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Tintín, Cantonet y el síndrome de Stendhal

Tintín, Cantonet y el síndrome de Stendhal

Síndrome de Stendhal: Dícese de la reacción psicosomática que provoca entre otros síntomas un gran éxtasis, como el que le provocó al escritor francés Henry Beyle (Stendhal) en 1817 viajando a Florencia, delante de tanta belleza.

Sería en el 8º Encuentro de “Mil Rayos, asociación tintinófila de habla hispana”, celebrado en la Fundación Carlos de Amberes de Madrid, en el que nosotros, como ya hacía cinco años, participábamos mediante el montaje de un stand de productos tintinescos para ofrecer a los presentes a dicho certamen. En el mismo se presentó un señor llamado Juan, como propietario de un hotel temático relacionado con la BD (Bande dessinée) situado en las proximidades de Zaragoza. Comimos con él, nos habló de su proyecto como lugar de hospedaje tintinesco y nos emplazamos para ir un día a visitarlo y conocerlo.

Un hotel situado en el término municipal de Calatorao, provincia de Zaragoza, a 50 kilómetros de su capital, con toda una serie de peculiaridades que nos hicieron despertar la curiosidad, ya que su ubicación, en principio, nos cogía de paso en el trayecto Madrid-Barcelona y viceversa.

Durante la conversación mantenida con Juan, su propietario, nos obsequió con unos vales-descuento del 15 %, por si algún día decidíamos hacer acto de presencia y pernoctar en uno de esos viajes, y así quedó la cosa.

Pasada la jornada del encuentro tintinófilo, y habiendo dormido esa noche en Madrid, al día siguiente, después de desayunar, emprendimos viaje de vuelta hacia Barcelona. No habiendo transcurrido 45 minutos de viaje, Mª Carmen me propuso desviarnos un poco de la ruta para dirigirnos a ese hotel que, después de la conversación con Juan a cerca del coleccionismo, nos había ocasionado cierto interés.

Hotel 26 Labrador. El Santuario de Tintín por excelencia.

Cogimos las coordenadas que Juan nos había dado y nos dirigimos en primera instancia hasta Calatorao. Llegados a esa localidad, ya vimos que dar con la finca del hotel no sería tarea fácil. Uno de los datos que nos tenía que ayudar era que su ubicación se encontraba en los terrenos de “la granja del Cabildo”, pero dada su extensión y la cantidad de caminos de tierra que iban cruzándose en el trayecto, observamos que no sería sencillo el adivinar cuál de ellos nos dirigiría a la entrada de la finca del hotel.

"Incluso intentamos mediante el claxon del vehículo llamar la atención de las personas que posiblemente estuvieran al otro lado de dicha puerta"

Finalmente, después de dar bastantes vueltas por senderos con explotaciones diversas de árboles frutales en los que cantidad ingente de conejos se nos cruzaban por delante del coche como si de un juego se tratara con la sensación de ir rejoneándonos a nuestro paso, nos dimos de bruces con un caminito que traspasaba una acequia y que nos conducía de morros frente a una puerta metálica verde sin más.

Era una puerta de grandes dimensiones y de estructura maciza que no nos permitía divisar lo que se escondía detrás de ella ni tan siquiera por sus laterales, ya que se encontraba flanqueada por enormes árboles y vegetación frondosa que proporcionaban un aspecto sombrío a dicho entorno. Tampoco supimos encontrar ningún timbre cercano para ser accionado. Inspeccionando un poco, vi que se trataba de una puerta mecánica corredera cuya apertura se debía activar desde el interior de la finca, pero tampoco encontramos ningún artilugio que accionar para que diera aviso de nuestra presencia.

Incluso intentamos mediante el claxon del vehículo llamar la atención de las personas que posiblemente estuvieran al otro lado de dicha puerta, pero no obtuvimos respuesta alguna.

Pues nada, nuestro gozo en un pozo. Media vuelta y rumbo de nuevo hacia Barcelona. Quedó claro que, sin visita concertada, Juan y Alicia no permanecían a la espera de que alguien pudiera hacer acto de presencia de forma inesperada.

Pasadas unas semanas le comenté a Mª Carmen la posibilidad de ponernos en contacto con ellos para poder programar una estancia de fin de semana en su hotel y así lo hizo. Esperamos que pasaran los días vacacionales de Semana Santa y acto seguido contactó telefónicamente con ellos.

