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Eva Cosculluela: “Están demonizando de nuevo la palabra feminismo para que dé miedo”

Eva Cosculluela: “Están demonizando de nuevo la palabra feminismo para que dé miedo”

En 1927, con un militar ejerciendo de dictador en España, Miguel Primo de Rivera, la iglesia diciendo lo que se podía hacer y lo que no, el rey ocupado en filmar películas pornográficas, su mano derecha, el conde de Romanones, ayudándole con las películas, y los partidos políticos, ilegalizados entonces, conspirando para formar una República, las mujeres del Lyceum provocaron un terremoto con una pregunta: ¿Son injustas las leyes con las mujeres? Y sí que lo eran, muchísimo. Por este motivo tiene tanto valor recuperar el testimonio de estas mujeres. Una de las últimas en hacerlo ha sido la escritora y periodista Eva Cosculluela (1972) en El club de las modernas (Seix Barral), un libro que se lee como una novela y que incita al pensamiento y la reflexión como el mejor de los ensayos.

Hablamos con Eva Cosculluela de la “humilde costurerilla” que luchó para que hubiera voto femenino en España, sobre lo moderno que era don Miguel de Unamuno y acerca de la valentía de unas mujeres que desafiaron los convencionalismos de su época para reclamar su libertad.

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—¿Por qué el Lyceum ha permanecido en el olvido durante tanto tiempo? 

"Con el Lyceum pasa como con la mayor parte de las cosas de las mujeres: que nunca han tenido tanta importancia como las de los hombres"

—Con el Lyceum pasa como con la mayor parte de las cosas de las mujeres: que nunca han tenido tanta importancia como las de los hombres. No sólo ocurre con el Lyceum: me parece muy significativo que de la Residencia de Estudiantes lo sepamos todo —quiénes estuvieron ahí, en qué habitaciones estaban, cómo compartían ahí la vida…—y sin embargo, de la Residencia de Señoritas únicamente haya referencias muy leves. Hay una diferencia en la nomenclatura: la de ellos era una residencia “de estudiantes” y la de ellas era “de señoritas”. Pues con el Lyceum ya ni te cuento. Creo que si esto hubiera sido una asociación que, haciendo lo mismo, hubiera estado formada por hombres, hoy la estaríamos celebrando muchísimo más. La habríamos estudiado en los libros de texto. Pero como fueron mujeres, pues no fue así.

—La fundación del Lyceum es un acto revolucionario, sobre todo porque se realiza durante una dictadura.

—Cuando se habla del Lyceum se suele pensar en la República, pero su creación fue en 1926, en plena dictadura de Miguel Primo de Rivera, en su momento de mayor auge. En ese momento había un orden social diseñado para que nadie se saliese de él; buscaban simular una estabilidad que escondía, en realidad, una falta de libertad enorme. Por eso era más necesario dar ese paso y fundar un sitio así. Fue algo muy revolucionario.

—Leo en su libro: “¡Desgraciados niños los que tienen una madre liceómana!”.

"Era una revolución porque querían estar fuera de casa, hablar, reunirse y nada menos que pasárselo bien"

—En la sociedad de aquella época, en esa dictadura, la iglesia tenía mucho poder. Lo que decían es que la mujer tenía que estar en casa cuidando de su marido y de sus hijos. Y, por supuesto, no hablar. Había que estar calladita, porque nuestras opiniones molestaban. No sólo no eran tenidas en cuenta, sino que molestaban. Entonces, llega el Lyceum y lo primero que dicen es que están subvirtiendo el orden social. Era una revolución porque querían estar fuera de casa, hablar, reunirse y nada menos que pasárselo bien. Esto era altamente peligroso porque se empezaba por ahí y luego iban a querer ocupar un lugar en el Parlamento, como así fue. Los ataques iban todo el rato por esa línea: son malas madres, abandonan a sus hijos en casa para irse ellas a disfrutar y a pasarlo bien, cuando vuelven de esas reuniones pegan a sus maridos… La idea era hacer ver que ese no era el sitio de las mujeres en la sociedad, que no era algo bueno, y por eso decía que eran malas madres y malas personas.

—Pero el Lyceum tiene un origen internacional. 

