta el clamor de los pueblos, la devoción de los gobiernos; así hasta que el silencio vuelve y comienza una tremenda época de olvido y de inacción.
Así año tras año.
El idioma del fuego, las palabras humanas, y el regreso a nuestras acciones cotidianas.
Llama y humo. Año y daño. Llama y humo.
Volverá el invierno y serás el amable compañero de las chimeneas, el salvador del frío, el inspirador de algo que ocultan nuestros ojos y que solo se activa al mirarte despacio, en un reconocimiento de luces escondidas, una identidad secreta, el origen común que compartimos, aunque tú seas mucho más poderoso que nosotros.
Tú eres el creador y el destructor. Venimos del fuego solar que consume el todo para existir y que al mismo tiempo da la existencia a múltiples fragmentos de ese Ser incontable que se reparte en plantas, animales y humanos, atenuados en la sombra de tu resplandor.
Es así como cruzamos las estaciones hasta que, de nuevo atónitos, como si no lo supiéramos muy bien, vuelves a elevarte en el verano, cada vez más complejo, cada vez más solo tuyo y capaz de generar vientos y tormentas y un clima a tu placer.
Te bastas a ti mismo, tanto como nosotros hemos renunciado a ser quienes éramos. Cultivamos electrones en las pantallas y hemos dejado de cultivar la tierra y de cuidarla. Cultivamos la suciedad del cielo, y creamos el gran invernadero de inmundicia donde tienes el campo libre para arrasar.
Padre fuego, inmenso de impaciencia y de furor. Quién no te maldice por destruirnos, y quién no te agradece tus enseñanzas. No te esperamos, pero te obligamos a regresar. No te escuchamos, pero tu lenguaje devasta nuestro mundo más querido. Lenguas de fuego, escucha de agua.
Solo cuando has abrasado mi carne, he aprendido la lección del mudo.

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