Hay malas noticias para las industrias que fabrican esencias nacionales. Cada equis tiempo alguien sostiene que su patria lleva siglos siendo la misma, que su identidad permanece inalterable desde que el cabo de Gata era soldado raso y que el Mediterráneo es una frontera que separa civilización y chusma moruna, campo de batalla donde chocan culturas diferentes. Es un relato fácil de comprar por quien anhele certezas baratas; pero basta con abrir un libro de Historia, incluso con mirar alrededor, para que la idea se vaya al diablo.
Los fenicios comerciaron, los griegos fundaron colonias que luego fueron ciudades cartaginesas o romanas, Roma se calzó el Mediterráneo mamando cultura griega. Después llegaron godos, árabes, normandos, venecianos, genoveses, turcos y franceses. Y españoles, naturalmente. Todos dejaron algo, todos acabaron mezclándose. Lo de Mare Nostrum es una frase: fue de quien pasó por allí. La historia mediterránea no es una sucesión de hechos aislados, sino una coctelera en manos de un barman nervioso, donde las culturas sobreviven porque se encaman unas con otras.
La cocina lo explica: cada ciudad presume de recetas propias con ingredientes que viajaron miles de leguas hasta sus cazuelas: el tomate de América, los cítricos de Asia, el arroz lo popularizó el Islam y las especias hicieron más kilómetros que Phileas Fogg. Nadie discute la nacionalidad de una aceituna antes de prensarla, ni exige certificados a un garbanzo para convertirlo en hummus, cocido o farinata. Y las lenguas son aún más obvias: latín, italiano, griego e indio americano aparte, el español conserva miles de palabras árabes; y ahora vendrán del África negra. El italiano, qué les voy a contar. El griego incorpora préstamos de medio planeta y el turco hizo lo mismo. El maltés parece inventado por un comité internacional después del cuarto coñac; y el árabe, de Tánger a Beirut, es una Babel tan rica que sólo ahí pueden darse expresiones culturalmente tan perfectas como el cerdo que preñó a tu madre. Y es que las palabras, gritadas en lances de amor o en crueles degüellos, cruzan fronteras y se instalan donde les sale del cimbel.
Tampoco los puertos ayudaron a mantener purezas raciales o patrióticas. Lo importante era vender la mercancía antes de que cambiara el viento, reparar el barco, encontrar tripulación y que el vino no se avinagrara. Los marineros mascaban lenguas sin hablar más que una, la jerga franca. Los comerciantes rezaban a dioses distintos según conviniera, los piratas saqueaban, violaban y asesinaban como era natural en su oficio, los buscavidas cambiaban de bandera como hoy de compañía telefónica. Y cuando hubo que matar, pocas veces se hizo acatando órdenes como esos rubios que miraban a otro lado cuando veían ceniza en la ropa tendida. Aquí siempre se mató con ganas, por viejo y sólido odio latino.
Y es que el Mediterráneo entendió desde Homero que sobrevivir importa más que fanatismos y prejuicios. Eso no significa que patrias o naciones sean ficción, sino que la identidad mediterránea es extensa e indestructible precisamente porque es mestiza. Aquí no hay culturas ni razas puras porque nunca existieron, y ni siquiera nuestro imbécil presente altera la vieja naturaleza.
Cubrimos las costas de hormigón con eficacia faraónica. Convertimos el litoral en pesadilla de apartamentos y campos de golf. Saturamos las aguas de plásticos y basura. Nos entregamos a millones de guiris para que gasten quince euros en una paella, una musaka o un hummus, y puedan tirarse borrachos desde un balcón en Chipre o en Ibiza. Aun así, el Mediterráneo es el de toda la vida: un lugar donde el último delfín esquiva por centímetros una bolsa de supermercado mientras un crucero de seis mil turistas contempla una puesta de sol frente a unas ruinas griegas; y a pocas millas, un pesquero tunecino se cruza con un yate francés y una patera camino de Italia. Todo es trágico, hermoso, absurdo y contradictorio, como siempre fue. Y lo más pintoresco es que a la Europa lejana y de piel clara, propensa a enarcar la ceja, el Mediterráneo le está ajustando las cuentas en su puta casa.
Por eso los ultranacionalistas patinan como parvulitos. Eligen el peor escenario para esencias eternas y razas puras. El Mediterráneo escucha impasible, con la atención que dedicaría a unas gaviotas discutiendo por una raspa de sardina. Vendrá la próxima ola, borrará las huellas en la arena y todo seguirá como hace tres mil años; aunque gracias a la modernidad que nos cabalga, más confuso todavía. Ésa es la venganza. Cartago cayó, Roma cayó, Bizancio cayó, Venecia acabó en parque temático, el Imperio Otomano tiene Santa Sofía llena de turistas y España tiene lo que va a tener. También caerán las ideas políticas: las fronteras cambian, los mapas se redibujan, los himnos nacionales caducan. Pero el Mediterráneo seguirá haciendo lo mismo: mezclar gentes, mercancías, lenguas, músicas, recetas, sangre, con esa indiferencia propia de él y de sus dioses hacia las certezas humanas. Triturará identidades para fabricar otras nuevas igual de imperfectas, igual de asombrosas, igual de potentes, igual de vivas y peligrosas. Manteniendo, como el flujo y reflujo del agua en sus playas, el fascinante caos que nos parió a todos.
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Publicado el 13 de septiembre de 2026 en El Mundo.


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