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Los higos

Quedan los últimos en el árbol. En la frondosa higuera, son como zepelines suspendidos en la densidad verde. Zepelines negros de resplandor púrpura que no pueden despegar hacia el exterior. El higo es un zepelín de vuelo adentro. Al ser capturados entre las hojas, al ser abiertos, ofrecen contra su voluntad el cielo que han ido cultivando durante la estación tórrida, cada vez más blando y jugoso.

El cielo es claramente de carne: se despliega en un abanico de cilios de color rubí, donde la boca se hunde para recibir el dulzor.

Es el amanecer de un día cualquiera del fin del verano. Los higos lo inauguraron por San Juan y fueron poblando la higuera multiplicándose en los meses de julio y agosto como el pan y los peces de la cesta sagrada. Eso es la higuera: una alforja que guarda un vergel, la ofrenda que recibe el Nazareno año tras año, después de aquel día en que el Caminante le solicitara en vano su alimento.

Pero la higuera no olvida. Desde entonces es entrega sin límite, desde el primer pelo de las astutas raíces hasta los peciolos que alumbran las hojas. De esta manera fue cuajando sus frutos, colgándolos de todos los confines del árbol, para que no quedase la más mínima duda de su entrega absoluta, de su generosidad sin preguntas.

"Dentro de la higuera, soy vuelo puesto en pie, mientras sostengo en mis manos un puñado de zepelines reventones"

De ella ha comido el estruendo de los tordos, cuando en bandadas conquistaron la higuera. Llegaban bastante más tarde que los más madrugadores: los gorriones y los mirlos, que hacía rato se habían saciado. También la oropéndola había dibujado su rayo amarillo en el interior de la fronda, degustando los higos más maduros. Era el momento en que relumbraba el sol entre las hojas, que respondieron vibrando con sutiles sombras, igual que el agua color esmeralda de una piscina.

Hay que adentrarse entre esas hojas para recibir el aroma de esa luz. La luz huele a higuera desplegada en el cielo del verano.

Ahí, después de la oropéndola, los gorriones y mirlos, meto mi cabeza espantando a los tordos. Dentro de la higuera, soy vuelo puesto en pie, mientras sostengo en mis manos un puñado de zepelines reventones, dispuestos a navegar por mi estómago.

"Seguirán siendo alimento hasta el final, mientras se secan al sol y se endurecen"

Ahora han caído la mayoría al suelo. Los zepelines prisioneros han aterrizado por fin en la tierra, se han roto sobre ella, y a sus puertas se dirigen tanto las hormigas diligentes como las moscas perezosas. Seguirán siendo alimento hasta el final, mientras se secan al sol y se endurecen, y mis perros los recogen para mascarlos con delectación, tumbados en el porche, como la mejor golosina posible.

Los higos son el alfa y el omega del altruismo. Y ofrecen su sentido desde el nacimiento, cuando los fecunda una minúscula avispa, a la muerte, cuando una avispa mayor los revolotea.

Es así que me subo al árbol y me amarro a él con cuerdas. Aguardo el reinado de la oropéndola. El aturdimiento de los tordos. Tengo algo que deciros. Algo que he hecho en mí para vosotros. Os escucho, os hablo. Picoteáis mi lengua.

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