Este poemario compone un díptico: Xenía y Nostros. Uno por Calipso —la diosa que ofrece alimento, cobijo y entretenimiento al héroe errante—, y otro por Ulises —el hombre que renuncia a ser dios por su deseo de regresar a Ítaca—. Ambos mitos se reencarnan aquí en una ninfa de motel de carretera y en un camionero navegante de las autopistas.
En Zenda ofrecemos cinco poemas de Motel Milla Noventa (El Desvelo), de Ángela Mallén.
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VACÍO
… El vacío cuántico no está realmente vacío, sino que contiene
… partículas que saltan dentro y fuera de la existencia. Wikipedia
Fuera de mi alcance, dentro de mí,
¿qué hallaré si levanto del recuerdo una ola, una piedra, la luz
sobre tu espalda joven cuando las viñas de Ogigia florecían
y las fuentes manaban?
¿Dónde estoy si miro hacia poniente y después me abandono
en el punto más hondo del sur?
¿Cuánta parte de mí queda perdida cuando salto
y el vacío me abraza porque suya soy
y mi cuerpo es la red de atrapar los recuerdos,
pero siempre está rota?
Yo, pescadora, salto
porque la memoria es un baile en el vacío
*
EPIFANÍA
En el interior de mi cabeza sólo flotaba,
como si fuera polvo, un apacible silencio. Haruki Murakami
Quise alumbrar tu barca con mi estrella. Pero he caído en mí. Soy torpe. Peso mucho. Los barcos de papel navegan en la fiesta de una noche infinita; y cuando se deshacen, saltan ratas devoradoras de náufragos. He caído
a mi isla de alquitrán. Peso mucho. Soy torpe. Los mundos son alegorías. Nacen y crecen en redondo, parecen significativos, vuelan en el sueño de una noche instantánea. Y cuando estallan, producen un acorde de notas supersónicas. He caído
dentro de mi cabeza. Nadie me creería si dijera que di con los huesos en el cráneo. La cabeza es foso. Bodega. Chabola. No hay nada más desolador que una cabeza hueca. Hay que divisar un pájaro dorado, acariciar su distante silueta. Interiorizar su danza. Hay tanta melancolía suelta. La belleza de los pájaros efímeros. Su vuelo fugazmente azaroso. He caído
a la marmita. A su profundidad candente. Soy la niña que huye en traje de chaqueta de Armani. Dando tumbos. Soy la mujer de bronce que sólo quiere tuitear un verso perfecto. Hay tanta belleza en la brevedad. He caído
a la pecera de tus ojos. Tus pececillos se volvieron loros ruidosos en mi parque urbano. Tus ojos eran de otro planeta. Pura kryptonita. Se me pusieron a llorar en verde. Entonces debilitaron mis colores cuánticos. He caído
en la densa gravedad de un planeta viejo. Una mujer pasea a sus dos galgos marrones. Casi corren. Flacos. Curvos. Con forma de interrogante. Los perros miran antes de ladrar. He caído
a mi estómago corrosivo, saturado de cáusticas imágenes. Los ojos fosforitos del estómago miran cosas indigestas. He caído
en el amor. Como gata en un pozo. Como luna en el mar. Te quise a ti y a tus contrarios. Hay que seguir. Doy gracias por el vacío que deja en el aire la caída. Que dejan los cuerpos en una sábana arrugada. Ninguna palabra vale si no está llena de sudor, plumas y piedras. Y vuela. Y pesa como la lluvia. Y cae desde mi boca
a tu olvido. Entonces recuerdo mi vida eterna como quien oye hablar en chino. Sé que todo anda suelto, hecho de materia incandescente. Tu barca de vapor roza una orilla de Menfis y un minuto después, una estrella de Andrómeda. He caído
en mi ventana. Miro pasar los tranvías. Oigo una voz que me dice: ¿te crees el único ser viviente porque sientes la música de la velocidad, el escalofrío de la brevedad? He caído
a la charca tantas veces como pelos tengo en la cabeza. Me levanto. Y sigo. No exactamente como Lázaro. Nadie me lo ordena. A nadie le importa. Me levanto a oler, a rozar la línea que va desde el siempre al nunca más. No busco. Qué voy a buscar si lo tengo ante mí. Ahí están: la estrella que nadie mira y el barco al que nadie espera. He caído
con un ángel. Con la diosa
*
SETENTA SILENCIOS POR MINUTO
En la distancia suena
el blues de la ciudad,
el rap de sus motores
y el metal de sus máquinas
Las Gigantas lanzaron un sedal
Pescaron en Epiro y en Tesalia
palabras que respiran por agallas,
dilatan y contraen su corazón a pilas,
iluminan un cerco como el faro,
alumbran como lámparas mineras
Barco. Ninfa. Araña – Pez. Medusa Geisha. Oruga
Palpitan. Callan. Palpitan
Alumbran. Ciegan. Alumbran
Ningún corazón vale sin latido
No hay estrella que alumbre sin palpitación
Hay que seguir. Doy gracias al silencio
que dejan en el pecho los latidos,
que dejan en el aire las palabras,
que dejan las estrellas en el cielo
Setenta Silencios por Minuto
es la tregua que ofrecen las Gigantas
Y en un silencio salto desde el barco
que partió de mí llevándome
Y salto en un silencio desde el barco
al país que palpita en mi interior
donde las viñas florecen y las fuentes manan
*
UN HOMBRE EN UN CAMIÓN
Llueve sobre campos de colza crecida.
