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El libro de Sarajevo

La noche y la mañana del 25 al 26 de agosto de 1992, Sarajevo ardió como arden los fondos de los cuadros de El Bosco: con esa luz rojiza y lenta que parece venir de las calderas del infierno. Después, como de costumbre, el fuego se convirtió en arquitectura del horror: la forma que siempre tuvo la barbarie. Desde las colinas, la artillería serbia destruía la biblioteca de la ciudad, el hermoso edificio austrohúngaro levantado junto al río Miljacka, que durante décadas había custodiado la memoria de una frontera llamada Europa. Y mientras las llamas devoraban salas y estantes, un cámara de Televisión Española, Paco Custodio, y su ayudante de sonido, Miguel de la Fuente, grababan lo que ningún europeo debería haber vuelto a ver después de más de medio siglo: miles de libros ardiendo deliberadamente.

Las imágenes se conservan en los archivos de TVE, pero sobre todo permanecen nítidas en la memoria de quienes estábamos allí: anaqueles desplomándose sobre los libros prendidos con la velocidad de la yesca, funcionarios y vecinos formando cadenas humanas para salvar volúmenes entre bombas y francotiradores… Y aquel momento trágicamente hermoso en mitad del horror, con infinitas páginas carbonizadas flotando en el aire igual que mariposas de fuego.

Lo de ese día no fue daño colateral, resultado inevitable de una guerra, sino intento deliberado de destruir memoria, continuidad y civilización. Ardieron cerca de dos millones de documentos: manuscritos otomanos, archivos austrohúngaros, periódicos bosnios del siglo XIX, libros hebreos, musulmanes, ortodoxos. En pocas horas, la memoria de un mundo multicultural se convirtió en ceniza.

Intenté aquella mañana, como cuantos estábamos allí, salvar cuanto pude, sacando montones de libros por los pasillos que poco a poco invadían las llamas y el humo. Y cuando ya no pudimos hacer más, como si quisiera agradecer nuestro esfuerzo en aquel caos de incendios y bombazos, uno de esos hombres, responsable de algo, puso un libro medio quemado en mis manos. «Llévenselo y recuerden», dijo. Y así lo hice, y así lo recuerdo.

Hace unos días me despedí de él tras conservarlo durante treinta y cuatro años, y ahora está en mejores manos que las mías. Se trata de un libro litúrgico ortodoxo impreso en Moscú en 1758, bajo el reinado de la emperatriz Isabel Petrovna, hija de Pedro el Grande: un volumen en eslavo eclesiástico, impreso con una tipografía negra y solemne que habla de silencio oscuro y scriptorium monacal. En la portada aparecen los nombres de Pedro I e Isabel Petrovna: la antigua Moscovia convertida en imperio. El libro nació cuando aún existían cosacos a caballo, caravanas tártaras y cortes europeas que escribían misivas en francés mientras conspiraban en alemán. Un mundo que ya entonces era peligroso y en el que, sin embargo, ese volumen sobrevivió a numerosas guerras y catástrofes.

Hojeé sus páginas muchas veces. En ellas había antiguas anotaciones, cifras y nombres apenas legibles trazados con una tinta desvaída por el tiempo, caligrafía de sacerdotes, monjes o propietarios olvidados que escribieron allí cuando todavía faltaban décadas para la Revolución Francesa. Después, siglos más tarde, el mismo libro había servido de refugio para otro papel que hallé escondido dentro: una nota manuscrita, de tono burocrático, fechada en 1944: Danzig, en Polonia, y dos siniestras palabras en francés: Comme prisonnier. Por la fecha y el lugar, eran referencias administrativas alemanas. El rastro inequívoco de otro derrumbe europeo.

Durante tres siglos, desde Moscú hasta Sarajevo, aquel libro no había viajado solo. Los libros nunca lo hacen. Alguien lo llevó consigo mientras huía: quizá un refugiado ruso blanco escapando de la Revolución, una familia ortodoxa desplazada por la guerra, algún sacerdote perdido entre el caos balcánico y las deportaciones del Este. En manos de unos y de otros, el volumen atravesó guerras mundiales, fronteras borradas y exilios sucesivos hasta acabar en Sarajevo. Toda Europa está en él: Moscú, Danzig, los Balcanes, emperatrices rusas, revoluciones, monasterios, refugiados sin patria, dos guerras mundiales, bibliotecarios bajo las bombas y finalmente, reporteros de guerra registrando cómo ardía la memoria del continente. La ironía del azar es que un papel burocrático alemán de 1944 perduró dentro de un libro ruso de 1758, y ambos sobrevivieron después al fuego de 1992 para terminar en una biblioteca de Madrid. Eso convierte el volumen en objeto singular, casi una cápsula física de la vieja Europa: imperios, exilio, guerra y memoria comprimidos entre dos tapas chamuscadas.