En el tema de las reservas quien se encargaba era Alicia, la cual fue muy diligente, y acordamos el hospedarnos en el hotel un fin de semana en el que pudiéramos entrar un sábado por la mañana antes del almuerzo y dar por finalizada nuestra estancia el domingo por la tarde, activando el vale-descuento que nos había ofrecido Juan.

Habiéndole explicado a Alicia la experiencia frustrante que habíamos tenido semanas atrás, nos dejó bien claro que tener una reserva concertada era condición indispensable para acceder al recinto del hotel.

"Hotel rural de 2 estrellas, con no más de 8 habitaciones y en el que su aforo no podía sobrepasar las 20 personas, siendo excluidas las personas menores de 16 años y los animales de compañía"

Reconociendo que los caminos por los que te llevan hasta la puerta verde del hotel no están muy bien especificados, su explicación fue la de intentar evitar curiosos, intrusos y chafarderos. Nos indicó que un par de metros antes de llegar a la puerta verde, camuflado entre cierta maleza para no ofrecer excesiva visibilidad, se encuentra una torreta con cámara en la que se tiene que accionar un timbre del cual también tienes que saber interpretar su ubicación. Apretando dicho timbre, desde el interior de la finca ellos ya nos abrirían la puerta verde mecánica. Una vez abierta y habiéndola traspasado, nos pidieron que esperásemos a que se cerrara y que nos cerciorásemos mediante los retrovisores del coche de que nadie se hubiera colado de incógnito en la finca. Todo un protocolo a seguir que ofrecía una cierta dosis de intriga, justificada por el entorno que nos rodeaba.

Pasada la puerta verde, nos esperaba una avenida flanqueada por árboles centenarios y abundante vegetación en el que grandes maceteros decorados con el damero rojo y blanco del cohete lunar de Tintín nos daban paso hasta poder intuir lentamente la fachada de color naranja-calabaza y marcos azules en sus puertas y ventanales del hotel, el cual nos daba la bienvenida junto con la presencia de Juan y Alicia.

Nos indicaron la plaza donde poder aparcar, y una vez estacionados se nos acercaron para saludarnos de forma calurosa y agradecida.

Era una finca de regadío de 9 hectáreas que gestionaba Juan con la colaboración de jornaleros de las poblaciones más cercanas, en donde las aguas del río Jalón abastecían sus terrenos. En medio de la finca emergía un caserón convertido en hotel con 1.400 metros cuadrados de superficie y al lado una casa más pequeña en donde vivían Juan y Alicia con el correspondiente parking donde alojar coches y maquinaria agrícola.

Hotel rural de 2 estrellas, con no más de 8 habitaciones y en el que su aforo no podía sobrepasar las 20 personas, siendo excluidas las personas menores de 16 años y los animales de compañía por motivos que serán debidamente explicados dadas las características del lugar.

Como dato singular, informar que sus habitaciones no ostentaban ni televisión ni línea telefónica. Eso sí, entorno de ensueño acomodado en un paraje natural a los pies de la sierra del Moncayo, en el que el servicio de piscina privada proporcionaba un atractivo especial en época estival.

Dada su condición de hotel temático de la BD, sus habitaciones estaban bautizadas con nombres emblemáticos del Noveno Arte: La habitación de Corto Maltés, la habitación de Astérix y Obélix, las habitaciones de Tintín relacionadas con el libro de La Oreja Rota y El Templo del Sol, la habitación de Black y Mortimer (La Marca Amarilla), la de las Pin Ups, la de Moebius y  la de Jean-Pierre Gibrat.

Una vez saludados, cogimos las dos maletas individuales que llevábamos y nos dirigimos al interior del hotel, comentando las dificultades para poder llegar hasta la puerta metálica.

"El impacto visual no me daba tregua y sabiendo la cantidad de metros cuadrados que me quedaban por ver, estaba ávido por seguir descubriendo cada rincón de esa maravilla"

Llegados a ese punto entramos al primer salón-recepción, donde habiendo transitado un par de metros, a mis ojos les fue de un pelo que no se salieran de sus órbitas. Nos quedamos en shock, desencajados. Dejamos nuestras maletas apoyadas en un sofá y fuimos acercándonos sigilosamente por separado a cada una de las vitrinas, en las que pudimos deleitarnos observando la colección privada que se albergaba en el hotel. Figura por figura, objeto por objeto, litografía por litografía, esmalte tras esmalte. Deleite que personalmente, me acabó sobrepasando. Estaba impresionado. Ahora mismo estaba recordando que tenía expuestas en dicho salón tres maquetas del barco “Unicornio”. No una, ni dos: “TRES maquetas, TRES”.