Llueve sobre el asfalto y los arcenes forrados de genista. Llueve sobre pastos con vacas, colinas con château, pueblos sin gente. Al pasar por debajo de los viaductos cesa la lluvia un segundo, un suspiro, un impasse. Y otra vez las vacas mojadas, pastando serenas. Tres filas de camiones de alto tonelaje y gran cilindrada. Camioneros tan inmutables como las vacas. Las filas no avanzan. La lluvia no para. El cielo se licúa como si antes hubiera sido una pieza de hielo. Avanzamos muy poco.
Yo soy un hombre frágil dentro de mi camión
con motor biodiesel, híbrido y enchufable
Despiertan a mi paso las señales dormidas
y los árboles cierran párpados de madera
El ojo omnipresente de la tierra
vigila siempre abierto
No eludo los designios de las Moiras
Las señales decretan mis acciones
Las tormentas recalcan mi caos interior
Soy un hombre muy frágil dentro de mi camión
trampero de serpientes blancas y escurridizas
Procuro no pisarle
el rabo a las culebras
*
SIEMPRE HAY QUE IRSE
Castañas por el suelo.
Hojas de cobre viejo con destellos borgoña, casi lila. Crestas pajizas. Horas frescas y atardeceres largos. La decoración del otoño ya preparada, sin dilación ni excusa. Sin obreros ruidosos ni intermediarios interesados. Sin daños colaterales, ni salpicaduras, ni cascotes. De manera natural. Y puntual. Toda la vida cumpliéndose el excelso regalo, el don: en abril, verdes matices de hoja-yerba-brizna-aguja. En el mayo francés, pompones amarillos de genista, kilómetros de lavanda pura. Y amapolas, si le convienen a la decoración. La alfombra verde del junio checo, pisoteada por los turistas en agosto, reseca en septiembre. Hasta caer el manto liviano helado y blanco. Entonces se oculta el campo, las ciudades pierden sus aristas. Y pronto llegará diciembre. Pero siempre hay que irse.
Le agradezco al destierro
que me haga soñar con el retorno
Olmos, tilos, castaños,
plataneros y sauces
huyen de mi camión como huye la garza
cuando los montes arden
Yo también soy esquivo
Filmo los exteriores a cámara ultrarrápida
Porque siempre hay que irse
Atrás quedan ciudades y riberas,
lagunas de Tartessos
inmersas en tiniebla y fuegos fatuos
Y atrás queda la diosa en su edénica Ogigia
donde los árboles dan fruto todo el año
(Esposa querida
no en demasía tu corazón se acongoje
que mi nostalgia vence)
***
La obra de Ángela Mallén aboga por la interculturalidad y transita diversos géneros literarios. Poesía: En el parque de las jacarandas (Premio “Juan Bernier”), Courier —Los trenes del Sur— (Premio “Leonor de Córdoba”), Palabra de elefante, Cielo Lento, La noche en una flor de baobab. Novela: Los caminos a Karyukai. Cuento: Bolas de Papel de Plata. Entretanto, en algún lugar. Aforismo: Microorganismos. Este es su tercer libro publicado con El Desvelo Ediciones. Se formó en psicología clínica y filología alemana. Ha sido funcionaria, profesora, traductora e intérprete. Ha colaborado en numerosas revistas literarias nacionales e internacionales y ha participado en más de una quincena de antologías. Escribe para ser consciente del movimiento, del tránsito, del cambio, de la aventura, del milagro y del misterio que es la vida.
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Autora: Ángela Mallén. Título: Motel Milla Noventa. Editorial: El Desvelo. Venta: Todostuslibros.



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