Portada: Harlan Ellison, en una foto tomada en Boston en noviembre de 1977.
Existe una escritura que duele, que emana del sufrimiento y que hiere a quien la concibe. Hay artistas que alcanzan plenitud y felicidad durante el acto íntimo de juntar palabras para crear. Disfrutan del reto, de llenar una pila cada vez mayor de papel, de ver cómo una idea va cobrando forma. Pero existe una contrapartida a ese sueño prístino del escritor enfrascado en sus ideas.
Hay, incluso, autores que sufren las inclemencias del ambiente. Véase a Harlan Ellison escribiendo relatos en los escaparates de librerías de Londres, Boston o Los Ángeles, o en una carpa, soportando el viento y el calor que pudiese hacer. Y no olvidemos una de las leyendas —ya desmentida— sobre cómo Georges Simenon escribió una novela encerrado en una jaula de cristal, rodeado por el público de las Galerías Lafayette de París.
Y esto no es todo. El verdadero infierno puede ser no tener una idea viva, un atisbo de qué quiere ser contado, cómo va a ser narrado o qué fuerza se le quiere insuflar. El británico C. S. Forester describió su proceso para forjar historias como un dejar caer objetos en el agua de su subconsciente y dejarlos reposar allí durante el tiempo que fuese necesario: semanas, meses o años. Con el tiempo, esos objetos se fusionaban, se fundían y tomaban alguna forma lisérgica, hasta que surgía una idea —con sus piernas y brazos, con una cabeza más o menos grande— y podía empezar a escribir.
Una vez conseguido trasladar esa idea desde el mundo imaginario hasta el papel —físico o digital—, después de construir personajes, atmósferas y nudos narrativos, llega el siguiente paso: la revisión. Un proceso de análisis y reescritura de lo previamente trazado. Como podar el césped, pulir unos zapatos o sacar punta a un lápiz. En esencia, habrá que desechar frases y párrafos que no llevan a ningún lado, abandonar personajes insulsos que no cobran existencia y despedazar páginas y páginas del manuscrito.
Stephen King, en Mientras escribo, reflexiona sobre el recorte del borrador: suprimir adverbios, pulir descripciones, mantener la coherencia y la profundidad. De ahí su conocida fórmula: segundo borrador = primer borrador – 10 %. Algo parecido ocurre con la teoría del iceberg de Hemingway, basada en el minimalismo y la omisión como herramientas para reforzar el significado de la narración.
Este proceso puede llegar a ser un acto de sufrimiento para muchos autores. En primer lugar, por el acto entrópico que lleva implícito. Isaac Asimov lo odiaba, considerándolo una pérdida de tiempo y una agonía para su creatividad. Era uno de esos casos de acuarelista: alguien que configura completamente la idea en su mente para después volcarla de un impulso sobre el papel, necesitando un pulido mínimo en su estructura o estilo. En uno de sus editoriales para Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine lo dejó claro: «¿Qué estoy diciendo, entonces? ¿Que está mal revisar? No, por supuesto que no, igual que no está mal no revisar».
Y, claro está, después de todo el arduo trabajo anterior puede llegar un punto en que el propio autor atisbe una conclusión con respecto a la historia escrita: esto es una mierda. Sin embargo, como dijo Dorothy Parker: «Odio escribir, pero amo haber escrito». Y esto es lo más importante; todo lo demás queda en un segundo plano. El arte de escribir es, en última instancia, para el autor, para sí mismo, porque tiene algo que expresar, que decir o comunicar. No tiene por qué seguir ninguna corriente ni buscar la tendencia, pues nada envejece más rápidamente que lo muy moderno, como expuso Oscar Wilde.
Lo esencial es que el autor se siente delante del folio convencido de que necesitaba escribir una historia, ESA historia, sea buena o mala, arcaica o modernista. Revolcarse de risa, sentir las lágrimas en los ojos mientras añade palabras, gritar de júbilo o de furia. Y todo ello para poder decir: Ahí está. Eso es mío.
Un exorcismo freudiano, una catarsis individual. Porque, al final, escribir es una parte intrínseca del artista, una extensión de sí mismo. Esos pensamientos, historias e ideas emanan de su propia mente y fluyen a través de sus dedos para plasmarse sobre un lienzo en blanco, para que el mundo pueda apreciarlos.
Y si luego llegan el dinero y el éxito, no hay que sentirse culpable. Ya lo dijo Roberto Bolaño: «Escribir no es normal. Lo normal y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo».


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