Ante nuestra estupefacción y relativizando nuestro estupor, Juan nos invitó a recoger de nuevo nuestras maletas y acompañarnos al ascensor que nos daría acceso a la primera planta, donde se encontraba la habitación que él mismo nos había elegido, bautizada con el nombre de “La Oreja Rota”.

Con anterioridad acordamos en vernos de nuevo en el salón-recepción pasados unos 30 minutos para podernos asear después del viaje, y finalmente accedimos al interior de la habitación. Una vez entré fui directamente a los pies de la cama, donde me senté observando lentamente todo lo que se me ofrecía alrededor. Cuadros, alfombras, fetiches, sofá rojo de Tintín; y en su interior, el baño con cortinas de ducha serigrafiadas con elementos tintinescos, azulejos formando un habitáculo del cohete lunar, etc.

El impacto visual no me daba tregua, y sabiendo la cantidad de metros cuadrados que me quedaban por ver, estaba ávido por seguir descubriendo cada rincón de esa maravilla en la que Juan y Alicia habían conseguido transformar de forma magistral un caserón que, según explicaron mientras comíamos, lo adquirieron en un estado seriamente deteriorado.

Pasados unos minutos, habiendo vaciado sendas maletas y con posterioridad habiéndonos refrescado en el baño, nos dispusimos a salir de la habitación para dar acceso esta vez a la escalera que, bajándola, nos llevaría de nuevo al salón de entrada. A ambos lados de la escalera las paredes repletas de cuadros, placas esmaltadas de la “Emallerie belge”, litografías firmadas, etcétera, provocaron que fuéramos descendiendo, como si fuera en cámara lenta, por cada uno de los peldaños que iban apareciendo a nuestro paso.

Muy pausadamente íbamos observando todas las maravillas que nos salían al paso mientras nuestra mirada no daba crédito ante el espectáculo, que mentalmente intentábamos digerir.

Llegados al salón de entrada, Juan nos invitó a seguir bajando otras escaleras para llegar a un pasillo que nos daría acceso al comedor donde Alicia nos estaba preparando el almuerzo.

En dicho pasillo, vitrinas con luces apropiadas, repletas de un gran despliegue de figuras de plomo Pixi y otras de resina. Personajes tan variados como Corto Maltés, Marsupilami, Asterix y Obélix, Lucky Luke, Pitufos, Gastón, etc.

"Nos sentamos a comer y, como no podía ser de otra manera, mantelería, cubiertos, platos, servilletas, vasos, tazas; todo ello bajo temática de Tintín"

La estancia del comedor era apoteósica. ¡Qué podría explicar! La temática central de la decoración de dicho espacio era todo lo relacionado con la doble aventura de Tintín y la Luna. Para empezar, en un  mural vertical, el gran puzle de placas esmaltadas que, una vez confeccionado mediante sus nueve unidades, formaba una imagen de 9 metros cuadrados del momento en el que el cohete aluniza (pag. 22 del libro Aterrizaje en la luna). Las otras paredes estaban decoradas por toda la colección en todos los tamaños de las placas esmaltadas de la temática lunar, litografías de tiraje de 50 unidades firmadas y numeradas. Todos los cohetes en todos los formatos de Michel Aroutcheff, y finalizaré con una pared compuesta por cuatro grandes agujeros, en los que estaban ajustadas en su interior tres vitrinas con figuras del díptico lunar, en resina y plomo; y una de ellas dedicada en exclusiva a “El pequeño príncipe”.

Nos sentamos a comer y, como no podía ser de otra manera, mantelería, cubiertos, platos, servilletas, vasos, tazas; todo ello bajo temática de Tintín. Durante la comida y a la hora del café estuvimos hablando largo y tendido sobre el desarrollo como coleccionistas de todo lo explicado y expuesto. En algunos momentos me habló con cierta amargura sobre el comportamiento generalizado de todo el mundo hacia su afición.

