En las Leneas del 405 a.C., Aristófanes presenta su comedia Las ranas. Una vez muerto Eurípides, Dioniso viaja al Hades con el fin de devolverlo a la escena ateniense, pues la tragedia griega se había quedado sin sus grandes poetas trágicos. Al llegar, encuentra a Esquilo y Eurípides enzarzados en un agón sobre quién es ahora el mejor en el reino de los muertos, y Dioniso celebra un concurso (trágico) en el que ambos poetas exponen y comparan sus argumentos, personajes, coros, métrica, versos, escenas… El arte y pensamiento de cada uno es cuestionado desde la parodia, y constituye, podríamos afirmar, la primera obra de crítica literaria al convertirse la literatura en el propio tema de la obra: metaliteratura. La poesía también se ha servido de la propia poesía en tanto materia poética. La metapoesía introduce en la propia poesía una reflexión crítica en torno al lenguaje poético, el proceso de escritura o los poetas e indaga en el principio de lo poético en esa búsqueda incansable por explicar aquello que acontece al escribir, aunque esa poesía puede abordarse desde perspectivas muy dispares, como sucede en los poemarios de Enrique Cabezón en Contra la gravedad de los poetas (Plataforma de poetas por Teruel Ediciones, 2025), Enrique Villagrasa en En la esquina del verso (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2026) y Juan Pablo Roa en De algún metal en llamas (Editorial Comba, 2026). Aristófanes hacía que Esquilo y Euripides debatiesen qué debía ser la poesía y de qué modo debía escribirse; Cabezón, Villagrasa y Roa hacen que el poema vuelva sobre sí mismo para preguntarse qué puede hacer la poesía con el poeta.
«1. Lo público está limitado a un libro de poemas.
2. Apenas nadie lee libros de poemas.
3. Apenas nadie soporta a los poetas.
4. ¿Pero por qué hostias llamar a algo público si nace restringido?»
Enrique Cabezón nos abisma a revisar y a cuestionar desde dónde se escribe la poesía hoy en día con una mordacidad elegante y difícil de encontrar, que nos recuerda al mejor Quevedo; también a rebelarnos contra la mercantilización fatua y vacua y las apariencias de las no tan rupturistas propuestas innovadoras:
«Para que algo parezca vanguardia
debe existir el analfabetismo
y una élite que acceda a comprar tiempo
para pensar, hacer o perderlo.»
Y, porque un tema elevado o sentimental no es sinónimo de calidad literaria ni de poesía, este ‘opúsculo’ va más allá de la figura del poeta para desenmascarar desde dónde se escribe lo poético y qué es:
«Manifiesto que:
la distinción entre poema y no poema
es demasiadas veces tenue.
He colado aquí la idea de lo delicado
pero no la de lo débil.»
No obstante, no esquiva, en el trasfondo, la capacidad del poema para, desde sus limitaciones, si no germinar una revolución, sí sembrar un compromiso y conciencia, como el poema final dedicado al poeta gazatí Rafaat Alareer. Aunque nunca se desprende de ese humor que, al desvestir la solemnidad poética, nos dibuja una buena sonrisa. Enrique Cabezón desplaza la metapoesía hacia la sociología de la poesía: quién escribe, para quién, desde qué posición, con qué pretensiones, o dentro de qué sistema de legitimaciones.
«Y menos en la ausencia y su circo.
Pobres poetas bastardos.
La justicia poética reinará.
Y el poema tendrá su revancha.
Los poetas ya no leen.
Solo escriben y gritan.
Olvidan que la poesía no es
compasiva y sabe esperar.»
