Irasema es una niña condenada a jugar, aunque en ocasiones no quiera hacerlo. Ella es la hija de la dueña del Party Fun de Cuenca. Un oxímoron: crecer siempre acompañada de gente y, al mismo tiempo, ser una hija única que se siente sola. Carlota Visier (Cuenca, 1993) ha agrupado todos sus recuerdos —sí, ella se crio en una piscina de bolas— y los ha transformado en una deliciosa novela, Hija única (Temas de Hoy). Visier no elude el drama, pero tampoco renuncia a cubrirlo todo con una pátina de humor. La escritora, que también es editora en Comisura, nos propone pasar unas horas de lo más divertidas en un chiquipark literario, por el que también se cuela la tristeza, entre partida y partida a la Game Boy, entre baile y baile al ritmo de las Spice Girls.
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—El juego de los más jóvenes ha cambiado mucho desde que Irasema, la protagonista de su novela, era una niña en los años noventa.
—En ese sentido, creo que el libro es nostálgico, porque es verdad que siento que mi generación, la de los nacidos en los noventa, cerca de los dos mil, somos los que hemos vivido con ese otro material que ahora ya no se lleva. Ahora todo gira en torno a las pantallas. Me interesaba reflejar ese ocio de intercambiar cromos, tazos, coleccionar los juegos de los huevos Kinder, de los fascículos del quiosco… Y también quería mostrar la llegada de internet, que fue algo que mi generación vivió de una forma muy progresiva. De hecho, no tuve internet en casa hasta los dieciséis años, cosa que agradezco mucho. Me parece un gran reto educar ahora mismo con todos esos estímulos. Todos los padres tienen una especie de batalla común con la relación de los niños y el móvil. Si lo prohíbes, tienes esa batalla perdida.
—Una niña archivada, como la de su novela, es una niña pensada antes de nacer; un proyecto documental.
—Es que yo estoy obsesionada con el archivo. Tanto en Comisura, donde soy editora, como en mi vida. Soy una loca de los objetos y de las cosas. Es una cosa que me viene de familia; esto se hereda. Tienes dos opciones: ser minimalista, entonces no quieres nada en tu casa si vienes de una familia que acumula; o, por el contrario, continuar ese legado de acumular. El libro está basado en hechos reales, aunque he exagerado cosas y me he inventado otras. Pero mi madre me ha fotografiado muchísimo, tengo un archivo fotográfico increíble de mi vida, desde antes de nacer. Ese cuaderno que aparece en las guardas del libro es real. Es un tesoro que tengo y que agradezco mucho a mi madre. Me interesaba llevar ese hecho al extremo, ver cómo se puede potenciar la soledad al ser hija única. Una niña superobservada y superarchivada; como si fuera un proyecto vital. Está el doble juego de que el proyecto vital son los hijos. Pero a mí me gusta usar el humor al dramatizar; por eso, aunque el libro tenga esos posos de tristeza que te pueden llevar a lugares amargos, he intentado siempre contraponerlos con chistes y una estructura muy lúdica. Me interesaba que la óptica de la madre, archivando a la niña, fuera muy friki: la primera vez que le cortan el pelo y mete los mechones en un sobre, cómo guarda un pañal de cada nueva talla que utiliza… Algunos de esos archivos son reales y otros inventados. Me interesa ese juego en el que el lector no sabe qué es verdad y qué es mentira.
—De hecho, este libro tiene un concepto de inventario. Los objetos son importantes en la narración. Funcionan como envases de nostalgia.
