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Estrenando una mirada

Diario de Australia (I)

Málaga/Abu-Dhabi/Sídney/Woy-Woy/Sídney/Katoomba: 18.061 kilómetros

—¡Para, para!

—¿Qué pasa? ¿Has visto alguno?

—¡Sí, allí hay uno!

Atravesar una carretera desierta, en el invierno australiano, te dispone a una cierta dosis de aventura. Puedes encontrar animales singulares que cruzan nerviosos el asfalto, barbudos recalcitrantes, rubias que no son de bote y niños de rostros antiguos. También los hay nostálgicos de películas rodadas en la zona.

Broken Hill es el Far West de Australia.

***

Cuándo empieza el viaje? ¿Cuando lo preparas o cuando lo sueñas? Viajar es el pasaporte para conocernos mejor, ser otro, o al menos intentarlo. Otra cosa será si consigues profundizar en un territorio inexplorado de sensaciones, olores y paisajes.

Todo empezó hace poco más de 40 años. Mi tía, Nieves África, la segunda más chica de ocho hermanos, decidió irse a vivir a Australia. Las antípodas, lo lejano, el país continente. Cada tres temporadas o por ahí regresaba y contaba de Sídney, la ciudad en la que vamos a aterrizar Toñi y yo casi dentro de un día.

Siempre quise ir a Australia. Siempre lo posponía. Ahora llega el momento.

El avión está despegado del suelo 37.000 pies. Cuento pies. O me imagino 37.000 seguidos, uno detrás de otro.

Toñi acaba de ver el río Nilo. Nunca viajamos a Egipto. Me gustan los viajes largos. He dormido muchas horas, incluso parece que más de las debidas. El avión no me cansa: es un habitáculo agradable para mí. Son casi 20 horas de vuelo. Estamos pasando ahora cerca de Broken Hill, donde iremos unos días más tarde. Me asomo tímido a la ventana: no quiero spoilers.

***

Manuel Alcántara se lamentaba de que los amaneceres fueran tan temprano. Por solo unos minutos me lo he perdido. Duermo lo suficiente. Saldremos ahora a por un café. ¿Esto es América? Observo casas bajas y algunos rascacielos, ni hermosos ni demasiado nuevos, y algunos sí exhiben luces rojas del cercano aeropuerto. En el hotel sirven por la tarde brownies & churros. Sí, churros. Conviene abstenerse de experimentos. Prefiero ni preguntar lo que vale.

"Hace falta que una editorial se decida por reeditar sus crónicas, sus libros de viajes. La gran biblioteca Leguineche"

La necesidad absurda o comprensible solo en ciertos momentos de comparar Sídney o cualquier ciudad nueva para los ojos con la tuya. ¿Se parece a California? Otro Manuel —(Manu) Leguineche— explica en su libro La tierra de Oz que los australianos se sienten el pueblo prometido y que existe la conexión con la Costa Oeste estadounidense. El libro se publicó en el otoño de 2000, unos meses después de los Juegos Olímpicos, y me recuerdo devorando páginas entre las estaciones de Alonso Martínez, Bilbao y San Bernardo antes de pararme en Argüelles. Hace meses empecé a releerlo. Qué gusto por la anécdota, testimonios que aportan, los datos justos, un reporterismo de acción y culto. Hace falta que una editorial se decida por reeditar sus crónicas, sus libros de viajes. La gran biblioteca Leguineche.

Palmeras esbeltas, eucaliptos y un pino. Aún hay un pino o alguien que lo practica en la orilla de William Street [no escribas “calle William”, que no parecerás muy cosmopolita]. Lento tomo el café con leche, riquísimo, decorado por una flor simulada, y lo entremezclo comiendo, rápido, con una banana del supermercado Metro. Todas las frutas están perfectas, listas para consumir. Qué pocas veces ocurre esto.

Rascacielos de Sídney. Foto: Toñi Guerero

Varias treintañeras se juntan para una reunión a media mañana. Se abrazan sin darse besos. Quiero apuntarlo todo, grabarlo todo, fotografiarlo todo. El fracaso está garantizado porque me perderé cosas esenciales. Que estas páginas sean un esbozo de lo que viviré en Australia.

