Las películas de Guy Ritchie, y no son precisamente pocas, se han acomodado en la exhibición de flow masculino y femenino (más lo primero que lo segundo) y en una cierta noción del entretenimiento ligero y políticamente incorrecto. Se agradece, por tanto, que películas como En la zona gris apuesten por cierta vocación tradicional, muy británica en cuanto a la noción de cine de género, a la hora de abordar el thriller, en este caso una historia de sabotaje y espionaje corporativo, así como que estén apoyadas exclusivamente en el carisma que desprenden Henry Cavill, Jake Gyllenhaal y Eiza González, que no es precisamente poco.
La capacidad de ir al grano de En la zona gris, que apenas se prolonga 95 minutos gloriosos, es otro punto a favor de un film indudablemente entretenido que, además, convierte en glamurosos los exteriores de Tenerife, convertida aquí en algún exótico y ajeno paraíso fiscal latino. Ritchie aborda con notable cachondeo el relato de la caza y captura del dinero de un criminal internacional (Carlos Bardem) como si de una de sus heist movies clásicas se tratase. La crónica de un golpe en clave de thriller internacional pero con la lista de la compra impresa en pantalla durante la larga sección de preparativos del trío protagonista.
Agrada el factor de juego con el sistema desde el sistema, una nota de rebeldía dentro del evidente conservadurismo del conjunto y que, por su escaso disimulo, resulta precisamente refrescante. También el descaro de las descaradamente obsoletas bromas gays entre los dos protagonistas masculinos, a quienes Ritchie presenta como un dúo de bros que se intercambia bromas homoeróticas de extraño verismo. El regreso indisimulado de las aventuras de boys with toys.
Lo que no funciona en el film es lo que tampoco lo hacía en anteriores aventuras de Ritchie: la impresión de que, efectivamente, toda la película está editada y escrita con habilidad pero como si se tratara realmente de una lista de la compra de nulo dramatismo y una tensión que solo se dispara en las secuencias finales, con la habilidad ya conocida del director para orquestar carreras y tiroteos.
El resultado es un film vistoso, entretenido y ligero, pretendidamente intrascendente, pero también uno que desaprovecha posibilidades y emoción en pos de, únicamente, ese sentido de la chulería elegante y masculina que Ritchie imprime a su corpus de thrillers. No perderse, en todo caso, la borrachera de Henry Cavill que le lleva directamente a comisaría, o la facilidad de Eiza González para, en realidad, hacerse con la práctica totalidad de la película.



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