A veces, cuando cierro un libro, siento la necesidad imperiosa de hablar de él. No trato de explicar su argumento sino contar qué me ha hecho sentir, por qué me ha emocionado y cuánto he disfrutado. No sucede siempre. Quizá por eso, cuando ocurre, merece la pena decirlo. Con la última novela de la escritora Mayte Uceda (Siero, Asturias, 1967), titulada Los amores paralelos, lo he vuelto a sentir.
Uceda nos traslada a la Asturias de los primeros años treinta, una tierra donde las diferencias sociales podían sentirse. Bastaba recorrer los pocos kilómetros que separaban Oviedo de las cuencas mineras para encontrarse con dos universos próximos en el mapa y, sin embargo, separados por una distancia inmensa.
La autora levanta en torno a una historia de amor el retrato de una sociedad llena de conflictos: padres e hijos, hombres y mujeres, burgueses y proletarios, trabajadores y patronos, curas y ateos; quienes se asocian para tirar en dos direcciones opuestas: los que quieren conservar su mundo y quienes aspiran a transformarlo.
Estefanía y Selina son las hijas de una familia acomodada de Oviedo. Su padre es un reputado artista de la iconografía religiosa; ambas han sido educadas dentro de los valores de una sociedad elitista y religiosa. Las circunstancias hacen que se enamoren de dos hombres pertenecientes a mundos opuestos. Una, de un sargento de la Guardia Civil que termina siendo destinado a la comandancia de Sama de Langreo, capital del concejo de la principal cuenca carbonífera. El otro enamorado es un joven trabajador minero que vive en un pueblo de Langreo.
Dos hermanas; dos hombres; dos ambientes sociales; dos maneras de contemplar una misma realidad, y en cuyo horizonte se ve aproximarse una inexorable tragedia.
La Asturias negra de minerales
La novela acierta al reconstruir esa tierra sucia, peligrosa, poco agradecida, que obliga a sus hombres y mujeres a deslomarse para mal vivir. La mina nunca fue únicamente arrancar carbón. Alrededor de cada pozo, bocamina y socavón se construyó una sociedad entera —viviendas, economatos, escuelas, tabernas, sindicatos, guardias, política, tugurios— y, sobre todo, familias cuyas vidas estaban condicionadas por aquello que sucedía en la profundidad oscura de las entrañas de la tierra, a cientos de metros de la luz del sol.
El carbón impregnaba la piel, los pulmones, las casas, la ropa, los pueblos, las relaciones laborales y la política. El grisú, los derrumbes, las explosiones, los accidentes y las enfermedades provenientes del trabajo convivían con los mineros, a menudo atrapados por sueldos que apenas les permitían subsistir. Ser hijo de minero significaba, salvo excepciones, entrar a trabajar a la mina. Ser esposa de minero era convivir, a diario, con el temor de que aquel hombre que veía salir a trabajar de madrugada no regresase.
La autora ha entendido muy bien ese mundo. No se limita a documentarlo: lo hace creíble. El lector percibe el trabajo en el subsuelo, el miedo, la solidaridad y también el resentimiento que unas condiciones de vida extremadamente duras podían acumular.
El otro universo, el de la capital provinciana, también está muy logrado. Oviedo poseía códigos sociales muy distintos: las apariencias, los matrimonios convenientes, la posición económica y el lugar ocupado dentro de una sociedad jerarquizada por clases dominantes.
No hacía falta levantar fronteras: estaba en la educación, la ropa, las viviendas, los apellidos, las oportunidades y hasta en la manera de hablar. Y sin embargo, Mayte Uceda condena a ambos mundos a encontrarse. Hay un capítulo cargado de emoción, tensión y debate dialéctico, que se desarrolla en el comedor de la familia del escultor, en el que se juntan para conocerse la familia del minero y la familia burguesa. En esta escena la escritora se luce y demuestra su dominio de la forma de pensar y vivir de ambas familias. Los diálogos muestran la distancia vital que los separa y convierte aquella conversación en un argumentario de la lucha de clases que marcó la primera mitad del siglo XX.
El Oviedo acomodado necesitaba el carbón y la riqueza de las cuencas; mientras, la clase obrera contemplaba cómo a pocos kilómetros el centro de poder los explotaba.
En este contexto, las imágenes religiosas del taller de artesanía familiar representan un mundo; la mina, el otro. Entre el incienso y la dinamita había más distancia que la que marcaban los kilómetros.