—Sí. El Lyceum de España se funda formando parte de la red internacional que había empezado en Inglaterra en 1903 con Constance Smedley. Esta escritora tuvo una idea muy visionaria: por un lado, montar un club para mujeres, igual que el de los hombres, que además quiso que ocupara el mismo espacio, la misma calle que el de ellos, para que se viera que ellas eran igual de importantes; y por otro lado, quiso formar una red internacional en la que el de Londres fuera el cuartel general de la intelectualidad europea. Con esa visión, esa idea no podía quedarse sólo en Londres. Tenía que ser una red en la que todas las mujeres aportaran y todas se nutrieran de las demás. Al poco de fundarse el de Londres surgieron los de París, Berlín, Florencia, Melbourne, Nueva York… De esa forma, también iba a ser más fácil resolver los problemas que estaban teniendo. Esa red favorecía una visión abierta y amplia, que no se tenía en España en aquella época. El nuestro tardó veintitrés años en crearse, aunque hubo intentos antes que no salieron adelante.

—Seguimos con las frases del libro. Hay una que le dicen a Concha Méndez cuando es pequeña que es demoledora: “Las niñas no son nada”. 

"Concha Méndez fue una de las fundadoras del Lyceum, pero todas las demás tuvieron un empuje similar: Decid de nosotras lo que queráis, estamos muy seguras de lo que hacemos"

—Cuando leí esa frase en las memorias de Concha Méndez me llegó al alma. Imagina a esa niña que quiere hacer cosas, que tiene ese empuje, y que, de repente, escucha que “las niñas no son nada”. A ella ni le preguntan qué quiere ser de mayor, sólo a su hermano. Y a pesar de que no se lo preguntan, ella lo dice, y le responden: “Tú te callas, a ti nadie te ha preguntado, tú no tienes derecho a ser nada”. Me imagino cómo debió de ser el ser mujer en ese momento y crecer en aquel contexto: escuchar todo el rato que las mujeres somos inferiores, que somos casi animales, que sólo podemos ser madres. Concha Méndez tuvo el empuje para viajar sola por el mundo. Tuvo que ser algo rompedor y tremendo para aquella época. Concha se casó con Altolaguirre, y era ella la que se ponía el mono de trabajo y manejaba las herramientas en la imprenta que tenían los dos. Ella era también la que se subía a la bici y recorría Madrid repartiendo los poemarios y los libros que habían impreso. Lo que hizo esa mujer hace cien años tuvo que resultar incomprensible para aquella sociedad. Concha Méndez fue una de las fundadoras del Lyceum, pero todas las demás tuvieron un empuje similar: “Decid de nosotras lo que queráis, estamos muy seguras de lo que hacemos, de lo que pensamos y de lo que defendemos”.

—En su libro desvela quién usó por primera vez la palabra “sororidad”: don Miguel de Unamuno.

—Me encantó descubrir eso. A mí me gustan mucho las palabras, yo trabajo con ellas y soy muy curiosa. En una de las primeras entrevistas que le hacen a María de Maeztu, a propósito de la fundación del Lyceum, habla de crear una red de fraternidad femenina. En ese momento, pensé en lo que hoy llamamos sororidad, pero María no lo llama así. Me pregunté si era porque en aquel momento la palabra todavía no era de uso común, y comencé a investigar. Primero voy al Corpus Diacrónico del Español (CORDE) de la RAE para saber cuándo apareció por primera vez la palabra “sororidad” en un escrito. Luego voy también a la hemeroteca. Y averiguó que el primero que la usó fue Miguel de Unamuno. Pero es que, además, descubro que Unamuno tiene en el prólogo de La tía Tula, y en un artículo que escribió en Argentina, una defensa de la palabra y habla de “matria” y dice que el mundo sería mejor si los “zánganos” dejaran gobernar a las mujeres. Por mucho que Unamuno propuso “sororidad” para definir esa fraternidad, no era una palabra de uso que María de Maeztu pudiera utilizar conscientemente.

—María de Maeztu es un personaje novelesco. Es una mujer que vive muchas contradicciones: ella defiende las ideas progresistas y ve cómo asesinan los milicianos durante la Guerra Civil a su hermano Ramiro —con el que estaba unida— por tener un pensamiento reaccionario.

—Ella pasó toda su vida defendiendo esas ideas porque creía de verdad en ellas. María defendió con pasión los avances en la educación de las mujeres; ella estuvo muy implicada en el nuevo sistema político de la República. Y luego ve cómo acaban con la vida de su hermano aquellos a los que ella defiende. Eso no lo pudo soportar, se vino abajo y se marchó de España. Tuvo conflictos muy importantes durante toda su vida —estuvo ingresada varias veces en un sanatorio de Suiza—, pero todo empeora con la muerte de su hermano Ramiro, que era su “padre espiritual”, con el que estaba muy unida.

—¿Fue peor el rechazo que sufrieron estas mujeres por parte de cierta gente o el paternalismo con el que las trataban quienes supuestamente las defendían?