Subo por la calle principal y ya se adivinan unos rascacielos que desafían la arquitectura convencional. Son transgresores, de colores cambiantes y algunos se iluminan en diagonal por la noche. No me canso de verlos, admirarlos, hasta de quererlos. Me aficioné en las películas. El amor directo empezó, tan joven, en el Tokio de mitad de los noventa. Sacamos las dos cámaras Nikon y el móvil. Más fotografías. Y lo que queda. Pues esta queda mejor en horizontal que en vertical, qué curioso.

A dormir pronto. Vamos solo empatando con el jet lag.

***

En Pearl Beach, tras doblar unas curvas de espanto cuesta arriba, con árboles gigantes a cada lado de la carretera, Candela quiere enseñarnos más playas. Mira esta. Guauuu. Una bahía entera con vegetación salvaje casi a pie de arena, finísima, que parece pan rallado. Woy Woy, donde se enclava Pearl Beach, está a una hora y media de la estación central de Sídney. En el vagón del silencio te animan a escuchar un pódcast, leer o meditar. Gracias por los consejos. Por cierto, no aceptan ni moneda ni billetes. Sacas la tarjeta de crédito e ignoras cuánto pagarás. Hay que desplegar el plástico de nuevo al salir del autobús o del tren. Solo cuando entras en la cuenta corriente del banco sabes realmente cuánto te cuesta el trayecto. Si no pones la tarjeta al final, te cobrarán como si hubieras hecho todo el recorrido que te falta. O algo así. Bueno, tampoco me enteré muy bien. Se aceptan comentarios australianos para aclararlo.

"En el camino, Candela narra detalles de la cultura aborigen y de su vida, tan fascinante e intercultural"

Candela tiene poco más de 40 años y es mi prima hermana. También fui el padrino de su bautizo. Española de corazón y aussie de sentimiento —o viceversa—, se apellida Álvarez —su padre era uruguayo— y luego Rivera de segundo. Su madre es mi tía Nieves, de la que hablaré más tarde, entre canguros y sitios alocados. Mi ahijada sonríe y se carcajea como si estuviera de fiesta en España. Conduce un Subaru automático, gesticula al volante y suele llevar recogido su hermoso cabello moreno. Por la tarde nos lleva a una exposición de arte. En realidad son dos. Hay muchos discursos y todos se ríen con una copa de vino tinto en la mano. Compramos algunos souvenirs. Ya es de noche y no podemos ver el jardín japonés del sitio. En el camino, Candela narra detalles de la cultura aborigen y de su vida, tan fascinante e intercultural.

El metro pasa por el ayuntamiento de Sídney. Foto: Toñi Guerero

William —no se confundan con la calle de Sídney —es su marido, un hombre tranquilo y que se preocupa por cocinar en francés caribeño: es natural de la isla de Martinica. La niña y el niño son pequeños. Su casa tiene un jardincito, y la niña, que es la mayor, estira su cuerpo de cinco años en la hamaca que observa la vida familiar del salón. El niño, con el pelo rizado como un oso de peluche, baila lo que le echen y sonríe a pleno rendimiento. En el parque infantil, cotorras, cacatúas y patos negros pasean entre los toboganes y el césped. Se hacen amigos íntimos de los humanos. O casi. Ya debería haberlo aprendido con la lectura del divertidísimo y agudo libro En las antípodas, de Bill Bryson, que compró Candela en Torremolinos hace más de 20 años y cuya lectura le arrancó morriña para volver a Australia: “No es posible en una sola vida enterarse de todos los peligros que acechan bajo cada zarzal o cada charco de agua en este país tan admirablemente venenoso y devorador”.

En la península de Woy Woy, con una precuela de paisajes de fiordos salvajes y tan descaradamente bellos que parecen mentira, viven artistas en busca de inspiración y transpirando sin parar en diciembre y enero (el tórrido verano). Quizá algún autor se encuentre refugiado en una cabaña para escribir LA GRAN NOVELA AUSTRALIANA, un venezolano de origen vasco monologue sobre el choque cultural en este país (luego busco el nombre de su espectáculo), y veteranos del Vietnam cuentan batallitas, cerca del memorial que tienen, mientras disfrutan de calamares o de una doble hamburguesa prohibida por su médico personal.