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Publicado el 17 de julio de 2026 en XL Semanal.

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basurillas
basurillas
16 ddís hace

Hay algo tremendamente triste y bucólico en este pasaje de don Arturo: “Intenté aquella mañana, como cuantos estábamos allí, salvar cuanto pude, sacando montones de libros por los pasillos que poco a poco invadían las llamas y el humo”.
Inevitablemente he imaginado a Pérez-Reverte transportando libros, entre ruinas, fuego y humo, como un moderno franciscano Guillermo de Baskerville, salvando incunables y pergaminos, tal y como se narra en la novela El nombre de la rosa.
En ambos la barbarie, el odio y la incultura se ha adueñado de la situación y quien lo paga, como miles de otras veces a lo largo de la historia, es el conocimiento, la sabiduria y su mecanismo extensivo: la escritura y el lenguaje.
El odio parece tener especial predilección por aquello que nos diferencia claramente de los animales; como si la posibilidad de perpetuar la existencia del saber fuera algo antagónico con la esencia humana en tiempos terribles. Tal vez sea otra manifestación del odio a la vida misma. En cualquier caso las lágrimas son insuficientes para apagar el incendio de las bibliotecas.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
16 ddís hace
Responder a  basurillas

Ángel, me ha encantado tu comentario. La imagen de Guillermo de Baskerville atravesando el fuego para salvar libros me ha parecido tan hermosa como dolorosa, porque resume muy bien el espíritu de ese pasaje del artículo de don Arturo.

También comparto tu idea de que el odio parece ensañarse siempre con el conocimiento. No es casualidad. Quien pretende dominar a las personas empieza casi siempre por intentar borrar su memoria; por eso las bibliotecas siempre incomodan a los fanáticos.

Y qué verdad encierra tu última frase, «Las lágrimas son insuficientes para apagar el incendio de las bibliotecas». Ojalá no tengamos que dejar de repetirla nunca.

Un cordial saludo Veraniego.

Pirandelliano
Pirandelliano
16 ddís hace

Preciosa historia. Ojalá se repita pronto ya que, como dice el Maestro, Europa necesita una guerra.

Juan
Juan
12 ddís hace
Responder a  Pirandelliano

Una afirmación falaz, como todas las que vienen de los odiadores por vocación. Individuos miserables que, a falta de algo hermoso por qué vivir, han escogido como oficio el reptar por la web en busca de algo o de alguienes a quienes salivar con su odio. En resumen, tratar de que otros se sientan tan mal como ellos.

María Jose
María Jose
16 ddís hace

Bravo por ud. D Arturo por legar esa joya a toda la humanidad. Gracias

Javier
Javier
16 ddís hace

No deja de ser paradójico que ese libro fuese un misal ortodoxo ruso antiguo, salvado de la quema producida por ortodoxos serbios modernos.
Algunos decían que Sarajevo, y su biblioteca, representaban la mezcla y el mestizaje de culturas en los Balcanes. En realidad, eso es todo lo que Bosnia no es, ni nunca será, aunque se empeñen la Unión Europea, la ONU, la OTAN, y el sunsunkorda.
Bosnia es una nación artificial, un crisol de pueblos, sí, pero de pueblos que se odian entre sí, que no quieren convivir bajo la misma bandera, aunque hablen la misma lengua, porque rezan a Dios de manera diferente. Bosnia es un país donde sus ciudadanos están a la fuerza unidos, de ahí que en las próximas décadas, y una vez que implosionen sus guardianes, los bosnios probablemente vuelvan a la carga: serbios contra croatas, y ambos contra los musulmanes.
Recuerdo bien aquel episodio, y como la Europa culta, la intelectualidad continental de los países que habían alentado la guerra yugoslava, lloraba como si no hubiera un mañana, por la destrucción de la biblioteca de Sarajevo, y alguien incluso convirtió el hecho en signo de nosequé.
Todo el mundo llora tras el paso del mal por sus vidas, pero nadie pregunta por el por qué del mal, por el origen del mal, y sino se podría haber evitado, hasta que sucede la quema de la próxima biblioteca que contenga la memoria de este o aquel pueblo, y volvemos a hacer las mismas cosas que hicimos en Sarajevo hace ya tantos años.
Recuerdo que en aquella época, alguien, de provecta edad, y con bastante mundo corrido, me dijo que el mapa de Europa que estaban diseñando en aquellos años, era sospechosamente igual al que diseñaron los nazis en los años cuarenta del siglo pasado: con una Yugoslavia partida en cinco o seis trozos, una Checoslovaquia partida en dos, y una Ucrania y unas repúblicas bálticas en la misma trinchera de la Unión Europea, y contra una Rusia hecha añicos. Entonces no le dí importancia a aquellas palabras, al menos la importancia que le doy hoy, cuando estamos a las puertas de otro conflicto generalizado en Europa.
Mirando el desarrollo de los acontecimientos, se podría llegar a la conclusión de que se dejó el trabajo a medias, se desnazificó poco y mal, y los nazis que se salvaron, y sus crías, aprovecharon para acabar de rematar la faena, infiltrándose en los resortes del poder europeo, que digo europeo, mundial. A veces, cuando tengo esos pensamientos, me doy un golpe con la mano en la frente, y me digo a mi mismo: ¡exageras!
En fin, como diría el gran José María Garcia: “el tiempo es ése juez inescrutable, que tarde o temprano pone a cada uno en su sitio, y da o quita razones”.
Saludos.