Estos versos bien podrían haber sido escritos en Contra la gravedad de los poetas de Enrique Cabezón, sin embargo, pertenecen al poema «La poesía no es compasiva» de Enrique Villagrasa. En la esquina del verso es un poemario que oscila entre dos afectos: Burbáguena y la poesía, aunque, en el fondo, constituyan una misma realidad por su estrecha simbiosis. El poeta aragonés hunde sus raíces vitales en una poesía que se funde con el paisaje del Jiloca, como afluentes de la vida misma hasta convertirse en una única realidad: «La poesía y su realidad son / un mismo y distinto poema: el verso mide las distancias», escribe en el poema inaugural dedicado a Nacho Escuín. De este modo, la infancia, la memoria y la identidad del poeta son reflejadas en ese territorio que es también el espacio poético:
«Un poema desnudo
es mi paisaje:Burbáguena»
A este respecto, Carlos Alcorta escribía sobre este libro: «no podemos olvidar que la buena poesía se alimenta de la experiencia genuina de cada poeta y es esta originalidad la que despierta en el lector el deseo de apropiarse de lo leído, la complicidad que le conduce a identificarse con el sujeto del poema». La poesía se materializa como la patria de quien tiene como oficio la palabra, se corporifica como tierra en la que puede descansar. En Enrique Villagrasa se produce una identificación progresiva entre paisaje, memoria, identidad, lenguaje y poema. Burbáguena no es únicamente el escenario al que regresan los versos, sino una forma de conocimiento y de reconocimiento de uno mismo: el paisaje se convierte en memoria y la memoria, en palabra poética. En este sentido, frente a la mirada desacralizadora de Enrique Cabezón sobre la figura del poeta, Enrique Villagrasa recupera una cierta dimensión de trascendencia para la poesía, aunque arraigada en lo cotidiano, en la tierra y en la experiencia:
«Amanecer de la poesía en la viña.
Para romper su silencio el paisaje
te susurra. No puedes ser más paciente.
El lenguaje te despierta. El verso es real.
Transustanciación posible del paisaje.
La espiritualidad de lo cotidiano.»
Como sucedía en Enrique Cabezón, el poeta no vive ajeno al mundo en el que escribe:
«¿Es posible que el mundo defina
al mundo? El verso: poema todo.
Palabra: cuerpo abierto. Destrozado.
Abiertas ruinas en Ucrania, en Gaza.»
Los distintos poemas de este breve libro se constituyen en una suerte de tratado poético en el que la naturaleza reflexiva de la poesía toma conciencia sobre sí misma mediante una autorreferencialidad medida: «El verso retrocede ante el pensamiento» o «Pensar la poesía es pensar la metamorfosis, / su verdad y su belleza». El poeta se asoma al poema para preguntarse qué lo hace posible: de dónde nace, qué papel desempeña en él la palabra y el lenguaje, qué queda del poeta cuando escribe y hasta dónde llega la responsabilidad del lector, pero siempre desde la consciencia de que en el poema se vive. Por esta razón, la figura del poeta, la soledad de su escritura y la posibilidad de vivir en el lector resuenan como necesarios tiempos. La metapoesía de Villagrasa emana de la fe exigente en sus posibilidades: en la palabra como experiencia, en el verso como transformación y en el poema como lugar de encuentro entre quien escribe y quien lee en la esquina del verso.
La poesía como materia es lo que evoca desde el propio título el poemario de Juan Pablo Roa en De algún metal en llamas. El metal evoca la dureza, la resistencia y la permanencia; la llama, en cambio, introduce la transformación y el movimiento. Entre ambos elementos se sitúa la palabra poética: una materia que se trabaja, se transforma y, al mismo tiempo, resiste al tiempo y al olvido. Si bien en este libro la poesía, como en Enrique Villagrasa, se funde con la vida, el sincretismo es más sutil, aunque también estrecho. La escritura es el puente que enlaza los universos del lector y poeta:
«Entre tú y yo
querido lector, querida lectora,
yace un pacto secreto.– Es la escritura
que no se rompe
si conseguimos evitar nombrarlo.»
