Algunos libros exigen al lector que aprenda a leerlos mientras avanza. Caer bajo tierra (Candaya, 2025), primera novela de la poeta y ensayista mexicana Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986), es uno de ellos, y conviene decirlo de entrada para que nadie se llame a engaño. Obliga a volver atrás, cotejar fechas, reconocer frases que migran de una voz a otra y descubrir conexiones entre manuscritos, expedientes o pantallas de ordenador. La dificultad no es el capricho de alguien que quiere impresionar: reproduce el esfuerzo de quienes intentan reconstruir una historia rota en pedazos. Que haya que juntarlos es el precio del libro y también parte de su argumento.
Orantes distribuye esa historia en cuatro escrituras: la investigación de Ana Laura, el texto mecanografiado de Julia, los fragmentos numerados del último manuscrito de Mercedes y las pantallas de un juego conversacional de MS-DOS llamado Klavis. La investigación incorpora, además, fichas de personajes, fotografías y recortes de prensa. Cada bloque posee su tipografía, su ritmo y su propia idea de la verdad. El relato ocurre en los cruces, desacuerdos y correspondencias que se establecen entre ellos.
Ana Laura proporciona el marco. En su investigación, la consulta de documentos y la reconstrucción de cronologías conviven con la imaginación. En el epílogo se incluye «como personaje, como ficción, o como parte de la ficción» y reconoce que su trabajo es una forma de duelo y reparación: «Este es nuestro altar. Para todas». En ese empeño por reconstruir a una víctima más allá de un expediente, en el que se enfrenta a una memoria previamente administrada por quienes dejaron impune el asesinato, la labor del personaje recuerda a El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, y dialoga con la Antígona González de Sara Uribe, donde la apropiación documental y el collage de voces sostienen la búsqueda de los desaparecidos.
El texto mecanografiado de Julia va acompañado por las anotaciones de Ana Laura, en uno de los grandes hallazgos formales del libro. Las notas corrigen fechas, identifican lugares, contradicen el relato y adelantan acontecimientos, de modo que la voz que rescata a Julia también la desmiente. La particular catábasis de Julia, su cruce entre reclusión clínica y mitología subterránea, remite al descenso a los infiernos de Leonora Carrington en Memorias de abajo, donde el delirio es una vía de acceso a otras dimensiones.
El último manuscrito de Mercedes Petrona, por su parte, está compuesto por breves fragmentos numerados. La forma revela su necesidad de imponer una secuencia a una realidad que percibe atravesada por correspondencias invisibles. Su prosa sentencia más de lo que el resto del libro se permite, y esa rotundidad deja menos margen al lector que otras secciones.
Finalmente, el dispositivo más singular es Klavis, donde se intuye el trabajo de la autora sobre el archivo y la poesía visual de Joan Brossa. Las pantallas negras, impresas con caracteres blancos, obligan a orientarse entre comandos, menús, preguntas y archivos. Como en todo juego conversacional, el lector se convierte en interlocutor, que es la posición exacta de quien consulta un oráculo. Orantes elige además una tecnología muerta, contemporánea de la infancia de Cecilia, de modo que para hablar con la niña hay que arrancar una máquina tan enterrada como ella. El nombre parece remitir a clavis, llave en latín, de la que derivan clavícula y el título de la investigación de Ana Laura. En una de las pantallas, una conversación entre usuarios intenta definir el feminicidio y remonta el elemento -cidio hasta caedere: matar, asesinar, talar, «cortar como se corta de raíz la vida». Matar a una niña y talar un bosque pueden decirse en latín con el mismo verbo, y esa coincidencia es la gramática del libro.
Orantes enlaza así el asesinato de Cecilia con las imágenes vegetales que recorren la novela y con la destrucción del lugar en el que vivía, mucho más que un territorio mítico. Santa Rosa del Volcán está siendo saqueada por empresarios inmobiliarios que privatizan tierras comunales, se apropian del agua, construyen complejos turísticos y obligan a los habitantes a marcharse. Cecilia vive en una casa de láminas de asbesto; Julia, en una pequeña vivienda de ladrillo. El crimen ocurre en un bosque habitado por dioses y fantasmas, pero también en un espacio convertido en negocio.
Lo decisivo es que ese despliegue simbólico no vuelve incierto el crimen. La novela establece con exactitud casi forense qué le ocurrió a Cecilia y muestra cómo la investigación fue desviada hasta disolverse, pero reserva los sueños, el Mictlán y el juego para aquello que un informe no puede contener.
Caer bajo tierra es una primera novela de una ambición poco común, cuyo mayor mérito reside en conseguir que cada formato transforme y enriquezca la lectura de los demás. Orantes resuelve cuanto la literatura puede: reconstruye los hechos y muestra los mecanismos que condenaron el crimen al olvido. No identifica a los asesinos ni ofrece una reparación judicial, porque esa ausencia es el auténtico resultado de la investigación. A partir de ahí, el libro emprende una tarea más modesta y acaso más difícil: impedir que el expediente de la muerte de Cecilia sea la única historia que quede de ella.
—————————————
Autora: Mariana Orantes. Título: Caer bajo tierra. Editorial: Candaya. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: