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Agustín de Hipona, entre la ortodoxia y la duda

Agustín de Hipona, entre la ortodoxia y la duda

Llevaba tiempo detrás del libro de Peter Brown sobre Agustín y no había forma de encontrarlo, ni siquiera en ese bazar para bibliófilos en que se ha convertido Iberlibro. La suerte —o quizá, poniéndonos agustinianos, la providencia— ha tenido a bien regalarnos esta cuidada reedición, incluyendo un enjundioso prólogo. Siendo francos, sin embargo, una vez puesto el volumen en la mesa de trabajo, se me resistía. Han tenido que pasar unos meses para que me atreviera al final a hincarle el diente y descubrir que lo ocurrido en un mundo tan lejano como el del siglo IV de nuestra era tiene mucho que ver con nosotros los hombres de hoy.

La figura de san Agustín es tan gigantesca como enredados los sucesos y vicisitudes del período de la antigüedad tardía en que vivió. Y seguramente León XIV, agustino, lo va a poner en lo sucesivo de moda. Peter Brown, profesor emérito de la Universidad de Princeton y académico de reputación intachable, posee una habilidad que en ocasiones escasea entre los historiadores, pero que cuando hacen gala de ella hace posible a estos últimos ofrecer obras y estudios tan trepidantes y sobrecogedores como las mejores novelas. En este caso, el erudito irlandés da pinceladas sobre la situación política y cultural de una zona de la romanización, como es el norte de África, de la que apenas se da noticia en los libros de historia.

No estamos, como ya habrá podido colegir el lector, ante una hagiografía. Agustín aparece como lo que fue: un romano preparado, un hombre inteligente, un obispo valiente, pero con el alma sembrada de dudas y debilidades. Eso es lo más reseñable que emerge del análisis de este personaje que ayudó a configurar casi de modo definitivo el catolicismo. Lo hizo enfrentándose, como los primeros cristianos, a las corrientes filosóficas del momento, a fin de apropiarse de lo que en ellas hallaba compatible con el mensaje de Cristo, pero también para condenar aquellos postulados que no concordaban con este.

"Tenía un espíritu volcánico, una espiritualidad que erupcionaba ante la proximidad de la verdad, del bien, así como del pecado, la vulnerabilidad o la tragedia"

Las páginas de Brown tienen el mérito de contrarrestar el veneno que decenios y decenios de presentismo han inoculado en nuestra forma de comprender los siglos que nos preceden. A causa de ello, sería un error pensar que se extienden eriales o páramos intelectuales en las épocas anteriores a la ilustrada. Brown revela justo lo contrario: incluso en zonas de la cristiandad hoy olvidadas, la discusión y mezcla de corrientes teológicas, sectas, escuelas y movimientos filosóficos —sin pasar por alto la diversidad de sensibilidades políticas— resultaban tan explosivas que amenazaban la convivencia en las aldeas y ciudades además de la estabilidad del imperio en su conjunto.

Pero antes de vivir para afuera y de ajustar cuentas como prelado, Agustín tuvo que afrontar y domeñar su interior. Si no fuera por el anacronismo, estaríamos tentados a verlo como un romántico. Tenía un espíritu volcánico, una espiritualidad que erupcionaba ante la proximidad de la verdad, del bien, así como del pecado, la vulnerabilidad o la tragedia. A su ingenio le debe la fe católica no únicamente algunas de las más conseguidas fórmulas de sus dogmas, sino también su familiaridad con la mísera condición humana, su aproximación al perdón. El obispo de Hipona deseaba retirarse, consagrarse, tras los éxitos de su vida pública en las principales ciudades del Imperio, a la filosofía, la oración y la recitación de los salmos. Buscaba, en definitiva, cultivar esos placeres contemplativos en los que los clásicos cifraban la existencia feliz. Pero la situación de la comunidad eclesial y, concretamente, el empeño de los feligreses, lo sacaron de su tranquilo retiro.

"Lo que más ha perjudicado a Agustín ha sido sin duda el agustinismo, ese invento de una posteridad que solo había leído al de Tagaste entre líneas"

A lo largo de su extensa vida, Agustín se debatió, pues, entre la tensión de su activismo apostólico y su inclinación al silencio, la soledad y el estudio. Es precisamente esa dualidad lo que deja entrever también su correspondencia. Solo unos meses después de que volviera a editarse la voluminosa biografía de Brown apareció en las librerías una exquisita edición de sus Cartas filosóficas, que descubre, además de los variados intereses intelectuales del santo y el prolijo camino de sus intuiciones, la alta conciencia que tenía de la amistad, especialmente la de índole espiritual.

Según los editores de esta obra, las cartas filosóficas constituyen más o menos una décima parte del total de correspondencia conservada del santo. Las recogidas en este volumen comienzan justo en el momento de su conversión y llegan hasta el año 415. Están las que escribió, por ejemplo, a Jerónimo, con el que no siempre se llevó bien: con él discutió aspectos relacionados con la ortodoxia y la Escritura. Sea como fuere, descubrimos en todas ellas a un alma sensible, dispuesta a dialogar sobre la naturaleza del espíritu, la virtud o los inconvenientes de determinadas posturas filosóficas sin cortapisas. Pero también se constata una cierta evolución, así como el ejercicio de su responsabilidad como obispo de Hipona.

Tanto la reedición de la obra de Brown como la de las cartas ponen de manifiesto no solo que Agustín fue un gigante en la historia de la cultura o la filosofía, como ya sabíamos, sino que su envergadura responde a razones que los manuales de historia del pensamiento apenas esbozan. En este sentido, lo que más ha perjudicado a Agustín ha sido sin duda el agustinismo, ese invento de una posteridad que solo había leído al de Tagaste entre líneas. Brown expone sus contradicciones al tiempo que explica por qué incurrió en ellas. Las cartas, por su parte, revelan a un pensador cristiano que siempre estuvo a la zaga de la verdad y al que el descubrimiento de ella en el Evangelio no dejó de suscitarle tanta admiración como dudas.

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Autor: Peter Brown. Título: Agustín de Hipona. Traducción: Santiago Tovar y Rosa Tovar. Editorial: Taurus. Venta: Todos tus libros.

Autor: Agustín de Hipona. Título: Cartas filosóficas. Traducción: Manfred Svensson y Patricio Domínguez. Editorial: Trotta. Venta: Todos tus libros.

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