Labrar la línea y el tiempo con la palabra sembrada, una escritura que resiste y persiste a los embates y al silencio. La escritura se erige en centro y raíz de una memoria cambiante, que como paisaje vital, cose las heridas de la noche:
«Toda escritura en un poema
es una casa vieja
que sacuden los siete vientos;
(…)
El poema deja siempre una puerta
que arrastra entre pedruscos
fuegos fatuos, aullidos,
máscaras cambiantes del fuego
y viejos artilugios de oficina
que nadie usa
pero traen a la memoria
extraños sortilegios
de quien pone el nombre de los astros
a las herramientas sencillas
de cada día.»
La soledad de la escritura aparece como un instante imprescindible para el encuentro del poeta con la palabra, con la melodía del porvenir; Tal vez los poemas están escritos / con la memoria del futuro». El poeta colombiano afincado en Barcelona se interroga, como Enrique Cabezón, por el significado y la capacidad taumatúrgica de las palabras:
«De qué me sirven
ahora
palabras como fósil,
palabras suspendidas
como columpios
entre dos grandes árboles,
palabras que llevan encima
el primer eclipse que las nombro.»
Palabras heredadas, palabras que bautizan y fundan una realidad, que al pronunciarse trocan el entorno, pudiendo hacer frente incluso a la muerte con su permanencia: «todo poema /que logra la eternidad de lo efímero», palabras que se escriben con todo el cuerpo. Y así la palabra se adviene carne, materia que se consume entre las manos. El acto de escritura es clave en el epígrafe «La llama entre los dedos», donde la corporización de la poesía y su modelaje se evocan a través de la naturaleza.
La idea de la poesía en tanto espejo en que el poeta se refleja es desplegada en De algún metal en llamas y así: «Hablo de ti, mi falso doble/ mi imagen reflejada en el espejo», porque el poema abre sus puertas sobre las orillas del mundo. La parte final, «De lo que precede al poema», está dedicada al momento en que el poeta y el poema se encuentran en la página en blanco superando la tensión entre silencio y canto, en una alusión a las invocaciones de las Musas: «Inspiración y oficio / acompañan al verso». De este modo, Juan Pablo Roa regresa a la idea de la poesía como el territorio de la vida en la que el poeta entrega sus sueños y deseos. La sustancia de la poesía arde.
La poesía como materia poética permite al poeta regresar al nido de la palabra. Frente a cierta metapoesía contemporánea orientada hacia la reflexión ontológica o hacia el cuestionamiento del lenguaje y sus límites, estos tres libros huyen de ellas para ofrendarnos una pregunta: qué hace la poesía con el poeta. Los tres libros coinciden, pese a sus diferentes aproximaciones, en rechazar una poesía ensimismada y ajena al mundo. La reflexión metapoética no supone aquí un alejamiento de la realidad, sino una forma de interrogar la relación entre palabra y experiencia, entre poema y mundo, y una toma de conciencia de que quien escribe no puede permanecer ajeno a la realidad que lo rodea. Enrique Cabezón examina la poesía desde un distanciamiento que le posibilita la crítica al poeta, a las instituciones poéticas y a sus imposturas; Enrique Villagrasa contempla y experimenta la poesía desde su paisaje interno, como territorio de la vivencia y la memoria, mientras Juan Pablo Roa la palpa desde su textura material. Y los tres parecen responder a una misma paradoja: para hablar de la poesía se debe salir de ella; para regresar a ella, se debe poner en cuestión su esencia. Frente a la gravedad del poeta, la poesía busca una esquina donde habitar y una materia en la que arder.
——
P.D. En Las ranas, Esquilo vence finalmente en el agón y Dioniso lo devuelve al mundo de los vivos. La historia literaria, sin embargo, le dio victoria a Eurípides, pues es él de quien más tragedias conservamos. Quizá sea esa la última ironía de la poesía: después de los poetas, de los concursos y de los críticos, el tiempo se reserva la última crítica, como esperemos le suceda a estos libros.


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