Para empezar, me comentó que Moulinsart, propietarios de los derechos de la obra de Hergé, no se creían que todo lo que tenían expuesto en el hotel fuese oficial y legal, hasta el punto de que el departamento jurídico de Moulinsart, con delegación en San Sebastián, habían contactado con ellos para que dieran todo tipo de explicaciones sobre el contenido tintinesco del establecimiento, con el argumento de que posiblemente se enriquecieran con la exposición al público y clientes de producto falso o sin licencia. Ante dicho descrédito, Juan y Alicia los invitaron a que hicieran acto de presencia y fueran ellos mismos los que constataran la originalidad de todo lo expuesto; eso sí, pagando todo lo consumido durante su estancia y hospedaje. No volvieron a saber nada más de ellos.

En este caso, como propietario de Cantonet, y visto lo visto en el hotel, puedo acreditar, y así lo hago, que bajo mi noble conocimiento y saber, el 99,99 % de todo lo que estaba expuesto era oficial, y se podía comprobar mediante sus cajas y sus certificados de autenticidad.

También me rememoró la tristeza que le provocaba el que la gente no apreciara el esfuerzo mayúsculo que suponía decorar el hotel de forma temática. Me explicó cómo un familiar directo suyo, el día de la inauguración, lo felicitó por lo bien que “quedaban las empuñaduras de las puertas a juego con el color de las mismas”. Vamos, como para darle dos leches bien dadas por bobo, inoportuno y desconsiderado.

Juan y yo nos entendíamos perfectamente. Sufríamos con reiteración los mismos desprecios y desaires venidos de personas de las cuales no te esperabas según qué conductas ni comentarios desafortunados; pero también supimos disfrutar de nuestro frikismo.

"¿Descanso? No. No pude descansar. Me pasé la noche dando vueltas en la cama rememorando todo lo que mis ojos habían visto"

Evidentemente, le hice varias preguntas sobre su trayectoria en el mundo del coleccionismo de Tintín, entendiendo que trabajando simplemente no se puede conseguir todo lo expuesto ni rehabilitar un caserón de 1.400 metros cuadrados, y muchas otras cosas. Como no podía ser de otra manera, a esa pregunta no me quiso contestar con detalle, y el tema quedó sintetizado con que una herencia familiar le había posibilitado crear ese sueño de juventud, el cual no era otro que, mediante la excusa del negocio hotelero, poder dar rienda suelta a su pasión por el coleccionismo, en gran medida sobre la temática de Tintín.

Siendo como éramos comerciantes del producto Tintín desde hacía cuatro años, no me pude abstener de preguntarle a Juan:

—Pero Juan, vamos a ver. ¿Quién te ha vendido todo esto? El que haya sido se ha hecho de oro.

Su respuesta fue también un poco ambigua:

—Ahora hace mucho tiempo que no compro nada, pero bueno, ya sabes. Compraba en una tienda de Bayona, otra de Montpellier, a Zephyrum, gran cantidad a Olivier de la tienda “Mille Sabords” de La Rochelle y algunas cosas a MilComics de Zaragoza. En fin, un poco en todas partes.

Pues bien, habiendo transcurrido todo el día contemplando el universo que nos rodeaba, una vez cenados, nos retiramos a nuestra habitación para poder descansar después de un día repleto de excitación y sobrecarga emocional.

Un baño relajante y al catre como deleite de un merecido descanso.

¿Descanso? No. No pude descansar. Me pasé la noche dando vueltas en la cama rememorando todo lo que mis ojos habían visto. Estaba como si me hubiera tomado cuatro cafés. Maldije no haberme traído a mi salvavidas, que no es otro en estos casos que una pastilla de Trankimazin, ya que mi cabeza no paraba de dar vueltas constatando que todos nuestros conocimientos de coleccionismo tintinesco estaban y habitaban en ese caserón. No, no pegué ojo en toda la noche. Puede que a las 6 me quedara traspuesto después de una noche rebobinando constantemente todo lo vivido, buscando en mi mente de coleccionista aquella pieza que no había visto en la colección de Juan.

Pero era al revés: la cantidad de objetos y figuras que sabía de su existencia y que había visto en foto pero que nunca había tenido el placer de tenerlas ante mis ojos.

A las 8 sonó el despertador, y después de pasar lo que se dice la noche del loro, saqué la conclusión que había sufrido el SÍNDROME DE STENDHAL.

