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La resistencia como último refugio

La resistencia como último refugio

En Teoría de la literatura de ciencia ficción, de 2010, el académico Fernando Ángel Moreno sugiere que el género objeto de su estudio no habría de considerarse literatura especulativa sino de prospección, capaz de anticiparse a los cambios sociales y tecnológicos que en años venideros moldearán la experiencia humana. Cuando Jules Verne publicó De la Tierra a la Luna en 1865, es probable que ninguno de sus lectores siquiera sospechara de la posibilidad de emprender un viaje espacial, y los que en la década del treinta del siglo pasado leyeron Un mundo feliz, de Aldous Huxley, se habrán mostrado incrédulos ante las estrafalarias disciplinas que aparecían en esas páginas, como la ingeniería genética o la clonación.

La diferencia entre aquella ciencia ficción y parte de la que se cultiva en la actualidad es la cada vez más estremecedora cercanía entre lo profético y lo real. Hoy es ya un lugar común comparar el contexto presente con filmes como Minority Report o series como Black Mirror. De ahí que pareciera cada vez más difícil prospectar un futuro en la era de los algoritmos, el monitoreo exhaustivo del comportamiento humano y la constante amenaza nuclear sin rozar lo documental o lo testimonial. ¿Qué diría hoy Ray Bradbury si se enterara del Proyecto Panamá impulsado por la compañía Anthropic, ese plan de escanear todos los libros del mundo para su posterior destrucción y la consecuente monopolización de todo el saber humano almacenado en lenguaje escrito?

Con todo, el ejercicio de edificar universos hipotéticos aún más opresivos que el actual es una invitación a reflexionar sobre los preceptos que, conscientemente o no, rigen la experiencia contemporánea. Y este worldbuilding requiere de una mano hábil, creativa y fresca para eludir el tópico.

"Nadie parece huir de la vigilancia de Cloudora, a excepción de los renegados, la resistencia dispuesta a preservar la emancipación de las consciencias, recluidos en la isla de San Simón, a unos pocos kilómetros de la costa viguesa"

Así lo ha conseguido, y con creces, Paula Palacios García en su novela debut, Somos viento en la playa, publicada por el sello Talentura. Originaria de Santiago de Compostela, la autora gallega establece la trama principal en una pequeña isla de la ría de Vigo, y puede intuirse que la geografía y, sobre todo, la meteorología del lugar propiciaron la germinación de esta historia, de lluvia sempiterna y una humedad que ahoga. En este futuro no tan lejano, no tan ajeno, la humanidad es dominada por la red Cloudora, un sistema que ha colonizado las mentes, que le ahorra a los humanos el trabajo de pensar y ofrece a todos las mismas respuestas, capaz incluso de inducir a suicidios masivos y hasta de esparcir virus letales. Así va moldeando una humanidad estandarizada, fácil de dirigir y de anticipar sus comportamientos. Este control viene acompañado de batidas aéreas con drones y hostigamiento militar continuo, en un entorno que se muestra apocalíptico, con fábricas cerradas, escuelas vacías y pueblos abandonados —en el mundo real, a esta clase de distopías hoy muchos la llaman «guerra híbrida»—.

Nadie parece huir de la vigilancia de Cloudora, a excepción de los renegados, la resistencia dispuesta a preservar la emancipación de las consciencias, recluidos en la isla de San Simón, a unos pocos kilómetros de la costa viguesa. Allí permanece y sobrevive este grupo, o digamos que malvive, a la espera de un fallo en el sistema que produzca su caída, o de que más adeptos se sumen a su quimérica causa, o, simplemente, se mantienen recluidos en un intento de forjar una nueva comunidad al margen de la opresión.

