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Una historia de lealtad

Aquellos ocho meses en El Aaiún suscitaban una forma de mirarlos que ya no existe: épica, aventurera, crepuscular. Para un reportero de veintitrés años, nutrido con libros y películas, ese último escenario de un mundo colonial en extinción era un lugar fascinante donde vivías la experiencia de convivir con legionarios, traficantes, espías, tahúres y muchachas con nombres imposibles y sonrisa profesional —Rubí, Cristal, la Franchute— que bailaban en cabarets. Cada noche, después de dictar por teléfono la crónica para mi periódico, hacía la ronda final: antros de penumbra, humo de tabaco —no sólo de tabaco— y whisky malo, con pequeñas orquestas, bailarinas llegadas de Canarias, Brasil y otros lugares de África, donde se mezclaban nativos saharauis, oficiales y soldados que al amanecer volvían a patrullar las arenas minadas del desierto: fuente extraordinaria de información no oficial, y también de singulares lazos humanos. Hice muchos amigos allí, procuré ser fiel con sus confidencias y todos lo fueron conmigo. En aquellos días turbulentos firmé muchas veces en primera página gracias a ellos.

En el cabaret Oasis, que regentaba mi amigo Pepe el Bolígrafo, intimé con una pareja de soldados que parecía sacada de una novela. Uno, al que llamaré Luis, pertenecía a las Tropas Nómadas: guaperas, educado, impecable incluso con uniforme. Hijo de una familia catalana de mucho dinero, era un bala perdida total, un golfo elegante. Algún desparrame grave había tenido que montar -nunca se franqueó con eso- para acabar destinado al Sáhara, que en aquel tiempo era una manera muy española de mandar lejos a ciertos jóvenes problemáticos.

A su camarada lo llamaré Uralde. Era legionario, de origen vasco: un armario rapado al cero y con cara de pocos amigos, elemental y noble. Tripulaba un carro AMX-30 del Tercio, en Sidi Buya. Apenas hablaba y cuando lo hacía eran cuatro palabras secas y definitivas. Uno y otro, el vasco y el catalán, no podían ser más distintos; y sin embargo, siempre iban juntos. Luis andaba locamente enamorado de la primera bailarina de un ballet brasileño que actuaba en el Oasis. Quería conquistarla —o sea, quería acostarse con ella—. El problema era que se trataba de una hembra espectacular; y en la escasez natural sahariana, eso ponía el listón muy alto. Había cola, de capitán para arriba. Y Luis, aunque manejaba viruta, era un simple pistolo sin tan siquiera un galón de cabo. Además, como fuera de golfo era un romántico, pretendía zumbársela por la cara. De ese modo penaba cada noche en el cabaret, desolado, viéndola irse con otros, mientras su amigo Uralde le llenaba una y otra vez la copa con la resignación de quien sabe, o intuye, cómo terminan esas historias. Yo coincidía mucho con ellos. Nos caíamos bien, nos emborrachábamos juntos. Éramos jóvenes los tres; y con esa edad y en tales lugares, más que amigos convencionales encontrabas compañeros de aventura. Al fin, una noche de suerte, Luis consiguió su propósito: consumó el episodio carnal, aunque previo pago del importe. Como se veía venir.

Después llegó la Historia con mayúsculas: la Marcha Verde, las banderas vergonzosamente arriadas, los saharauis entregados a Marruecos y la certeza de que un mundo viejo desaparecía ante nosotros. Cada cual siguió su camino y pasaron quince años. Yo andaba en otras historias y otras guerras cuando una tarde en Barcelona, al entrar en Boadas en busca de un martini como Dios manda, alguien gritó mi nombre. Lo reconocí en el acto. Luis apenas había cambiado: algo más gordo que en El Aaiún, el pelo largo, el aire próspero. En vez del uniforme de Tropas Nómadas vestía un traje caro bien cortado. Siguió media hora de risas, copas y recuerdos. El inevitable Sáhara. Recordé a Uralde y al oír el nombre Luis asintió, sonriente. Está bien, se limitó a decir. Cuando salimos a la calle seguíamos hablando del tiempo pasado, de amigos cuyos nombres no recordábamos y de otros que no olvidaríamos jamás. De aquel desierto que tanto marcó a quienes lo conocimos. Y entonces, en la acera, vi a un fulano grandote apoyado en un automóvil. Era el antiguo legionario, más ancho, con canas, igual de callado. Casi me tronchó las costillas con un abrazo de oso.

—¿Qué carajo haces tú aquí? —le pregunté.

—Es mi chófer, mi guardaespaldas, mi secretario, mi hombre de confianza —respondió Luis—. ¿Quién mejor que él?

Aquella noche tardé en irme al hotel y ellos en irse a dormir. El soldado elegante y canalla, el golfo enviado al Sáhara por su familia para quitárselo de en medio, había sentado cabeza y heredado el negocio, convirtiéndose en un empresario podrido de pasta. Y cuando necesitó alguien en quien confiar de verdad, uno a quien entregar las llaves del coche, la agenda, la familia y la vida, no buscó a un ejecutivo ni un experto en seguridad. Se fue a buscar al veterano legionario del Sáhara, dio con él en un remoto caserío de Vizcaya y se lo trajo a Barcelona. Allí estaban los dos y allí estaba yo mirándolos mientras escuchaba el relato asombroso de sus vidas. Y en ese momento confirmé que hay lugares donde cierta clase de seres humanos se atan entre sí para siempre; allí donde las biografías anteriores, la condición de cada cual, importan poco. Lo único que cuenta, cuando llega la noche, es si confías en el otro para que vigile mientras duermes, antes de relevarlo y ser tú quien vela su sueño. Por eso aquella pareja insólita, el elegante niño rico y el legionario rudo como una piedra, mis amigos de El Aaiún, seguían caminando juntos quince años después. Hay novelas y películas que no consiguen contar una historia de lealtad mejor que ésa.

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Publicado el 26 de septiembre de 2026 en El Mundo.

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