Pepe Cuervo
Pepe Cuervo
16 ddís hace

Me recuerda a Fray Guillermo intentando salvar a la desesperada, los libros de la torre en llamas de la abadía, en El Nombre de la Rosa.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
16 ddís hace

Este Patente de Corso es un texto sobrecogedor. Ha dejado un poso difícil de explicar y aún más difícil de olvidar.

«Allí donde se queman libros, se acaba quemando también a los hombres», escribió Heinrich Heine casi un siglo antes de que Europa demostrara, una vez más, que las palabras también pueden ser proféticas. Leer este artículo de don Arturo es recordar que una biblioteca nunca es solo un edificio lleno de libros; es la memoria de quienes fuimos, de quienes somos y, quizá, de quienes aún podremos llegar a ser.

Mientras leía ese pasaje de las páginas carbonizadas flotando en el aire como mariposas de fuego, no he podido evitar pensar que, cuando una biblioteca arde, no solo desaparecen el papel y la tinta. Arden voces, vidas, preguntas, respuestas y siglos enteros de memoria colectiva. Desde siempre se ha intentado borrar el pasado para que el futuro nazca huérfano.

Gracias por recordarnos, una vez más, que la barbarie siempre empieza odiando la cultura porque sabe que los libros son la forma más terca que tiene la libertad de sobrevivir al tiempo.

basurillas
basurillas
16 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Cuanta razón tienes Vera. Ese borrar por fuego la historia, el conocimiento, incluso las leyendas y religiones impresas en libros son un atentado contra la identidad y la esencia perdurable de un pueblo, de una cultura. Desde las cenizas de la biblioteca de Alejandría dejada quemar, al parecer, por Julio César, o las de los aquelarres nazis en los años treinta del siglo XX, siempre los ávidos de poder han dejado huerfanos de conocimiento, o lo han intentado, a los sometidos. Espero que, en el presente, un proyectil productor de un pulso electromagnético no pueda acabar con toda la historia, la técnica y la filosofía contenida en los habitáculos de los servidores donde se almacena novedosamente todo el saber y nuestras historias personales. A partir de ahí las batallas por imponer el interesado relato del vencedor serían coser y cantar.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
15 ddís hace
Responder a  basurillas

Muchas gracias, Ángel.
Has ampliado el tema con un ejemplo muy revelador. Al final, todos esos incendios, desde Alejandría hasta las hogueras nazis, persiguen lo mismo, dejar sin memoria a quienes vienen detrás.

Y comparto también tu reflexión sobre la fragilidad de la memoria digital. A veces creemos que lo almacenado en un servidor es eterno, cuando quizá baste un instante para perderlo. Por eso sigo pensando que cada libro salvado, cada biblioteca preservada y cada lector que mantiene viva una página son, en el fondo, una pequeña victoria contra el olvido.

Aguijón
Aguijón
16 ddís hace

Recuerdo el olor a libros

Siempre era estimulante
Visitar las librerías,
Papel y tinta en estantes,
Variedad de fantasía.

Cada curso que empezaba
Se compraba el material,
Si es que no se heredaba
De un amigo o familiar.

Aroma a cuaderno nuevo
Junto a los libros de texto
Que transmitía al cerebro
Un interés manifiesto.

El olor de biblioteca
Nunca era tan intenso,
Está más lejos la imprenta
Y los libros son añejos.

Mas es perfume que impone
Cultura y conocimiento,
Casi como el vino joven
Comparado con el viejo.