"Ellas sabían que iban a ser rechazadas y señaladas, pero esperaban que esos ataques vinieran de la Iglesia, de la parte más conservadora, pero no que hubiera tanto fuego amigo como hubo"

—Ellas sabían que iban a ser rechazadas y señaladas, pero esperaban que esos ataques vinieran de la Iglesia, de la parte más conservadora, pero no que hubiera tanto “fuego amigo” como hubo. Muchas mujeres que supuestamente tenían que formar parte del Lyceum las atacaron. También había los que estaban a favor y los que las defendían en la prensa, que muchos de ellos eran sus maridos. Era un paternalismo tremendo. Es verdad que el lenguaje de la prensa de aquella época es muy florido, muy relamido y muy cursi, pero es que en los artículos que escriben sobre ellas, eran todo el rato las bellas señoritas. Hablaban de su gusto exquisito, en lugar de comentar que habían llevado a Alberti, a Lorca y a Unamuno al Lyceum. Era como pasar la mano por la espalda: “¡Qué buenas sois, qué bonitas sois, qué bien hacéis las cosas, porque sois mujeres aplicadas!”. Cargar con esto tuvo que ser tremendo, porque ellas eran mujeres muy inteligentes, intelectuales de primer orden. En cierta manera, debieron de pensar: “Vale, pásame la mano por el lomo y déjame seguir haciendo lo que estoy haciendo”.

—Has hablado de fuego amigo. Hubo mujeres que criticaron al Lyceum, como Federica Montseny y Margarita Nelken, y algunas que las ignoraron, como Rosa Chacel. 

—Sí, y además por motivos muy diversos. Para Federica Montseny eran poco feministas. Porque para ella el discurso de clase atravesaba todo y esto era lo primero que había que defender antes de entrar en otros debates. Pero fíjate que ellas, con sus acciones, desmintieron un poco lo que decía Federica Montseny. Por ejemplo, con la Casa de los Niños, un proyecto para que las mujeres obreras pudieran irse a trabajar y dejar a sus hijos seguros, alimentados, limpios y vacunados. Este fue un proyecto político y de carácter social. El problema es que se las veía como unas señoras burguesas que quedaban para tomar el té, en lugar de un grupo de mujeres que trabajaban para cambiar la sociedad. Ellas desmontaron todos esos ataques. No sólo los de Federica Montseny, también los de Carmen de Burgos y Margarita Nelken. Las mujeres del Lyceum dejaron que sus acciones hablaran por sí solas. Y esto me gusta un montón, porque muchas de ellas renegaban del término “feminista” por lo demonizado que estaba, y sin embargo eran feministas de acción claramente. Tú ves lo que dijeron en sus discursos, lo que hicieron con sus vidas, y te das cuenta de que forman parte del canon más absoluto del feminismo, aunque ellas no quisieran llamarse así.

—Cuenta en el libro cómo, en 1904, a Carmen de Burgos —una mujer con bastantes contradicciones— le encargan traducir el libro de Moebius La inferioridad mental de la mujer y llena las hojas con notas al pie de página rebatiendo sus teorías.  

—Es fascinante. (Risas) Empiezo a leer ese libro y voy viendo las notas de Carmen de Burgos. Normalmente, en una traducción, las notas que se ponen son para dar contexto, para explicar un término que no tiene una traducción directa, un juego de palabras, algo así. Pero veo que en las notas ella empieza a hablarle al autor: “Aquí usted no tiene ni idea, se equivoca en esto, si es así como piensa, está equivocado del todo…”. La teoría de Moebius sostiene que las mujeres tenemos un cerebro más pequeño y que por eso caben menos cosas; como si estuviera hablando de una botella o de un vaso. Carmen de Burgos le responde que el de Voltaire es uno de los cerebros más pequeños que se conocen, y en él cabía un universo. Me encanta ese diálogo que se crea entre escritor y traductora. En el prólogo ya deja entrever que está enfadada con ese texto. ¡Cómo no se va a enfadar una mujer! Fíjate que, por mucho que no se definiera como feminista, había dejado a su marido, había criado a su hija sola, había escrito libros importantísimos como El divorcio en España, defendiendo el derecho al divorcio de las mujeres. Además, había tenido una relación sin casarse, sin pasar por la iglesia, con Gómez de la Serna, que era veinte años menor que ella. En realidad, era una mujer superfeminista, superliberada y empoderadísima, pero que no se reconocía en ese término de “feminista”.

—Magda Donato —el seudónimo de la hermana de Margarita Nelken— es uno de los personajes más fascinantes y quizás menos conocidos del periodismo español.