Playa de Woy Woy. Foto: Toñi Guerero

Me acompaña a este viaje uno de mis libros fetiches de las primeras excursiones internacionales: El Nuevo Periodismo, de Tom Wolfe. Hoy me había propuesto leer un fragmento de un reportaje de Nicholas Tomalin: “El general sale a exterminar a Charlie Cong”. Bueno, mejor lo dejo para otro día. El jet lag y yo seguimos empatados. Solo me queda marcarle un gol a lo campeón del mundo. Hace cuatro días grité el gol de Ferran unos segundos antes que los vecinos. La euforia desapareció en dos microsegundos cuando comprobé que las maletas estaban sin rematar y que quedaban solo cuatro horas para estar en el aeropuerto: yo solo pensaba en si funcionaría el despertador físico que ya no tengo. La alarma del iPhone quiso responder a tiempo.

***

El hotel de las Montañas Azules data del siglo XIX, pero tampoco hace falta certificarlo ante un ejército de notarios. Basta decir que la moqueta roja y azul tan solo desaparece en los baños y casi por imperativo higiénico. No hay distinción de géneros entre los baños: vas al de la izquierda o al de la derecha en función de si tu habitación es número par o impar. Hay que entrar con una llave en la habitación de la ducha. En pocos días me he dado cuenta de lo agotador que es regular la dosis de agua fría o caliente sin que te hieles o quemes.

La camiseta térmica que solo me puse una vez en Sierra Nevada, o en alguna excursión campestre sin muchas ambiciones andarinas, es en esta mañana soleada y siberiana prenda imprescindible para soportar mi proverbial alergia al frío. También he garantizado doble refugio climático para las piernas. El autobús nos deja a tiro de fotografía de Las tres hermanas, un icono. Hay que sortear para lograr la mejor vista a una pareja argentina que todavía piensa en quedar 0-0 en la final para llegar a los penaltis, una familia china muy atareada con sus teléfonos y selfis y dos australianos que pasaban por ahí, casi sin querer molestar.

"En la ruta oímos hablar español y ponemos la oreja a ver lo que dicen, casi por un absurdo experimento antropológico"

En la ruta oímos hablar español y ponemos la oreja a ver lo que dicen, casi por un absurdo experimento antropológico. Él tiene unos 60 años y es directivo de una multinacional del Ibex. Viste debajo de la sudadera la camiseta blanca de la selección, la suplente del Mundial. Viaja mucho a Australia, y su mujer le acompaña algunas veces. Escuchamos sonidos de pájaros cantarines que parecen danzar entre ramas. Respiro aire puro. Esa sensación de estar rodeado de naturaleza. Quizá esto también es felicidad. Siempre he preferido un paisaje con mar al de montaña. Toñi me está aficionando a los árboles, las plantas y las flores.

Pelícanos en Woy Woy. Foto: Toñi Guerero

En el restaurante comemos algo con pollo y apunto ideas para el diario. No entiendo mi letra. Hoy algo sí: “Verdes, naranjas, eucaliptos, montañeros que suben peldaños, ramas centenarias, copas de árboles silenciosas”. Si escribo muy rápido, mi caligrafía sigue siendo pésima, como siempre. Reviso las fotografías, si están enfocadas o no, y miro las portadas de los periódicos digitales, incendiadas. La tarde es solo pasado. Son las cinco y media de la noche en Australia. Sí, de la noche.

En el hotel, que parece un escenario de cartón piedra de una novela de Stefan Zweig, hay un árbol de Navidad y figuritas decorativas. Es julio y la temperatura no pasará fuera de los cinco grados. La chimenea está encendida a punto de provocar un derroche de villancicos. Suena “Summertime”, de Ella Fitzgerald: “Estamos en verano y vivir es fácil”.

Leo El viaje, de Luigi Pirandello: “A fuerza de escribir, sin duda he acabado convenciéndome de que viajaba”. Sí, es verdad. Estoy en Australia, el diario está en marcha, y en un día llegaremos a Broken Hill. Serán 11 horas de viaje en tren. Ya casi ni me acuerdo del jet lag y acabo de estrenar una mirada.

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