Por diferentes caminos,
Hasta llegar al papel,
Papiros y pergaminos
Se hicieron para leer,

Aunque sirvieron de base
Para poder escribir
Se buscaba aprendizaje
Y forma de compartir.

Compartir razonamientos
O compartir emociones…
Daba igual, eran momentos
De agradables sensaciones.

Almacenar esos ecos
Es la labor de los libros,
Digitalizados éstos
Sentimos un gran alivio.

A lo largo de la historia
Miles de textos perdidos
Nos amputaron la gloria
Con la que fueron escritos.

Salvar un libro del fuego
Es salvar la humanidad,
Se conservan los recuerdos…
Eso es fundamental.

TERESA
TERESA
16 ddís hace

Por favor, D. Arturo, mande usted una foto de ese libro….

John P. Herra
John P. Herra
16 ddís hace

En España nos hemos librado de las guerras étnicas desde la rebelión de las Alpujarras. Eso no quiere decir que no haya cafres nacidos aquí que desean convertir la península ibérica en la península balcánica.

Manuel González Ledesma
Manuel González Ledesma
14 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Que bien que un país esté libre de una balcanización; pero de lo otro, de la quema de libros en Sarajevo, la tradición española, desde la inquisición hasta Franco, la supera con creces. Solo la realidad, en la propia casa.

Aguijón
Aguijón
14 ddís hace

Perdonen que me entrometa pero aquí se quemaron bibliotecas enteras y templos en la muy democrática República, no recuerdo que en el gobierno del general al que usted nombra se quemase ninguna. Aunque es cierto que muchos libros estaban “prohibidos” quien quería tenerlos los tenía y ya al final de ese régimen se hacía innecesario prohibir nada pq era público y notorio que se hacía lo que se quería, pese a las historias noveladas que nos cuentan algunos.
La inquisición aquí quemó más gente que libros, eso sí es grave, pero no peor de lo que hicieron otros que siguen vendiendo la “leyenda negra”.
Saludos don Manuel.

John P. Herra
John P. Herra
14 ddís hace
Responder a  Aguijón

La Inquisición española es un comodín que ya no funciona. La historiografía ha hecho avances, y hoy ya nadie con lecturas sostiene la leyenda negra de la Inquisición. La obra colectiva de Escandell habla de un máximo de 10.000 ejecutados por la Inquisición, en un periodo que abarca tres siglos y medio, y en un territorio que abarca varios continentes. En 1914, los revolucionarios mexicanos se cargaron a más gente en Zacatecas en un sólo día, por no hablar de las andanzas del progresista Carrillo en Madrid en el otoño de 1936. Hablamos de nuestro siglo, no de hace 300 años.

En tiempos de Franco, que yo sepa, no se quemaban libros. Había censura previa, como en tele Sánchez, pero quema de libros no conozco más que la quema de la biblioteca de los agustinos de El Escorial y la de la universidad Pontificia de Comillas por los milicianos de la libertad y el progreso.

Aguijón
Aguijón
13 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Efectivamente, usted lo explica mejor, pero aun así es ilógico lo que se hizo en nombre de la “santa inquisición”…
En Logroño se “juzgaron y ajusticiaron” a las “brujas” de Zugarramurdi y a mucho “progresista” hoy día se empeñacen recordarlo…
Sin embargo aquí se casó el general Espartero y nadie investiga sus “hazañas” en América junto a los oficiales masones que se “rindieron” en Ayacucho y nació Sagasta y tampoco se dice nada de la actuación de su gobierno “promasón” en la crisis del 98…
En fin, a veces no faltan los libros pero sí los lectores.
Un saludo amigo.

John P. Herra
John P. Herra
13 ddís hace
Responder a  Aguijón

Disculpe, amigo, yo no lo veo ilógico, a no ser que sólo lo veamos desde nuestro punto de vista personal. Hasta el diablo tiene una lógica en sus acciones. Lo que pasa es que los hombres de esa época tenían una mentalidad que puede resultar extraña para la nuestra. Aunque no tanto, porque tras el célebre proceso de Zugarramurdi y el informe del inquisidor Salazar, que señalaba el caso como superstición y enajenación mental colectiva y la irregularidad del proceso, las instrucciones de agosto de 1614 del Consejo de la Suprema Inquisición a todos los tribunales pusieron fin a la acusación de brujería en España. Quince años después, la Inquisición romana siguió los pasos de la española y reconoció la irregularidad de los procesos por brujería. El abandono de la práctica pasó de la Europa católica a la protestante. En Inglaterra los juicios por brujería acabaron un siglo después, ya bien entrado el siglo XVIII. En muchos países del mundo donde sigue habiendo creencias animistas y superstición social, continúa habiendo acusaciones de brujería. Hablo de sociedades poco o nada impregnadas de cristianismo.