"Quiso saber cómo eran los psiquiátricos, los manicomios de mujeres, y se hizo internar para vivir esa realidad"

—Tal cual. Esos reportajes vividos, esos artículos que escribió, son de una inmersión total. Quiso saber cómo vivían las mujeres pobres que iban al albergue y utilizaban los servicios públicos, y se fue con ellas una temporada. Quiso saber cómo eran los psiquiátricos, los manicomios de mujeres, y se hizo internar para vivir esa realidad. Esto fue muy importante en un momento en el que la propaganda oficial decía otra cosa totalmente contraria. Me parece una mujer interesantísima. Es un personaje que me he propuesto explorar más adelante. Me imagino a Magda —Carmen Eva— con su hermana Margarita en las comidas de los domingos: las discusiones que debían de tener por sus puntos de vista tan diferentes.

—A estas mujeres les reprochaban su origen burgués, pero por ahí estaba también Clara Campoamor, la “humilde costurerita”.

—Muchas de esas mujeres eran burguesas, tenían una posición. María de Maeztu también venía de una familia de ese tipo, pero cuando se quedó huérfana de padre, tuvo que ponerse a trabajar con su madre, que montó una academia para señoritas. Ella no era una potentada económicamente. Clara Campoamor es el ejemplo más obvio de que todas no venían del mismo grupo social. Clara empezó desde muy abajo: estudió el bachillerato y la carrera a los treinta y tantos. A ella la llamaban todo el rato “Clarita” en la prensa. Imagínate que a un hombre le llamaran Pepito, Antoñito, Pedrito, Manolito, cuando se refieren a él por haber defendido a alguien en un juicio. A ella le decían “Clarita” y también “la humilde costurerita”. ¡Mira dónde llegó la costurerita! A mí me parece el gran personaje de todas ellas. Tendría que tener una estatua en cada pueblo de España. Cuánto luchó por los derechos de las mujeres y por los derechos civiles en general, y el desgaste que tuvo y el precio que pagó por ello. Clara Campoamor pagó con su vida política, su vida profesional y con el exilio, del que ya no pudo volver nunca, porque siguió en busca y captura toda su vida. Lo mal que pagamos a esta mujer que hizo tanto por nosotros.

—Cuenta en el libro que la furia estalló cuando se hizo pública la fundación de la Casa de los Niños. 

"Esta era una institución de carácter educativo y social sin monjas. Algo así, sin la presencia de la Iglesia, no se podía concebir"

—A partir de ahí hubo más ataques todavía. Esta era una institución de carácter educativo y social sin monjas. Algo así, sin la presencia de la Iglesia, no se podía concebir. Arrancó al final de la dictadura de Primo de Rivera y continuó durante la “dictablanda” de Berenguer, con la monarquía todavía en el poder. No era admisible que hubiera una educación sin un adoctrinamiento de la iglesia. La prensa conservadora las atacó duramente. Debió de molestarles mucho cuando vieron que aquello funcionaba. Con el advenimiento de la República, el alcalde de Madrid dijo que tenía que haber una Casa de los Niños en cada barrio y que la gestión debían hacerla estas mujeres, porque eran mejores y más eficaces que sus funcionarios. Las mujeres que estuvieron al frente de la Casa de los Niños son muy poco conocidas. No había oído hablar de Consuelo Bastos hasta que me puse a investigar. Tirando de un hilo tras otro, encontré también a Camila Ventura de Subirá. En la Biblioteca Nacional está el legado de su marido, que conservó las carpetas de Camila con toda la información de la institución. Este hombre escribió un borrador de sus memorias. Me fui hasta la BNE para leerlas y descubrir datos de Camila, pero sólo había una línea hablando de ella, para contar cómo se había enamorado de ella…

—Terminamos. ¿Cuál es el legado del Lyceum? 

—La capacidad para ponernos de acuerdo para trabajar a pesar de las diferencias que tengamos. Podemos pensar diferente, pero cuando hay un objetivo común, como la lucha por la igualdad, tenemos que ser capaces de ponernos de acuerdo. Ahora que el feminismo también tiene sus propios debates internos, esos matices que separan tanto, creo que haríamos bien en mirar el legado de estas mujeres. Cuando ellas pusieron en marcha el Lyceum, ese no era un sitio más; por eso las atacaron y por eso ellas aguantaron los ataques y las ofensas. Para mejorar la sociedad española, debían mejorar la condición de las mujeres como ciudadanas. Y esto es algo que está sucediendo hoy también: están demonizando de nuevo la palabra feminismo para que asuste, para que dé miedo. Esto también les pasó a estas mujeres y supieron luchar contra ello.

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