—Sí. No era consciente de que es un libro muy nostálgico hasta que me lo han empezado a decir en las entrevistas de la promoción. Me preguntaban: “¿Te consideras nostálgica?”. Creo que ya puedo ir contestando que sí, sobre todo desde esa perspectiva que te comentaba antes, de haber vivido una época en la que lo material era parte de nuestras vidas. Todo eso ha cambiado drásticamente y por eso quería que el libro fuera una especie de conjunto de juegos para el lector, que lo llevara a su propia infancia a través de los flashes que planteo. No quería que fuera algo dramático. Pero también quería incluir esos brochazos de repente, imágenes más tristes que nos llevan a lugares más dolorosos de nuestra infancia. Mi intención era que todos los lectores fueran removidos por dentro de alguna manera. Y para lograrlo, aparte de ese inventario de cosas del pasado, también me interesaba el hilo musical que atraviesa el libro; todas esas canciones —Serrat, Dolly Parton, Cecilia, La Oreja de Van Gogh, Coyote Dax…— tienen un poso melancólico de tristeza porque es la banda sonora que escuchabas con tu padre y tu madre en el coche. Esto es algo universal, aunque cada uno tenga sus propias canciones. Es un caldo de cocción que va salpicando todo el libro. Y luego está un detalle más friki, el universo country del padre. Me fascina ese género y tenía que meterlo, porque, además, una niña que crece en Cuenca con su padre escuchando country me parecía una combinación muy interesante.
—La precuela de Hija única es el fotolibro An Only Child. ¿Cómo fue el proceso para convertirlo en novela?
—Tengo un archivo fotográfico increíble. Pero no eres consciente de las cosas hasta que te lo dice alguien de fuera. Yo era la hija de la del Party Park y mi madre fotografió a generaciones de niños conquenses; a todos mis amigos. Tengo unas fotos sorprendentes, de muy buena calidad, porque mi madre es muy buena fotógrafa. Cuando mi pareja, que es fotógrafa, vino por primera vez a mi casa paterna y vio los álbumes, se quedó alucinada. Un archivo de fotos en el que estaba rodeada de bolas. Cuando digo que soy de Cuenca y que me crie en un chiquipark, la gente se ríe. Es casi como el inicio de un monólogo de humor. (Risas) Me di cuenta de que ahí resonaba algo que provocaba curiosidad en la gente. Como estoy en el mundo del fotolibro, quise hacer un proyecto sobre todo visual: una selección de fotos que me llevaban a una narrativa para abordar el tema de la tristeza concretamente. Lo lancé en formato muy reducido, sin ningún tipo de objetivo. Hice una presentación en Madrid, en un chiquipark… (Risas) Envié invitaciones como si fueran de cumpleaños; hubo sala de juegos, futbolín, videojuegos… Entre las invitadas estaba Andrea Toribio, editora en Temas de Hoy. La invité como amiga; en la presentación hubo mucha gente del sector. Andrea debió de ver algo en toda esa performance que monté, porque me propuso hacer una novela con todo eso. Al principio me agobié, porque no sabía muy bien si iba a ser capaz de hacerlo, y además con una editorial como Planeta. Entonces me di cuenta de que con Andrea iba a estar muy a gusto, y así ha sido; me he sentido muy acompañada.
—Un hijo único parece abocado a la soledad. Es como una profecía que le va a marcar toda su vida.
—Sí, también es un cúmulo de estigmas, también de los propios padres. Al final, la madre de Irasema lo que quería era preparar a su hija para que pudiera afrontar la vida lo mejor posible, y que, a pesar de estar sola, aprendiera a estar bien. A mí me encanta la astrología y me atraía la idea de que hubiera una profecía inicial en la novela. Y me lo llevé al plano del humor, lo de que a la madre le dijo una vidente que se va a cambiar de ciudad, que se va a casar pronto y que se va a morir joven. Me encantaba abrir así, pero es verdad que detrás de la broma está la verdad. Y al final, el temor más grande de un hijo único, de cualquier niño, pero más aún de los hijos únicos, es que se mueran tus padres o que muera uno de tus padres. Este es un tema transversal a la infancia, el temor a que les pase algo a tus padres. También pienso que hay muchos prejuicios sociales hacia los hijos únicos, como que son de una determinada manera. No sé, es que tampoco quiero hacer una apología como si hablara en nombre de los hijos únicos, pero sí que creo que hay un poso de mayor soledad por algo básico: creces sin hermanos y estás más en contacto con los códigos de los padres. Eso hace que los hijos únicos sean más responsables o un poco más adultos.
—Hay una serie de escritoras —Andrea Abreu, con Panza de burro (Barrett, 2020), y Lana Corujo, con Han cantado bingo (Reservoir Books, 2025)— que nos están contando la infancia —de forma menos idílica— a través de las voces de narradoras infantiles. ¿Se siente identificada con ellas?