El propio tribunal de Logroño se retractó e intentó reparar los errores retirando los sambenitos y la infamación. Se suele olvidar o ignorar que los inquisidores solían ser hombres de ciencia y humanistas (aunque de su época) y que la primera finalidad del procedimiento inquisitorial no era la represión, sino la reconciliación del culpable.

Para nosotros resulta incomprensible que una persona pueda ser juzgada por sus convicciones personales, pero no olvidemos que estamos en el siglo XXI, somos el resultado de un proceso histórico muy largo. La Inquisición tiene una imagen muy negativa por eso, pero como tribunal, era mucho más garantista y benigno que la Justicia civil de la época. Esa es la comparación que hay que hacer, no con nuestro tiempo. Además ,si empezamos con comparaciones con nuestros días, igual no salimos bien parados y no somos la cumbre del progreso, como por ignorancia pensamos.

Aguijón
Aguijón
13 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Sí, las comparaciones a veces resultarían demoledoras para nosotros, hoy día no somos muy ejemplares que digamos…
Me alegro que mencione lo del proceso de Logroño como un punto de inflexión en esos, para mí y lo siento, absurdos casos de “brujería”…
Espero que los que intentan sacar rédito de esa infame acción también lo sepan , y si no lo saben en su comentario podrían ilustrarse.
Gracias por la aclaración.

John P. Herra
John P. Herra
13 ddís hace
Responder a  Aguijón

Claro que son absurdos, no tiene que disculparse. Lo que pasa, no hace falta que se lo explique a usted, pero lo digo para que quede constancia, es que no se puede juzgar el pasado desde el presente, y menos para hacer una causa general contra España. Españoles fueron los que acusaban, pero no eran diferentes de otros en su tiempo. Españoles fueron también los condenados y españoles quienes llegaron a la conclusión de que la persecución de la brujería, -que haberla, posiblemente hayla, pero no son viejas volando en una escoba-, acarreaba más males que otra cosa, con procesos irregulares y psicosis colectivas de personas vulnerables sobre prácticas que la mayor parte, o todas las veces, lo que ocultaban era el afán de poder de un individuo o de meterse gratis en una bacanal, como sucede con las sectas destructivas que hoy proliferan.

Eso lo vieron los inquisidores españoles hace siglos, antes del Siglo de la Razón. Por eso y por otras cosas, la imagen de la Inquisición no era como nos la presentan. Sombras, sí, pero también luces. La tan alabada Ilustración no llegó por generación espontánea. La propia Inquisición creó las condiciones para su decadencia, porque fue el producto de un tiempo determinado en un contexto determinado. Eso es lo que hay que mirar para quien quiera entender y aprender del pasado y no hacerse con él un arma para el presente. No hay más que sacar de ahí.

Saludos, amigo.

John P. Herra
John P. Herra
14 ddís hace

Pero qué me dice usted de la Inquisición española, señor? Recuerde cuando Nerón quemó Roma. Aquello sí que fue tremendo!

Danae Brugiati
Danae Brugiati
15 ddís hace

Texto breve, impresionante, abarcador, en palabras que arden como el fuego que las motiva y que se graban en la memoria por ese mismo efecto de papel chamuscado guardado en el fondo de un giro al azar que lo hace viajar en el tiempo y los espacios hasta nuestros ávidos ojos y almas, justificando el saludo griego a los libros nuevos: Καλό ταξιδιώτη (buen viajero).
Como admiro, Don Arturo, su manera de contrnos.

Mario Aníbal García
Mario Aníbal García
12 ddís hace

Que hazaña la suya Arturo Perez-Reverte. Admirable.

Gregorio Branca
Gregorio Branca
11 ddís hace

Estremecedora historia, que nos ubica en que la guerra es mucho peor que lo que nos cuentan las películas y aún algunos documentales
Ahora bien, la autorreferencia heroica, por pudor, podría haberse evitado.

Pedro
Pedro
9 ddís hace

Mira, una gran ventaja de la digitalización, ahora todo libro, seguramente con muy raras excepciones, existe al menos en su versión digital, por lo que, no su existencia física, pero sí la permanencia del conocimiento que encierran sus páginas, está garantizada.

Diego Alejandro Ramírez
Diego Alejandro Ramírez
7 ddís hace

Estoy leyendo y disfrutando, como un buen vino, el libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco y pasando por aquí le leo a usted.
Sarajevo, Sarajevo es un suspiro largo. Poco más puedo escribir sin dejar de recordar sus calles, sus piedras, sus rincones, su olor.

Gracias de nuevo.