Este enclaustramiento es comandado por Mirren, una antigua maestra que llevó allí a un grupo de jóvenes con la intención de protegerlos, también de adiestrarlos, quizás deseando pasarles el testigo en algún momento y que sea la generación posterior la que consiga recuperar el mundo perdido. Mirren aún lleva plumas pegadas a la espalda, vestigios de unas alas que el sistema le había concedido para, supuestamente, convertirla en ángel, apenas una falsa y zafia promesa. Día tras día, la salud de Mirren se vuelve cada vez más endeble, un mal que deviene en agonía y que Olivia, el otro gran personaje de la novela, busca atenuar abnegadamente. Olivia es el único contacto que los isleños tienen con el continente: a diario, de forma clandestina, esta inquieta mujer asume el riesgo de atravesar a barca la ría para proveer víveres y medicinas al grupo. Si en circunstancias tal hostiles Mirren se erige como el cerebro de la empresa, Olivia es la fuerza, a veces la obcecación:

Rendirse no era una opción, aunque fuese la alternativa más cómoda del mundo. Pensó en cuánto le gustaría descansar de verdad y darle descanso a aquella figura cruelmente alada, que apenas podía soportar el dolor pero que, tanto para bien como para mal, todavía era un símbolo demasiado poderoso para mucha gente.

En San Simón se organizan para producir alimentos, convivir y mantenerse indetectables ante los dispositivos de control de Cloudora. Pero las rispideces no tardan en aparecer. Yael, la joven más díscola del grupo, a hurtadillas busca una vía que le permita salir de ese encierro y de la vigilancia de Mirren y Olivia. Se siente atraída por el apocado Leo, protagoniza feroces encontronazos con Olivia, y con su efervescente actitud enciende las reflexiones de la propia Mirren:

Tal vez una mala experiencia en la vida invalidaba el peso de la veteranía sobre la juventud. Tal vez el futuro sí debía depender de las decisiones de las personas más jóvenes, que eran quienes tendrían el privilegio o la desgracia de habitarlo.

En su intento de huir, al cruzar a la contigua isla de San Antón, Yael trastabilla y cae en un agujero profundo y oscuro, una aparente trampa para fugitivos. No se ve escapatoria alguna, y los días de Yael parecen estar contados. Pero en esa imprevista cárcel conocerá al personaje más fascinante de la novela: el Arousano, otro fugitivo que ha caído en la trampa y que está allí a la espera de la muerte. Sumidos en la negrura y la inmovilidad, durante los días o semanas que intentan subsistir intercambian semblanzas y experiencias, nos ofrecen diálogos sinuosos y chispeantes, y es en este punto cuando Palacios mejor erige lo que podemos llamar la «literatura del encierro» a la que esta novela se adscribe, que conduce a los personajes a la desconexión de toda realidad y a la introspección extrema, a la manera de los subsuelos de Dostoievsky o de célebres reclusiones como las de Novela de ajedrez, de Zweig, o El ángel exterminador, de Buñuel.

"Se dice que ante las situaciones límite aflora nuestra verdadera naturaleza. La vehemencia puede dar paso a la cautela, la timidez se convierte en arrojo"

Yael vive un así aislamiento duplicado: la caída a los infiernos dentro de otro infierno. Sin embargo, la forzosa convivencia con el Arousano —que, digamos, adopta el papel de maestro y mentor— le abrirá una insospechada puerta a nuevos senderos de su identidad, a otros modos de pensar y de entender. «Es que es jodida la vida cuando pasa tan despacio y tú solo tienes ganas de correr», dice Yael con su registro tan vivaz y juvenil. Tras la experiencia en el pozo, esa impulsividad se irá atemperando, irá cobrando una forma más madura.

Se dice que ante las situaciones límite aflora nuestra verdadera naturaleza. La vehemencia puede dar paso a la cautela, la timidez se convierte en arrojo. En esta distópica condena, mientras en el continente la humanidad sigue a merced del oscurantismo tecnológico y del castigo de Los Custodios («las milicias del santo exterminio»), en esta isla los personajes descubren nuevos compartimientos de su ser, empujados a una irremediable armonía colectiva, conscientes de que todo es susceptible de cambio; y si hay cambio posible, siempre habrá esperanza. Así lo sugieren las palabras que Mirren le dirige a Leo al promediar la novela, en un momento en que la incertidumbre se vuelve tan vertiginosa como tangible:

—¿Sabes?, en realidad, somos como viento en la playa.

Leo volvió a encogerse de hombros.

—Tal vez creas que somos insignificantes, pero el viento acaba convirtiendo las rocas en arena fina. Y eso no tiene vuelta atrás.

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Autora: Paula Palacios García. Título: Somos viento en la playa. Editorial: Talentura. Venta: Todos tus libros.

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