Al día siguiente mientras desayunábamos le comenté a Juan:

—Te voy a hacer una peritación de toda la colección de Tintín que atesoras en el hotel.

—A ver, dime.

—Tu colección tintinesca ronda el millón de euros. A lo que me contestó, mientras se levantaba de la mesa para rellenarse la taza de café con su flema “baturra” y con cierta contundencia:

—No andas lejos, maño.

A partir de ese fin de semana fueron varias veces las que nos hospedamos en dicho hotel. Incluso en más de una ocasión entablé negociaciones con Juan para adquirirle algunas de las figuras que tenía repetidas y algunas otras que, después de comprarlas, no le acabaron de gustar. Pero, como a todo buen coleccionista, desprenderse de alguna de ellas a Juan le sentaba peor que si le sacaran una muela sin anestesia.

"Fue pasando la vida, nuestras visitas se fueron dilatando en el tiempo y un buen día, sería a principios de 2026, le comenté a Mª Carmen la posibilidad de reservar noche de nuevo en 26 Labrador"

Recuerdo una tarde en la que descubrí en su biblioteca una enciclopedia Larousse, propiedad de la madre de Alicia, en la que aparecían infinidad de ilustraciones utilizadas por Hergé para ser recreadas dentro de las aventuras de Tintín, desde la carroza real utilizada en El cetro de Ottokar hasta la caravana perteneciente a los gitanos afincados en los terrenos de Moulinsart. Nos pasamos la tarde a la búsqueda de esas fuentes de inspiración hergenianas que nos rememoraban secuencias leídas en dichos libros.

Evidentemente, fue un lugar que recomendé con mucho énfasis a mis clientes y amigos, ya que de todas las veces que fuimos siempre salimos con un muy buen sabor de boca. Juan y yo estábamos en la misma sintonía y éramos capaces de estar horas y horas hablando de nuestro monotema sin desmayo.

Fue pasando la vida, nuestras visitas se fueron dilatando en el tiempo y un buen día, sería a principios de 2026, le comenté a Mª Carmen la posibilidad de reservar noche de nuevo en 26 Labrador, para el día antes del 16 Encuentro tintinófilo de Mil Rayos, a lo que ella accedió, y contactó con Alicia.

Alicia le explicó a Mª Carmen que el hotel estaba cerrado, ya que Juan había fallecido hacía un año, pero que le interesaba mucho que fuéramos a verla en condición de invitados, para hablar con nosotros y asesorarle como expertos en el producto Tintín.

Quedamos en vernos el día que íbamos de camino al Encuentro de Madrid, y una vez recibidos y saludados por Alicia, entramos en el hotel constatando el vaciado de las estanterías y un cierto bullicio y desorden de cajas, figuras, etc. Un caos organizado que solo controlaba Alicia. Nos sentamos en unos sofás, tomamos un café de bienvenida que nos había preparado, y ella nos explicó que después de la muerte de Juan se encontró con un pollo de mucho cuidado. Con todo el pesar del mundo, se tenía que deshacer de la colección para poder hacer frente a las obligaciones fiscales y de otras índoles. Contactó con Olivier, de Mille Sabords, estudiaron la situación y acordaron poner a subasta mediante la sociedad de ventas Bordeaux Chartrons de Burdeos, gran parte de la colección. Se ejecutaron dos subastas con todas las piezas que Olivier consideró de mayor interés.

En el hotel quedaba bastante cosa por ser vendida. Mucho producto que nosotros le llamamos “de menudeo”, y es ahí donde Alicia se interesó en nosotros, por si queríamos acceder a dicho producto.

Pins, figuritas planas, figuras de resina de la colección Altaya, libros especializados y muchas otras figuras y objetos de valor superior a los que poco a poco les fuimos encontrando clientes interesados en su compra.

Digamos que finalmente fue Cantonet quien se encargó de más o menos vaciar el producto que quedaba en el que había sido morada de un hotel, digno de ser nominado como Santuario tintinesco con la colección más grande de Tintín vista en España.

Finalizo con el recuerdo entrañable de mi admirado Juan F. Sanz, con el cual disfruté de lo lindo y el cual nos dejó hará ya unos años, entendiendo que mientras dure la existencia de los que podamos explicar todas estas vivencias… siempre nos quedará Tintín.

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