La novela atraviesa la caída de Alfonso XIII, la llegada de la II República y la gestación, desarrollo y brutal represión, por parte del ejército a las órdenes del gobierno central, de la Revolución de Octubre del 34 en Asturias.
Las desigualdades sociales, la radicalización política y la conflictividad obrera levantaron muros cada vez más difíciles de franquear. Había clases dominantes incapaces de comprender las necesidades de quienes trabajaban para ellas; dirigentes políticos y sindicales que utilizaron a los mineros como instrumentos y armas de una lucha ideológica. Entre unos y otros estaban personas que solo deseaban llevar un jornal a casa que les permitiese alimentar, vestir, educar y calentar a su familia.
La autora introduce la Revolución dentro de las casas
Y entonces la Historia cambia. Las revoluciones pueden explicarse mediante fechas y documentos, pero quienes las viven tienen nombres, padres, hijos, hermanos, enemigos, esposas y amantes. Los conflictos sociales se convierten en familiares y las lealtades chocan entre sí. Los protagonistas deben decidir a quién pertenecer: a su familia, a su clase, a su sindicato, a sus principios o a las personas que aman. Y no pueden elegirlo todo, tienen que escoger.
Los personajes de Los amores paralelos responden a mentalidades reconocibles de la época sin convertirse en simples representantes de una clase. Aman, odian, envidian, son generosos, solidarios, egoístas, valientes o cobardes. Especialmente acertado resulta el tratamiento de las mujeres, de su dependencia familiar y económica, de su vulnerabilidad y de una violencia que la escritora muestra desde las mentalidades de aquella sociedad, sin necesidad de juzgarla desde nuestro presente.
Y de repente, llega octubre de 1934
Los mineros, desesperanzados y desesperados, toman las armas y quieren construir una comuna proletaria que les permita ser iguales. La insurrección se extiende, como un reguero de pólvora, por las Cuencas y alcanza Oviedo. Uceda sitúa a sus protagonistas en ambas trincheras y retrata con acierto el enfrentamiento. La intervención militar ordenada por el Gobierno de la República consigue desbaratar la Revolución. La represión desatada contra los insurrectos es brutal. Quedan miles de muertos, heridos, detenidos, represaliados; edificios destruidos y una sociedad todavía más dividida. Cuando cesaron los disparos, se disolvió el humo de la dinamita, aparecieron las ruinas y algo aún peor: un odio perverso anidó en las personas.
Mucho más que documentación y narrativa
Tengo que admirar el enorme esfuerzo de documentación que sostiene la novela, aunque su logro va más allá: no reconstruye únicamente acontecimientos, sino una sociedad; su forma de vivir, trabajar, relacionarse, amar, obedecer, rebelarse, creer y hasta odiar. Su visión social, laboral y política permite comprender —sin necesidad de justificar— cómo pudo formarse aquel caldo de cultivo de desigualdad, frustración y enfrentamiento. Todo resulta creíble porque, más allá del paisaje, Uceda consigue recrear el paisanaje de ambos mundos.
La estructura circular, los capítulos breves proporcionan a la novela un ritmo ágil y en ocasiones vibrante. Sus protagonistas son ficticios, pero se mueven entre acontecimientos, personajes y escenarios reales. La ficción permite penetrar allí donde muchas veces no alcanzan las crónicas históricas.
Y no heredaron la tierra
Quizá eso fue lo que permaneció conmigo después de cerrar el libro: el destino de miles de desheredados de la tierra. Nunca mejor dicho. Hombres que trabajan a cientos de metros bajo la superficie, arrancándole sus riquezas a la tierra y que aprendieron que jamás será suya.
Millones de españoles alcanzaron la edad adulta en uno de los periodos más duros de nuestra historia reciente. Quisieron amar, formar una familia, prosperar o simplemente vivir, pero crecieron en un tiempo que concedió muy pocas oportunidades. Primero estaban las injusticias y las desigualdades. A eso siguieron las tensiones sociales. Después las revoluciones. Luego las guerras. Asturias, España, Europa y buena parte del Mundo terminaron envueltos en una inmensa hoguera.
Quizá por eso, cuando cerré Los amores paralelos, no sentí que abandonaba solo a unos personajes de ficción. Reconocí la mina, reconocí Oviedo y sobre todo, había reconocido a las personas.
Durante unas horas, Mayte Uceda me hizo creer que había sido testigo de todo cuanto cuenta. Y cuando una novela me trasmite eso, siento la necesidad, como ya dije antes, de contarlo y felicitar a la autora por tan magnífica historia.
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Autora: Mayte Uceda. Título: Los amores paralelos. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus libros.


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