—Esos dos libros son referentes para mí; supongo que habrá una especie de admiración, porque yo he leído en profundidad Panza de burro y Han cantado bingo. También Vozdevieja (Blackie Books, 2019), de Elisa Victoria. Y Las niñas prodigio (Fulgencio Pimentel, 2017), de Sabina Urraca. Las narradoras infantiles no eran tan habituales, y ahora hemos llegado otras que podemos seguir experimentando por ahí. No me considero generación de nada; he hecho mi movida cuando he podido hacerla, ahora que hay gente receptiva con estos libros, en un momento de lo fragmentario.
—En los años cuarenta, Elena Fortún fue precursora con Celia.
—Ella es otro referente para mí. He leído a Celia de niña. Y también los libros de la Elena Fortún exiliada, que publicó Renacimiento. Me quedé flipando con ella: tienes personajes queer, aborda el tema de la homosexualidad… El descubrimiento de la sexualidad por una niña no es tratado de forma abrupta o traumática.
—Todo está inventariado y registrado, pero el padre es apenas una silueta sin rostro, casi un fantasma.
—Sí. Me interesaba más centrarme en la intrahistoria del negocio familiar, en narrar la incorporación de la mujer al mundo laboral en los años noventa. Hasta entonces las mujeres eran amas de casa, y mi generación empezó a ver cómo las madres eran enfermeras y también emprendían un negocio como un quiosco o un parque de ocio. Entonces, por cómo estaba estructurada esa familia, el padre siempre aparecía más ausente.
—Leo en su libro: “Llevar gafas de pequeña te hace ser responsable antes de tiempo”.
—Yo he sido niña con gafas, como estás viendo. (Reímos) Es verdad que un niño con gafas tiene que estar siempre responsabilizándose de lo que les pase. Ahora es mucho más sencillo —hay incluso comunidades autónomas que las subvencionan—, pero antes si se te rompían era una tragedia. Esa obsesión con la responsabilidad también la vemos con las notas. Ese es un tema universal que me interesaba: la frustración de los niños con los deberes y con asignaturas como las matemáticas.
—Leo en el libro: “Un parque de bolas puede ser terrorífico, depende de la luz con la que se mire”. La protagonista tiene miedo a que se le aparezca doña Rogelia…
—Es que doña Rogelia es de Cuenca. (Risas)
—No tenía ni idea.
—En Cuenca hemos exportado a José Luis Perales, Fray Alonso Remón, Luis Ocaña y a Mari Carmen y sus Muñecos. Y sí, obviamente, el miedo a la soledad también se recrea en el parque de bolas. Todos los lugares, depende de con la luz y los ojos que los mires, siempre reflejan tus miedos.
—¿Qué es más difícil, ser editora o escritora?
—Pues no sé qué decirte, porque no sé dónde empieza la escritora y dónde acaba la editora. Para mí, este libro también ha sido una labor de edición, de movidas varias, de ver qué quiero meter, cómo lo quiero hacer; obviamente, siempre con el respaldo y la atención de mi editora, tenerla es algo que me ha aliviado mucho. Pero yo te diría que creo que es más fácil ser escritora; porque cuando eres editora, al final, tú eres la visión externa del proyecto personal de alguien y lo haces a una distancia como más distendida, para poder verlo con más calma. Pero cuando estás escribiendo, da igual que sea más autoficción, más ficción, histórico, lo que sea, hay un punto en el que puedes sentirte abrumado, perdido. Todo es más complejo cuando es tu propio proyecto, tu propio texto.
—Terminamos. Cuéntenos cuál será su próximo proyecto de escritura.
—Ha sido todo tan reciente que no me ha dado tiempo de pensar.
—¿No hay ningún fichero pendiente de clasificar?
—Siempre tengo como una carpeta con borradores de ideas, de textos e imágenes que me gustaría igual desarrollar, pero, sinceramente, con lo que me ha costado sacar este libro y también el anterior… Todo lo que quería volcar he conseguido volcarlo en Hija única, y ahora me queda como un poco de “voy a darme tiempo a ver qué quiero hacer”. No quiero hacer nada con prisa ni por compromisos.




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