Pregúntame por la noche y la penumbra. Pregúntame por lo breve, por todo lo que se marcha. Por lo que se hace silencio y después se enciende. Por las palabras que dejan su eco dentro de las casas cuando las personas se han marchado. El eclipse es un sueño breve. Es un parlamento de Segismundo donde se contiene el cosmos. Un acto poético donde se resuelve en un guiño nuestro ciclo de vivir y desvanecernos, y otra vez aparecer en otra luz, en una conciencia que es otra y la misma.
El Sol borbotea, se deja querer por lo que alumbra, mientras la Luna protagoniza una hora en la que normalmente es invisible. Se proyecta sobre la superficie de la Tierra y la sombra de la Luna consigue ser nuestra luz. Todo lo que ignoramos sucede en nosotros. No podemos hacer nada para evitarlo y solo aspiramos a recordar lo que hemos olvidado dentro de nuestro laberinto. Hay más. Mucho más. La luz se oculta adrede para hablar suave.
El silencio comienza a penetrar la naturaleza entera. En la torre, ha venido gradual mientras el diafragma dorado se iba cerrando en una penumbra que perdía toda estridencia a favor del púrpura: un aura que envolvió todo el valle, desde los olivares cercanos hasta la estepa lejana, más allá del río. Lo umbrío todo lo penetraba. Todo era umbral. Era el momento de dar un paso.
Las golondrinas dejaron de trazar sus arcos y desaparecieron en busca de la luz que se perdía. Una bandada de abejarucos vino desde el horizonte, salpicando el aire de austeras campanillas mientras se apresuraban en su regreso a los taludes donde viven en agujeros. Aunque el anochecer se adelantara a un velocidad vertiginosa, lo iban a conseguir por un suspiro.
Por eso, cuando la sombra envolvió el espacio visible, el callar de los seres fue prodigioso. Era el respeto a la oscuridad en la luz, al sentido evanescente, pero universal en ese momento, de una única energía que a todos nos penetraba y nos había hecho sacar la cabeza de nuestras atareadas madrigueras. Hasta las piedras parecían emanar un resplandor que nos tocaba la piel, mientras bajaba la temperatura del aire. La puerta del sentido, abierta un instante, en el parpadeo del cosmos.
Entonces, desde la colina del Este comenzó a vociferar un grupo de jóvenes. Clamaban consignas del laberinto y canciones de moda. Soberbios, no sabían que el más simple de los olivos los dejaba en ridículo. Las culebras, los zorros. De nuevo el desajuste nacía de quienes elegían no enterarse de nada: unos seres humanos.
La Sombra regó todavía la Tierra con su inmensidad sagrada. El Sol agilizó su rubor en el poniente. Habían regresado las golondrinas y otra vez cazaban insectos.


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